La novela es una neurosis vanidosa y necesaria. Por lo tanto, los novelistas son neuróticos por definición, pero no hay que cuidarse de ellos, están bajo control; cuando sufren algún ataque, se les pasa en seguida si se les administra una dosis razonable de Chivas de 12 años. Eso sí, hay que andar siempre vigilantes por si el neurótico empeora, y se convierte en un obseso o, más grave aun, en un psicópata. Es entonces cuando confunde realidad con ficción, entra en la paranoia y ya es irrecuperable hasta para la literatura. Por lo tanto, creo que en Canarias, tal vez debido al clima, a la presión atmosférica o a la humedad relativa del aire, existe el peligro de que la normal neurosis literaria cruce la barrera de la obsesión y entre en el territorio de la psicopatía. Cuando a los narradores se les agudiza la enfermedad intentan ir más allá de la escritura, y empiezan a poner o quitar preposiciones entre «literatura» y «canaria». Este debate es tan inútil y eterno como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Por lo tanto, y esto lo afirmo con la certeza de que no soy el primero en hacerlo, la literatura no tiene más patria que la lengua en que está escrita. Poner a cada uno en su sitio es siempre el mayor respeto que puede rendírsele a un escritor, a su obra y a la cultura de la que proviene. Tan grave como olvidar autores estimables es sobredimensionar a otros, que a menudo son una mera curiosidad. Y lo que importa a la cultura es la obra; el escritor es simplemente un ciudadano. A lo mejor resulta que los consagrados son realmente imprescindibles y los enterrados merecen estarlo, pero eso, como el Teorema de Pitágoras, tiene que ser demostrado, porque la ausencia de estudios rigurosos sepultan obras y autores de valía y crean fantasmas difíciles de espantar.
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