El imprescindible Yeray Rodríguez

 

Hablar de cultura popular de Canarias es materia para muchas tesis doctorales (algunas son ya realidad); pero si queremos fijar un punto de inflexión contemporáneo, tenemos que usarlo con nombre y apellidos, Yeray Rodríguez, que es el vértice del renacimiento de los, durante años, murientes romance, copla y décima popular, con sus últimos practicantes ya con edad muy avanzada y abocados a convertirse en arqueología una vez desaparecieran las últimas personas que improvisaban o que escribían para que circularan como los antiguos pliegos de cordel y cantares de ciego, y que la gente solía conocer de memoria después de mucho repetirlas. Hay que reconocer también que, para evitar tan terrible pérdida, ha sido fundamental la inmensa labor investigadora y difusora, con miles de kilómetros a su espalda, del  profesor Maximiano Trapero.

 

Foto tomada de Artenara Turismo

 

Sería muy largo explicar con detalle fenómenos como la repentización o el uso del verseado tipo romance, las coplas y, sobre todo, la décima espinela, estrofa de una musicalidad luminosa. A todo ello ha dedicado años y años Yeray Rodríguez, con la afortunada conjunción de que, a su gran talento creativo en el verso, une su dominio musical del género, y una voz con una capacidad de transmisión extraordinaria. Para mayor gozo, Yeray es doctor en filología, conocedor por lo tanto de los caminos de nuestra lengua, y un hombre con una sensibilidad muy especial para la poesía. Esto contribuye, además, a que los versos improvisados por este poeta singular, tengan una intencionalidad a menudo más profunda que el elemento narrativo o pícaro que es propio de estos géneros, concebidos como divertimento, pero que también pueden conciliarse con asuntos más serio, como cien años atrás hicieran La Perejila y, sobre todo, Víctor Fernández, el Salinero de Lanzarote, en sus afortunadamente muy conocidas Seguidillas, gracias a la edición que hiciera  hace más de cincuenta años Agustín de La Hoz, otro mojón en el camino, y que luego una selección fuese grabada por Los Sabandeños «pata negra».

 

Y es ahí donde está la ingente aportación de Yeray Rodríguez. Cuando hablamos de literatura popular o de verseadores repentistas, siempre imaginamos expresiones del campesinado iletrado y que muchas veces concentra su valor en conocer esas expresiones que reflejan un modo de vida ya extinto. ¿Es que las personas con instrucción letrada o los urbanitas no son pueblo?  ¿Es que el tiempo se paró cuando desaparecieron nuestros bisabuelos? Eso parecen empeñados en resaltar cuando se alude a las costumbres, cantos y ritos  que siempre tienen que ver con la agricultura, la pesca y si acaso el mercado de los intermediarios. Pues no, la cultura popular es mucho más que eso, se trata de raíces e identidad, que pertenece a todos los estamentos sociales.

 

Este recorrido, que empieza en los años treinta del siglo pasado de la manos de personajes como Los Huaracheros, Néstor Martín-Fernández de la Torre, Néstor Álamo y muchos nombre más es lo que hacían entonces en Andalucía Manuel de Falla, García Lorca y don Antonio Chacón, que dieron lugar a que el flamenco transcendiera y junto al rescate llevara la semilla de la renovación, por eso hubo un Camarón y el flamenco es esencia y evolución, porque cada generación aporta elementos a esas señas de identidad.

 

Es exactamente lo que hace Yeray Rodríguez, que, aparte de deleitarnos en los escenarios con sus prodigiosas capacidades, lleva años sembrando semilla de identidad, y la muestra estuvo, una vez más, en los niños y las niñas que pudimos ver en la romería del Pino hace unos días. Es un trabajo inmenso que tiene a Yeray como bandera, y hay que decirlo bien alto, porque no se le caen los anillos por confrontar su talento con el de un rapero como Arcano. De todo lo bueno que ocurra en el futuro, por su docencia incansable, mucha culpa tendrá un figura catalizadora, querida y admirada como es Yeray Rodríguez, que, encima, es sencillo y buena gente.

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