Hoy los pintores del edificio de enfrente no están. Debe ser que ayer tuvieron que fijar los andamios, o cualquier otra tarea inaplazable. Cada mañana sigo la misma ruta, pero hoy, además, bajé al garaje y di un par de vueltas con el coche por el interior para evitar que se descargue la batería. No se debe usar el coche, pero al menos uno quiere tener la seguridad de que, si lo necesitara con urgencia, se pondría en marcha. Ahora nos damos cuenta de lo que significa la libertad física, algo que generalmente no valoramos porque entendemos como lógico y normal que podamos pasear junto al mar, comprar una manzana o tomar un café con algunas personas en el bar de la esquina. Y vemos que todo eso ahora nos parece una situación de ensueño. Creo que esta es otra lección sobre lo poco que valoramos las muchas cosas que están cotidianamente a nuestro alcance y hasta las criticamos porque nos parecen rutinas. Cómo se echan de menos esas rutinas.
“Dionisio, el dueño de Bar Dionisio de la plazoleta de Magallanes, se entristeció de forma tan incontrolada como poco propicia, pues en aquellos instantes entraron tres clientes de los habituales de cada mañana, tal vez por haber cesado la lluvia en la ciudad de Picadero”. Este pasaje aparece en la novela Cualquier día por la mañana (por cierto, muy recomendable), de Antolín Dávila, una escena que hoy nos parece muy lejana porque nuestra realidad es ciencia ficción. Dávila nos pone frente al espejo como sociedad y como seres humanos, pues al final todos estamos confinados en nuestra propia película.
Ha llovido, como en la novela de Antolín Dávila, pero ya ha vuelto el sol, para aprovecharlo un rato, porque parece que en estos próximos días caerá algo de agua, aunque seguramente no en la cantidad que nuestros campos y nuestras presas necesitan. Y ese sol sigue siendo el de siempre, porque somos los de siempre, solo que en estos días podemos mentirnos menos porque estamos desnudos frente a nuestro miedos. Tal vez sea este otro aprendizaje, aunque me temo que cuando se recupere la normalidad anterior volveremos a despotricar de la realidad que ahora añoramos. Cuando eso ocurra –que ocurrirá-, si alguien tiene la desfachatez de quejarse porque la cotidianidad le resulta aburrida, será mejor que se lo haga mirar.
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