El asesinato de niños como venganza contra su madre o su padre, llamado violencia vicaria, es uno de los horrores más vomitivos de los que una mente distorsionada es capaz de urdir. Hay días en los que crees despertarse en un planeta de ficción con códigos distintos a los nuestros, o en este mismo pero un par o siete siglos atrás. Solemos decir que algo estamos haciendo mal, pero yo diría que no es algo, son muchas cosas. Todo se resuelve con rimbombantes declaraciones, pero es evidente que la efectividad de las medidas contra todo tipo de crímenes está muy lejos de ser la deseada. Faltan medios y encima hay voceros que echan gasolina al fuego.

Llama la atención escuchar a dirigentes de un estado supuestamente democrático que sin despeinarse afirman que es necesario “limitar la libertad de expresión en aras de un bien superior que es la democracia”. No entiendo cómo casan los diferentes estadios de esta frase que pretende ser lapidaria, y lo es, porque es una pedrada a uno de los pilares de la verdadera democracia, que nunca es tal si no existe la plena libertad de expresión. Porque sin la una la otra no existe.
Luego están las explicaciones de los matices, que al final vienen a desembocar todos a la vieja frase tan usada en tiempos de dictadura, “una cosa es la libertad y otra el libertinaje”. Con argumentos cada cual más peregrino tratan de ingeniárselas para que no exista esa libertad de expresión que es posiblemente la columna más necesaria de lo que entendemos por democracia contemporánea, aunque esa idea tan recia surge nada menos que de un tal François-Marie Arouet, que firmaba sus escritos como Voltaire, quien dejó sentencias como esta: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Creo que será mejor que no intentemos poner en una balanza esta frase de Voltaire con el contrapeso de la disculpa de que ya se lo están planteando en Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, como si los dirigentes europeos de la actualidad fuesen ejemplo de algo.
Ya hemos tenido un “adelanto” de estas ideas con la llamada Ley Mordaza, que no veo yo que haya mucha prisa en corregir, con titiriteros, raperos o dibujantes ante los tribunales de justicia. La censura y la precaución ante los rechazos populistas hacen que quienes tienen una responsabilidad pública tomen decisiones que provienen del miedo. Lo hemos visto en Canarias muchas veces, y ahora mismo recuerdo demasiados casos, y los más terribles son los de la autocensura.
Decía el poeta argentino Buenaventura Luna en sus populares Sentencias del Tata Viejo: “Debe saber el mortal, / en ocasión de un ‘enriedo’, / no tenerle miedo al miedo, / que más miedo le va a dar”. Y vivimos atemorizados por el incendio que puede propagarse en las redes sociales por cualquier palabra o pensamiento. Ya no se trata solamente de lo políticamente incorrecto, es que no hay opción al debate, porque cada cual piensa de una forma y todo lo que no sea exactamente eso desencadena de inmediato la descalificación, el insulto y, en muchos casos, la marginación. Ya no es solo que los poderes establecidos traten de encarrilar las opiniones a su gusto, es que estamos en una feria en la que se hace imposible el debate. Y sin debate nunca hay conclusiones.
Luego están quienes atacan a saco, pero tiene la piel muy fina apenas se les roce. Lo vemos a diario cuando algunos jerarcas religiosos dicen cosas terribles sobre quienes ellos creen enviados de Lucifer solo porque tienen opciones personales distintas, pero inmediatamente exigen respeto para sus creencias, que por lo visto son intocables mientras ellos bombardean las de los demás. Y lo terrible es que hay leyes inconcebibles en un estado democrático que los protegen y que pueden “castigar” a quienes crucen esa línea que ellos atraviesan a diario.
Un ejemplo lo tenemos en lo que le ocurrió el año 2017 a la Drag Shetlas en el Carnaval de Las Palmas. Sin entrar en la indudable calidad artística, debo decir ahora que esa actuación me pareció apropiada para una función de teatro o una película, pero no para un espectáculo universal como es una gala de carnaval que tiene como potenciales espectadores a personas de todas las edades, creencia y sensibilidades. Pero es solo mi opinión, y siguiendo la máxima de Voltaire, defiendo el derecho a realizarla, porque mi gusto personal no es la medida de nada.
Así que, habrá que empezar a perder ese miedo del que habla Buenaventura Luna. Seguramente, antes de que terminemos la frase, alguien nos llamará separatista, fascista, comunista o antisistema, y nos tildará de machista gente que cree que el feminismo surgió en 2018 con el movimiento #MeToo. Cuando veo que en España se autoproclaman feministas personajes como Cristina Pedroche y sus inefables atuendos cada noche de Fin de Año, y se ponen en solfa trayectorias como las de Lidia Falcón o Cristina Almeida, me pregunto si no habremos perdido la capacidad de pensar.
Y no puedo dejar pasar para deplorarlo el desprecio de algunas fuerzas políticas hacia el sufrimiento de la mujer, la desigualdad y sobre todo a esa salvajada que es la violencia machista. Si aplicar lo de “la maté porque era mía” nos parece un delirio, el colmo de la crueldad es asesinar a niños para causar dolor a sus madres. Lo ocurrido esta semana con el asesinato de niños a manos de sus padres, nos traslada al horror de las tragedias griegas de Eurípides, curiosamente representadas por Medea, que mata a sus propios hijos para dañar a su marido Jasón. Aunque el mito griego es una mujer herida, en la actualidad son los hombres los que más practican esa aberración biológica y ética, en un ceremonial macabro que nos hace temblar solo de pensarlo.
Ni a Shakespeare se le ocurriría después un personaje con la mente tan enrevesada. Y precisamente porque habrá que llegar a la raíz del problema tenemos que perder el miedo a decir lo que pensamos; se habla demasiado de tonterías y muy poco de lo importante, que es el derecho a una vida igualitaria de todas las mujeres y todos los hombres, que el sexo, la opción sexual, el racismo, la xenofobia, la aporofobia y todas discriminaciones a quien es distinto sean combatidas con respeto, dignidad y educación en el más amplio sentido de cada una de estas palabras. Es que nadie es distinto, son las sinrazones y las cerrazones las que, de repente, lo elevan a la categoría de enemigo, y porque vivimos envueltos en la verborreas y entregados al miedo.



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