En estos días de reclusión, nos llega todo tipo de mensajes. Como dije ayer, los que barrunto como negativos los borro sin verlos, aunque tal vez me pierda alguno que pudiera alentarme. Luego viene el humor, a veces grosero, en el que se juntan los chistes de suegras y parejas mal avenidas con el estado de Alarma que atravesamos. Debe haberse agotado la rueda porque ya empiezan a llegar de nuevo los mismos de la semana pasada. Es loable que haya gente que se empeñe en ayudar buscando unas risas, pero es que a veces, aunque un chiste es una especie de reducción al absurdo de la realidad, la carga de profundidad que lleva le quita toda la gracia. Porque los que dicen que los mexicanos celebran la muerte es que no se han enterado muy bien de lo que significa para ellos, que no es una fiesta, sino una manera festiva de exteriorizar el dolor de la ausencia. En resumen, que si es de mal gusto la gracieta, por muy hilarante que parezca, no induce a reír.
El humor es una parte de la literatura muy importante. Casi siempre se manifiesta de una manera sutil. No se lanza sino que se desliza. Y ahí la ironía, los juegos de palabras y los contrasentidos son fundamentales, y quien lee tiene que estar en sintonía con el tono de quien escribe. Y no solo está el humor en acreditados autores con gran vis cómica como Jardiel Poncela, Ionesco o George Bernard Shaw. También está en plumas supuestamente serias, como Ana María Matute, Oscar Wilde, o nuestro Galdós que las mata callando. Borges y Cortázar no se quedan atrás. Nuestra paisana Dolores Campos-Herrero conocía muy bien las pisadas de estos dos grandes argentinos, ambos cautivados por la grandes literaturas en varias lenguas (también la española). Por eso, aparecen las sonrisas y aun las risas en su antología de relatos HISTORIAS DE ARCADIA en estos días es una lectura ideal, donde se puede encontrar relatos al uso muy peculiares o cuentos mínimos de doble filo, con sonrisa incorporada, como este:
“UN CONSEJO: Nunca más vuelvas a tirarte al tren. Mira, Ana, que no hay Karenin que lo merezca”.
O este: “Cada tarde veía del revés su nombre en el espejo. La había querido fanáticamente cuando todavía no se llamaba Atreb”.
Hagamos que en esta semana que enfilamos empiece a aplanarse esa curva de la que nos hablan los expertos. Nunca apreciaremos en su justa medida el inmenso valor de la línea recta. Seguimos.
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