Le han dado el Nobel a Vargas Llosa y es que casi parece una obviedad. Con él tengo una larga historia de equivocaciones. Cuando, de jovencito, leí Pantaleón y las visitadoras, aprendí que para contar una historia vale casi todo. Unos años antes me habían recomendado La ciudad y los perros, y como había ganado el Premio Biblioteca Breve pensé que era una novela corta. Cuando la tuve en mis manos vi que no, y pensé entonces que a lo mejor trataba de la ciudad de Las Palmas, porque aquí perros sí que hay, y especialmente hay ocho de bronce en la plaza de Santa Ana, de los cuales Víctor Doreste sólo se ocupó de uno, Faycán, y ya era hora de que se hablase de los otros siete. Gran decepción, la novela transcurría en Lima y no salían perros de bronce.
Un día me di de bruces con un nuevo libro de Vargas Llosa, que tenía un nombre atrevido para el año 1975, La orgía perpetua, y me dije que ya era hora de recuperar el atrevimiento de Apollinaire en asuntos literarios cercanos al sexo. Pero había patinado otra vez. No era una novela, aunque tampoco diría yo ahora que se trataba de un ensayo alrededor de Madame Bovary, como suele ser presentado ese libro. En mi opinión, La orgía perpetua es un mecanismo que traza la línea divisoria entre chismorreo y literatura, y debiera ser de lectura inexcusable en cualquier bachillerato, porque es una guía para descubrir mundos fantásticos y a veces sorprendentes detrás de una narración que aparentemente sólo cuenta los adulterios de la esposa de un médico de provincias. Está claro que La orgía perpetua me hizo mucho daño, porque a mí lo que me gustaba era contar historias. Fue una grave responsabilidad la que tomó Vargas Llosa cuando publicó ese libro, porque lo mismo que a mí debió pasarle a muchas otras personas, y un texto que aparentemente es un estudio subjetivo pero técnico de una obra de Flaubert acabó convirtiéndose en un libro muy peligroso porque enseñaba a buscar entre los renglones de todas las novelas.
Cuando salió La guerra del Fin del Mundo pensé que aquello era lo más cercano que su autor estaría de una novela con tirano. Él era un escritor muy sofisticado e imbuido de la cultura francesa y las novelas con dictador son más propias de narradores menos contaminados con la teoría. Después de El Señor Presidente, Yo, el Supremo o El Otoño del Patriarca, había que ser muy atrevido para meterse a escribir una novela con dictador, un riesgo innecesario para un novelista consagrado. Hace una docena de años que de Vargas Llosa podía esperarse todo menos una novela con un Tirano Banderas.
Me equivoqué otra vez en dos cosas. La primera es que sí que se atrevió con la empresa, y nada menos que con Trujillo, un dictador real que, en su crueldad, andaba entre la caricatura y el arquetipo, doble peligro. Publica La fiesta del Chivo y -ahí mi segunda equivocación-, es una de las novelas mayores del fin de siglo en español, una de las mejores de su autor y desde luego se hizo sitio junto a los tiranos literarios antes mencionados, y con igual rango. Después de esto, ya se podía esperar cualquier cosa de un autor que un año de estos, cuando en Estocolmo no se volvieran a equivocar, le otorgarían el Premio Nobel, que creo que es el único que le faltaba o que le sobraba, porque una obra como la suya no necesita que le den diplomas, como nadie echa en falta el Nobel cuando lee a Conrad, a Galdós o a Borges.
Pero se lo han dado, y creo que es muy justo para el autor, para su obra y para nuestra lengua. En definitiva, estamos ante un maestro, porque a través de su obra narrativa y ensayística se desandan caminos y se excavan otros. No siempre sucede, y no a todos los escritores, por grandes que sean, se les puede otorgar magisterio cultural. De todas formas, tengo una gran duda sobre Vargas Llosa: resulta que conoció el éxito muy joven, tiene una obra en distintos géneros de gran peso (y no lo digo por el hipopótamo de Kathie), es un gentleman bien parecido, locuaz y las mujeres lo adoran; si escribe sobre conflictos importantes lo hace desde Irak o Palestina, cuando podría hacerlo desde su confortable escritorio, se atreve con las tablas del teatro y encima sale al escenario con Aitana Sánchez-Gijón. Este hombre debe tener un fallo en alguna parte. Quiero quedarme con la ilusión de que puede que haya algo que no sepa hacer, aunque con él siempre me equivoco. Eso sí; los que de verdad se equivocaron fueron quienes liquidaron el Foro Vargas Llosa de Las Palmas, que lo vinculaba cada año a nuestra isla. Deben estar golpeándose contra las paredes.
***
(Este trabajo fue publicado el pasado miércoles en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7)