Más sobre la narrativa en Canarias

La eclosión de una nueva generación narrativa nos invita a no olvidar que el origen de este fenómeno de forma continuada tiene lugar en los años setenta, aunque ante hubo novelas y narradores, basta recordar a Alonso Quesada, Ángel Guerra y, por supuesto, a Galdós. Pero una narrativa sistemática y permanente, como un hecho natural igual que siempre fue la poesía, sólo tiene lugar a partir del «boom», es decir, hace 35 años. Y esto puedo reivindicarlo yo, porque no pertenezco ni a aquellos setenta ni a las nuevas generaciones. En realidad, soy casi un solitario sin generación en medio de dos momentos importantes de nuestra narrativa.
Como todo nacimiento, tiene sus mulas y sus bueyes, sus pastores y hasta sus arcángeles, y casi siempre encarnados en quienes no han escrito una sola línea narrativa, sino en los comentaristas y ayudantes que, si nos descuidamos, acaban poniéndose las medallas del talento ajeno. Y si no hacen lo que ellos habían previsto se sienten traicionados, porque los hay que decidieron que fulanito debería escribir la gran novela del mar, menganito la de la emigración y zutanito la primera gran novela urbana canaria.
barrancoa.JPGEntiendo ese fenómeno como el inicio de un tiempo nuevo, aunque los desagradecidos de siempre piensen que la normalización de la narrativa en Canarias es cosa de cada uno de ellos, cuando publicaron su novelita ayer por la tarde. Nada de eso, al César lo que es del César, la generación del setenta es el comienzo de un tiempo nuevo, eso no tiene vuelta de hoja, y luego pueden haberse escrito novelas maravillosas, pero nunca habrían visto la luz si la maquinaria no se hubiera puesto entonces a funcionar. Tal vez era el tiempo, la madurez de una sociedad, las posibilidades de un tardofranquismo, el empuje de los novelistas latinoamericanos. Eso es cosas de estudiosos, pero el hecho es que fueron ellos y no otros, como el huevo de Colón, pero una realidad indiscutible. La historia se escribe así, y si Agustina de Aragón es una heroína es porque estaba en el Puente de Piedra zaragozano con un cañón el día que intentaban cruzarlo los gabachos. Había que estar allí y hacerlo, muy fácil, pero hay que disparar el cañón y escribir la novela. Y eso hicieron, nadie puede pedirles más, encima de que le dieron a la bola que se les venía a los pies cuando tenían que darle.
Las traiciones están casi siempre en la mente del que se siente traicionado, porque espera de los otros cosas que nadie le ha prometido. Dicen que se espera de Fulano la gran novela altlántica, pero este buen señor a lo mejor quiere escribir una historia de espías, o creen que porque Ciclano inició no sé que veta en una de su novelas ahora tiene que seguir explorando algo que a él le resulta aburrido y se dedica a otra cosa. Zutano, que iba para genio, sencillamente no escribe, porque sus circunstancias vitales se lo impiden o porque no le da la gana.
¿Quién demonios es el que dice que yo tengo que escribir esto o lo otro, o simplemente escribir? Cuando llevo un tiempo sin publicar novelas, algún conocido me exige una entrega inmediata, mientras él se dedica a pescar en la punta del muelle. ¿Por qué tengo yo que escribir y él no? Y si escribo ¿por qué debo escribir lo que él desea o publicar de la manera que a él le parece? Y se siente traicionado porque mi novela siguiente no es la que él esperaba. No estoy poniéndome de parte de nadie, pero defiendo el derecho de los escritores a escribir libremente, y tampoco creo que nadie deba juzgar trayectorias personales, porque la vida es muy dura, y cada uno se defiende como puede.
Lo importante de aquella hornada de narradores, que no generación, puesto que poco se parecían unos a otros en asuntos estéticos o ideológicos, es que son fundacionales, y nadie puede negar ese carácter a aquellos libros. A unos les gustarán más o menos, habrán resistido mejor o peor el paso del tiempo, pero están ahí. Ahora no vale decir que si esto o si lo otro, hay que valorar que todas aquellas novelas eran primerizas, algunas titubeante y otras más maduras, pero fruto del entusiasmo de un grupo de veinteañeros que luego han escrito novelas mejores, porque tampoco La mala hora tiene el calibre de El Coronel no tiene quien le escriba o, mucho menos, el de Cien años de soledad.
Pero no se trata de hacer competiciones. Los del setenta tienen el pedrigree fundacional, eso lo reconozco y lo defiendo, y también digo que como generación cronológica se han mantenido vivos prácticamente todos, cosa que no es frecuente porque muchos suelen abandonar. Hay un centenar largo de novelas escritas por canarios en las últimas décadas, y con que sólo fuesen buenas el 10%, tendríamos 15 buenas novelas, y eso no pueden decirlo todos los territorios, y, la verdad, tampoco en Sicilia se escribe un Gatopardo cada año. Y ello ha sido posible porque hubo una generación que puso a funcionar la máquina.
Creo que ha llegado el momento de que quienes se mueven en el campo del estudio de la literatura hagan un balance justo del siglo XX, no sólo de los narradores del último cuarto de siglo, a ver si vamos poniendo las cosas en su sitio de una vez, reivindicamos algunas obras importantes, poco o nada conocidas, y le cortamos la cabeza a algunos chusqueros que detentan rango de capitán general. Pero eso es trabajo de las universidades, que de momento sólo usan gafas para mirar lejos muy lejos.
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(Este trabajo se publicó en el suplemento cultural Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 14 de enero. La foto del barraco es por aquello de que la narración es como una corriente de agua)

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