Acuerdo unánime de todos (?)
Don Fernando Lázaro Carreter no solo era un malabarista de la gramática sino uno de sus inspectores más agudos, y ponía las multas con un sentido del humor extraordinario. Escribió una serie de artículos que publicó bajo el título genérico de El dardo de la palabra, que luego salió en libro y es un derroche de sabiduría y una manera de pasarlo bien aprendiendo. Eso solo saben hacerlo los maestros, y recomiendo esa lectura porque todos cometemos errores que no pensamos que lo sean, llevados a menudo por la inercia del habla cotidiana. Quienes más riesgos corren son los que tienen que improvisar debido al medio, sea en una emisora de radio o en la tarima de un profesor, que a pesar de serlo no están libres de meter la pata. Hay un espacio en la SER que es una especie de policía del lenguaje y que capitanea Isaías Lafuente. Sigue la estela de Lázaro Carreter y hay que decir que se aprende mucho al poner en la picota los errores que cometemos, siempre con humor y sabiendo que a eso no escapa nadie, lo mismo que a las erratas en las publicaciones. Errores puntuales son frecuentes, debido a las prisas, pero ya empieza a ser más grave cuando se reincide y hasta se crea escuela, como sucede con la expresión «vacío de contenido» que se usa hasta el cansancio sin pararse a pensar qué se dice, porque si algo está vacío es precisamente porque carece de contenido. Y este post lo escribo estimulado porque esta mañana en una información radiofónica el reportero decía que en un asunto municipal se había llegado «al acuerdo unánime de todos». Y no me extrañaría que en este trabajo que glosa los errores de lenguaje hubiera alguno agazapado. Suele suceder, porque el error lingüístico es como una sombra fantasmal con muy mala leche.