De repente, todo lo que hasta hace unos pocos años parecía ciencia-ficción se vuelve real. Después de la recuperación y de los llamados fabulosos años sesenta, Occidente se había diseñado de una manera que se mostraba inalterable, y cada una de sus naciones funcionaba de una manera determinada y solo de esa. Lo que quedaba fuera estaba controlado, fuese con las guerras coloniales en Africa o con otras técnicas en Asia y América Latina. A nadie se le ocurría que Bélgica, Dinamarca o, menos aún, Estados Unidos, tuviese problemas económicos o sociales. Se habían borrado de la memoria colectiva los tiempos difíciles, y la depresión del 29 solo era un tema que salía en las películas y que dio lugar al crecimiento de las mafias en Estados Unidos. Ahora estamos que no nos lo acabamos de creer, porque la maquinaria del capitalismo que se sostenía en el consumo empieza chirriar. Y la consecuencia primera es la desconfianza del otro. Así nacieron en los años treinta del siglo pasado aquellas doctrinas que dieron lugar a regímenes terribles. Y vuelven los cruzados del Tea Pary (nunca se habían ido, estaban agazapados) y se da la paradoja de que China, un país supuestamente comunista, reprende a Occidente porque dice que gasta mucho dinero en políticas sociales. Es el mundo al revés, porque ocurren cosas tan impensables como que no haya fútbol los fines de semana por huelga de futbolistas.
Un comentario en “El mundo al revés”
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La verdad es que me está entrando un miedo—–!!!