Voy a mirar hacia otra parte, que no sea el confinamiento por decreto. Solo trato de fijar la atención en algo distinto, para dejar respiro a nuestra mente. Trataré de un asunto que es rabiosa actualidad en nuestro presente continuo, y que en estos días conviene recordar.

Cuando estamos a las puertas del primer cuarto del siglo XXI, la libertad de expresión se ha vuelto un laberinto. Es verdad que hace treinta o cuarenta años se decían cosas que eran lugares comunes, y que estaban cargadas de machismo, racismo, clasismo y todos los ismos que queramos, y que hoy son insoportables para una sociedad que, con todos los lastres que arrastra, trata de llevar al lenguaje ideas de igualdad y respeto. Lo que ocurre es que, en este desborde reivindicativo, a menudo se nos van las cosas de las manos, y hoy escribir o expresarse en público es moverse en un terreno muy resbaladizo, porque incluso está mal visto que haya una argumentación sobre los detalles distinta a “lo establecido”, y rápidamente cae un alud sobre quien cruza una línea que muchas veces ignora, porque ahora cada cual establece el límite donde le apetece. Incluso escribir sobre esto puede resultar muy comprometido, porque siempre hay quien pilla una palabra suelta y por ahí se despacha, sin haberse preocupado de abarcar todo el discurso.
Siempre echamos la culpa a las redes sociales, en las que, por supuesto, hay de todo, pero también ocurre en espacios que se supone son capaces de discernir sobre lo que se habla. Y sorprende que la respuesta no sea una argumentación sobre el tema, porque ni siquiera se llega a hablar de él, porque se ha tomado una parte por el todo (en román paladino, coger el rábano por la hojas), cuando no se responde directamente con el insulto y la descalificación. Lo terrible es que los líderes políticos y los grandes nombres de la comunicación han caído en ese juego, y pensar en un debate sosegado sobre asuntos importantes se ha convertido en una quimera.
Las palabras no cambian su significado semántico por el uso, pero sí que alteran su aplicación por el tono y el objetivo con que se usan. Hubo un tiempo en el que quien tenía una discapacidad intelectual de cualquier tipo era, sin más, el tonto del pueblo. Es obvio que la ignorancia y la crueldad hacían a este ser humano el objeto de todas las burlas. Por eso se decidió que a estas personas se les debía aplicar una palabra técnica, y así nació el término genérico “subnormal”, que hasta figuraba en el rótulo de centros en los que se les atendía. Pronto, esta palabra fue usada como insulto, y ya hubo que ir especificando un largo rosario de expresiones (casi todos con sus acrónimos), desde discapacitados psíquicos hasta alumnado con necesidades educativas especiales y un listado que envejece en poco tiempo porque siempre hay quien lo usa contra alguien que no está en ese grupo humano pero que se le quiere ofender. Y así pasa con todo, de manera que, si no estás muy al día, puedes meterte en un jardín sin darte cuenta.
Defiendo que el lenguaje debe ser respetuoso y, si fuera posible, lo más preciso posible, para que no se entienda una cosa por otra, aunque soy el primero en retorcerlo con la ironía. Pero es que tanto en las palabras como en las ideas estamos llegando al paroxismo, y cualquier conversación puede acabar en guerra. Creo que una de las actividades más peligrosas que hoy existen es la de humorista. Bien es cierto que no son de recibo los chistes gruesos y las parodias vomitivas que incluso nos vendieron como un canto de libertad, y no solo de expresión. Fue lo que ocurrió con las películas del destape de finales de los años setenta. Es verdad que había que superar la gazmoñería hipócrita que servía de coartada a costumbres ocultas, pero de eso a la procacidad hay un trecho, y lo que a veces se vendía como reivindicación progresista era simplemente grosero. Otras veces no, pero en estas cosas todo se mezcla y los gatos y las liebres se confunden.
Lo que está pasando afecta a una de las expresiones más genuinas: el arte, y dentro de este al cine y la literatura. En realidad estamos como estábamos, solo que ahora todo se reviste de una pátina de hipocresía. Pensamos que los grados de libertad conseguidos van parejos con las fechas del calendario. Al contrario, contando con los poderes establecidos (hubo casi siempre censuras políticas y religiosas por parte de los organismos competentes), vieron la luz muchas obras que hoy generarían un escándalo tan terrible por políticamente incorrectas que posiblemente ninguna editorial osaría publicarlas, y quienes las firmaran serían perseguidos hasta las Puertas de Tannhäuser y más allá. Dicen que todo cambió cuando llegó el rutilante siglo XX, el del progreso, pero también el de la propaganda mediática y el silencio como escarmiento.
Nadie se atrevería a ponerse hoy en el disparadero escribiendo obras como el Otelo machista y violento o a rescatar a una novia en el más allá, pues Dante no tendría muy buena opinión de su amada Beatriz cuando fue a buscarla al infierno. Quedarían inéditos los escritos de Casanova o el Marqués de Sade; o incluso el mismísimo Quijote, un libro que hoy sería tachado de sexista, clasista, xenófobo, fundamentalista religioso, racista y no sé cuántas cosas más. Cierto es que muchas de estas obras nacieron en tiempos con pensamiento social diferente, pero permanecen porque nadie, por miedo al ridículo, se atreve a lanzar la primera piedra contra la historia, aunque ya se están animando con Nabokov (es que hoy en Lolita solo ven pederastia, cuando el centro de gravedad de la novela no es ese). La moraleja es que posiblemente las Lolitas, Otelos, Quijotes y Divinas Comedias de hoy nunca saldrán de los escritorios, o incluso puede que, por hastío, ni siquiera se escriban. ¿El miedo al escarnio nos volverá zombis?