En Las mil y una noches, un criado pide al amo un caballo veloz para huir de Bagdad, porque se cruzó con La Muerte en el mercado y esta le hizo un gesto de amenaza. El criado sale a galope tendido hacia la distante ciudad de Ispahán con intención de llegar antes del anochecer. Intrigado, el amo va al mercado y allí ve también a La Muerte y le pregunta:
-¿Por qué has hecho un gesto de amenaza esta mañana a mi criado?
-No ha sido un gesto de amenaza -explica la Muerte-. Ha sido un gesto de sorpresa. Según mis libros debía encontrarme con él esta noche en Ispahán.
Hasta ahí la tremenda historia contada por Sherezade. La leí hace muchos años y siempre me sobrecoge, porque es la fuerza de lo inexorable, cómo los humanos a menudo pretendiendo salvarnos nos hundimos más. Es la fuerza del destino, que ha dado lugar a muchas leyendas, a las tragedias griegas o a la ópera que Verdi basó en una obra del Duque de Rivas.
Y es curioso cómo el Cristianismo se basa en la celebración de la muerte de un enviado, eso que se conmemora cada año la primera semana que cae en luna llena después del equinoccio de primavera (por eso cambia de fecha). La mayor parte de las religiones se simbolizan en el triunfo, en la gloria, en la luz; en el Cristianismo también hay elementos para hacerlo, pues podría representarse con un Cristo resucitado, o ascendiendo a los cielos, o incluso con el simbólico natalicio de Navidad; sin embargo, su símbolo máximo es la cruz, el patíbulo de donde pende un Cristo difunto en un Gólgota tenebroso que da pavor. Los teólogos lo explican como Sherezade, como Sófocles en Edipo rey, como Verdi y el Duque de Rivas: ese era el destino del enviado y debía cumplirse. Es difícilmente explicable, seguramente por eso es una religión, y también por eso confundimos los significados de cruz y destino.
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