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DIARIO DE CUARENTENA. Día 5, bailar es mejor que tomar ansiolíticos. (18/03/2020)

 

Como estoy pertrechado de todo lo imprescindible, hoy no tengo necesidad de salir a la calle y la basura puede esperar a mañana. En este momento luce un Sol luminoso y he aprovechado para que me dé en la cara diez minutos. Por lo tanto, le doy descanso a mi traje de astronauta y veo descargar a uno de los proveedores del supermercado de al lado. Está solo y se protege con guantes. Es verdad que el frente sanitario es la primera trinchera, pero hay otra mucha gente que tiene que trabajar para que se mantengan los servicios básicos. También se la juegan.

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Hoy hemos visto la personificación de todas estas manos necesarias en Valentina, la limpiadora del Congreso que pasaba el desinfectante por el atril de oradores cada vez que alguien lo abandonaba. Estas personas hacen su trabajo protegidas, pero siempre queda la duda de si se ha cometido un error en el protocolo que tratan de cumplir. El cerebro humano tiene una capacidad tremenda para el despiste. Pedro Lezcano, quien, además de gran poeta fue impresor de muchos de los libros de la postguerra que hicieron historia en nuestra isla, estaba obsesionado con las erratas. En cierta ocasión, reunió a una cuadrilla de poetas-correctores en la imprenta para mirar con lupa un libro que estaba a punto de publicarse. Le dieron cien vueltas unos y otros, de manera que supuestamente el libro había quedado perfecto. Fue tal la seguridad, que en la última página lo resaltaron con orgullo: “Este libro se ha imprimido en Imprenta Lezcano, sin una sola erata”. Exacto, en la última palabra, los duendes se comieron la segunda R de la palabra “errata”. Y ese es el miedo, el error que muchos ojos no ven.

Así que, para evitar ansiolíticos, bailemos. Una amiga palmera dice que un día sin bailar es un día perdido. Se trata simplemente de conectar con el ritmo; hasta sentado se puede, porque las manos también bailan. Pues eso, a bailar aunque solo sea con los dedos, que dicen que el baile sube esas sustancias que hacen que nos sintamos mejor.

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DIARIO DE CUARENTENA. Día 4, cualquier día de madrugada. (17/03/2020)

 

Hoy los pintores del edificio de enfrente no están. Debe ser que ayer tuvieron que fijar los andamios, o cualquier otra tarea inaplazable. Cada mañana sigo la misma ruta, pero hoy, además, bajé al garaje y di un par de vueltas con el coche por el interior para evitar que se descargue la batería. No se debe usar el coche, pero al menos uno quiere tener la seguridad de que, si lo necesitara con urgencia, se pondría en marcha. Ahora nos damos cuenta de lo que significa la libertad física, algo que generalmente no valoramos porque entendemos como lógico y normal que podamos pasear junto al mar, comprar una manzana o tomar un café con algunas personas en el bar de la esquina. Y vemos que todo eso ahora nos parece una situación de ensueño. Creo que esta es otra lección sobre lo poco que valoramos las muchas cosas que están cotidianamente a nuestro alcance y hasta las criticamos porque nos parecen rutinas. Cómo se echan de menos esas rutinas.

“Dionisio, el dueño de Bar Dionisio de la plazoleta de Magallanes, se entristeció de forma tan incontrolada como poco propicia, pues en aquellos instantes entraron tres clientes de los habituales de cada mañana, tal vez por haber cesado la lluvia en la ciudad de Picadero”. Este pasaje aparece en la novela Cualquier día por la mañana (por cierto, muy recomendable), de Antolín Dávila, una escena que hoy nos parece muy lejana porque nuestra realidad es ciencia ficción. Dávila nos pone frente al espejo como sociedad y como seres humanos, pues al final todos estamos confinados en nuestra propia película.

Ha llovido, como en la novela de Antolín Dávila, pero ya ha vuelto el sol, para aprovecharlo un rato, porque parece que en estos próximos días caerá algo de agua, aunque seguramente no en la cantidad que nuestros campos y nuestras presas necesitan. Y ese sol sigue siendo el de siempre, porque somos los de siempre, solo que en estos días podemos mentirnos menos porque estamos desnudos frente a nuestro miedos. Tal vez sea este otro aprendizaje, aunque me temo que cuando se recupere la normalidad anterior volveremos a despotricar de la realidad que ahora añoramos. Cuando eso ocurra –que ocurrirá-, si alguien tiene la desfachatez de quejarse porque la cotidianidad le resulta aburrida, será mejor que se lo haga mirar.

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¿El miedo al escarnio nos volverá zombis?

 

Voy a mirar hacia otra parte, que no sea el confinamiento por decreto. Solo trato de fijar la atención en algo distinto, para dejar respiro a nuestra mente. Trataré de un asunto que es rabiosa actualidad en nuestro presente continuo, y que en estos días conviene recordar.

Cuando estamos a las puertas del primer cuarto del siglo XXI, la libertad de expresión se ha vuelto un laberinto. Es verdad que hace treinta o cuarenta años se decían cosas que eran lugares comunes, y que estaban cargadas de machismo, racismo, clasismo y todos los ismos que queramos, y que hoy son insoportables para una sociedad que, con todos los lastres que arrastra, trata de llevar al lenguaje ideas de igualdad y respeto. Lo que ocurre es que, en este desborde reivindicativo, a menudo se nos van las cosas de las manos, y hoy escribir o expresarse en público es moverse en un terreno muy resbaladizo, porque incluso está mal visto que haya una argumentación sobre los detalles distinta a “lo establecido”, y rápidamente cae un alud sobre quien cruza una línea que muchas veces ignora, porque ahora cada cual establece el límite donde le apetece. Incluso escribir sobre esto puede resultar muy comprometido, porque siempre hay quien pilla una palabra suelta y por ahí se despacha, sin haberse preocupado de abarcar todo el discurso.

Siempre echamos la culpa a las redes sociales, en las que, por supuesto, hay de todo, pero también ocurre en espacios que se supone son capaces de discernir sobre lo que se habla.   Y sorprende que la respuesta no sea una argumentación sobre el tema, porque ni siquiera se llega a hablar de él, porque se ha tomado una parte por el todo (en román paladino, coger el rábano por la hojas), cuando no se responde directamente con el insulto y la descalificación. Lo terrible es que los líderes políticos y los grandes nombres de la comunicación han caído en ese juego, y pensar en un debate sosegado sobre asuntos importantes se ha convertido en una quimera.

Las palabras no cambian su significado semántico por el uso, pero sí que alteran su aplicación por el tono y el objetivo con que se usan. Hubo un tiempo en el que quien tenía una discapacidad intelectual de cualquier tipo era, sin más, el tonto del pueblo. Es obvio que la ignorancia y la crueldad hacían a este ser humano el objeto de todas las burlas. Por eso se decidió que a estas personas se les debía aplicar una palabra técnica, y así nació el término genérico “subnormal”, que hasta figuraba en  el rótulo de centros en los que se les atendía. Pronto, esta palabra fue usada como insulto, y ya hubo que ir especificando un largo rosario de expresiones (casi todos con sus acrónimos), desde discapacitados psíquicos hasta alumnado con necesidades educativas especiales y un listado que envejece en poco tiempo porque siempre hay quien lo usa contra alguien que no está en ese grupo humano pero que se le quiere ofender. Y así pasa con todo, de manera que, si no estás muy al día, puedes meterte en un jardín sin darte cuenta.

Defiendo que el lenguaje debe ser respetuoso y, si fuera posible, lo más preciso posible, para que no se entienda una cosa por otra, aunque soy el primero en retorcerlo con la ironía. Pero es que tanto en las palabras como en las ideas estamos llegando al paroxismo, y cualquier conversación puede acabar en guerra. Creo que una de las actividades más peligrosas que hoy existen es la de humorista. Bien es cierto que no son de recibo los chistes gruesos y las parodias vomitivas que incluso nos vendieron como un canto de libertad, y no solo de expresión. Fue lo que ocurrió con las películas del destape de finales de los años setenta. Es verdad que había que superar la gazmoñería hipócrita que servía de coartada a costumbres ocultas, pero de eso a la procacidad hay un trecho, y lo que a veces se vendía como reivindicación progresista era simplemente grosero. Otras veces no, pero en estas cosas todo se mezcla y los gatos y las liebres se confunden.

Lo que está pasando afecta a una de las expresiones más genuinas: el arte, y dentro de este al cine y la literatura. En realidad estamos como estábamos, solo que ahora todo se reviste de una pátina de hipocresía. Pensamos que los grados de libertad conseguidos van parejos con las fechas del calendario. Al contrario, contando con los poderes establecidos (hubo casi siempre censuras políticas y religiosas por parte de los organismos competentes), vieron la luz muchas obras que hoy generarían un escándalo tan terrible por políticamente incorrectas que posiblemente ninguna editorial osaría publicarlas, y quienes las firmaran serían perseguidos hasta las Puertas de Tannhäuser y más allá. Dicen que todo cambió cuando llegó el rutilante siglo XX, el del progreso, pero también el de la propaganda mediática y el silencio como escarmiento.

Nadie se atrevería a ponerse hoy en el disparadero escribiendo obras como el Otelo machista y violento o a rescatar a una novia en el más allá, pues Dante no tendría muy buena opinión de su amada Beatriz cuando fue a buscarla al infierno. Quedarían inéditos los escritos de Casanova o el Marqués de Sade; o incluso el mismísimo Quijote, un libro que hoy sería tachado de sexista, clasista, xenófobo, fundamentalista religioso, racista y no sé cuántas cosas más. Cierto es que muchas de estas obras nacieron en tiempos con pensamiento social diferente, pero permanecen porque nadie, por miedo al ridículo, se atreve a lanzar la primera piedra contra la historia, aunque ya se están animando con Nabokov (es que hoy en Lolita solo ven pederastia, cuando el centro de gravedad de la novela no es ese). La moraleja es que posiblemente las Lolitas, Otelos, Quijotes y Divinas Comedias de hoy nunca saldrán de los escritorios, o incluso puede que, por hastío, ni siquiera se escriban. ¿El miedo al escarnio nos volverá zombis?