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En la muerte de un cómico

Tuve la suerte de conocer a Paco Valladares a través de un amigo común, y recuerdo una larga conversación en la que hablamos de la vanidad y la modestia, la gloria y la fama. Fue uno de los actores mayores de nuestro teatro y un showman todoterreno, que nunca vio reconocido su talento en la medida en que lo merecía. Pero a él no le importaba, se tomaba a chanza el medalleo y la consiguiente foto oficial con los políticos de turno, porque a él lo que le importaba era el teatro. zderimages[11].jpgAhora lo llenarán de reconocimientos póstumos y estoy seguro que, allá donde esté, se partirá de risa. Fue un gran actor dramático, con una voz como pocas en la escena española, y cantaba como los ángeles. Por eso participó en comedias y musicales y fue uno de los galanes cimeros de la revista, y así lo etiquetaron aunque hiciera como nadie el monólogo de Segismundo. Valladares también tenía la virtud de desaparecer detrás de sus personajes y eso que es un don en el teatro es un problema a la hora de las medallas. Se recuerdan sus personajes, no a él. La comedia, el sainete, la revista y los géneros que buscan la sonrisa tienen poco prestigio, aunque muchas veces detrás de esa carcajada viene un mensaje muy profundo. Por eso el gran teatro de Arniches, Jardiel, Muñoz-Seca o Mihura tienen menos predicamento que el llamado teatro serio. Poniendo patas arriba lo establecido se hace reír, y a la vez se critica. Pero la risa no es respetada, y por eso Paco Valladares, uno de los más grandes actores del teatro español durante décadas, se ha ido sin reconocimientos oficiales. Tiene el del público, que al fin y al cabo es el que más debe importar a un actor, y él se sentía reconocido con el aplauso, que es el premio máximo para quienes deciden se cómicos, palabra noble donde las haya.

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Los políticos y la historia

zuuuFoto0150.JPGSalvando honrosas y escasas excepciones, cuando los políticos invocan la historia casi siempre derrapan, porque la historia tiene curvas muy cerradas y ellos entran a demasiada velocidad. Cuando se hacen discursos institucionales no suelen fallar, porque quienes se los escriben se cuidan de no poner anacronismos y de hacer afirmaciones que pueden ser desmontadas en segundos. Pero a veces hasta los gabinetes derrapan; en su discurso institucional con motivo del 200 aniversario de la Constitución de 1812, el presidente Rajoy vino a decir que aquellos prohombres de las Cortes de Cádiz tuvieron la valentía de hacer reformas en tiempos dificles, como ahora toca hacerlas y él se pone a ello. Parece ser que los escribidores del discurso no tuvieron en cuenta que por la Constitución de Cádiz pasamos de súbditos a ciudadanos, de un régimen en el que el Rey era absoluto a una monarquía parlamentaria elegida por sufragio, y fue un avance para la época, pero tampoco exageremos, porque no había voto femenino y los sufragios pasaban por controles diversos, entre ellos las llamadas juntas parroquiales. Era mucho para lo que había, pero nada más. A partir de ella sugió todo el constitucionalismo del siglo XIX si bien hay que decir que en España la longevidad no ha sido una característica de nuestras muchísimas constituciones. Las reformas que ahora se acometen van justo en la dirección contraria, por lo tanto no pueden establecerse paralelismos, porque esas reformas son encubiertas y se está deteriorando nuestra última constitución sin que lo parezca. Además de las inexactitudes y generalidades que se esgrimen, encima no queda bien utilizar actos institucionales para colocar discursos políticos partidistas, y casi suena a chiste, porque equipara unos drásticos decretos de ajuste a la primera Carta Magna que hubo en España.

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Día del padre

Son tantos los hombres y la mujeres que celebran hoy su onomástica,
con nombres simples o compuestos, que seguramente sea la fecha en
que haya más gente a la que felicitar. Pues eso, traten de ser felices
este 19 de marzo, porque los instantes de felicidad provienen casi
siempre de nosotros mismos.

zz300px-La_Tour[1].jpgSi bien el Día de la Madre es una fiesta tan antigua como nuestra cultura occidental, pues procede de la Grecia cásica, el Día del Padre es una celebración -otra más- que surgió en Estado Unidos a principios del siglo pasado. Contra lo que es común sospechar, no nació de una campaña comercial para inventar otra fecha en la que hubiera que comprar regalos, sino de una persona particular que quiso homenajear a su padre, que celebraba su cumpleaños en junio; la costumbre se extendió durante décadas y por eso en los años sesenta del siglo XX se estableció desde el Congreso que el tercer domingo de junio sería Día del Padre. El mundo latino se vio arrastrado y como casi siempre tiró del santoral católico y colocó la celebración en el día de San José, que es el padre oficial de Jesucristo en las Escrituras, si bien ya saben que es padre de aquella manera, por lo que en el Renacimiento se hablaba de San José P.P. (padre putativo) y es de ahí de donde proviene que a los Josés los llamen Pepe. Creo que al padre y a la madre hay que honrarlos siempre, pero tampoco está de más que un día al año se homenajee especialmente a aquellos padres que lo merezcan, que son la mayoría. Ser padre es un responsabilidad y un privilegio, y a los que lo somos nos basta con serlo, porque por mucho que busco en lo que soy y en lo que hecho no encuentro en mi vida nada más importante que ser padre. Seguramente se equipara a ser hijo porque estoy seguro de que mi padre siente lo mismo. Al final, es la familia, que cierra el circulo que se sostiene en la madre, porque la mujer es el centro de la vida, y si soy padre es gracias a una mujer.
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(El cuadro es Saint Joseph Charpentier, de Georges de La Tour. 1642. Museo del Louvre).