¡Pero si yo no había nacido!
De un tiempo a esta parte parece que lo único que tiene que saber una persona es aquello que le es o ha sido contemporáneo. En entrevistas periodísticas, en concursos televisados o en conversaciones en la radio, se puede leer y escuchar una y otra vez aquello de «¡pero si yo no había nacido!», cuando se habla de una película, de un personaje, de una canción o de lo que sea. Es que se pasa de la disculpa al reproche, porque se toma casi como una ofensa que a alguien de treinta años se le pregunte por el Presidente Kennedy, por Nino Bravo o por Gary Cooper. Claro, murieron antes de que él naciera, y por ello se consideran liberados de conocer cualquier cosa que sucediera antes de 1987, que es cuando tenían cinco años y se supone que empezaban a tener uso de razón. Con ese argumento, no hay por qué saber algo relativo a la gravitación universal, la música barroca o las pirámides de Egipto. Antes de que todos naciéramos ocurrieron muchas cosas que hoy pertenecen a nuestra vida sin preguntarnos desde cuándo existen. Pare empezar, la rueda, la cocción de los alimentos, la medicina, la bombilla o la tabla de multiplicar. Se puede decir que no se sabe esto o lo otro, porque el conocimiento humano es inabarcable, pero suena ridículo alegar que se desconoce aquello por lo que es preguntado porque procede de un tiempo anterior a su nacimiento. ¿Acaso quienes dicen eso saben todo lo que pertenece a su ciclo vital?