El Sahara (I)
La política internacional es cada día más asunto de trileros, que cuando la carta parece que está en un lugar concreto, resulta que la levantas y no está. La mesa de ese infame juego es nada menos que las Naciones Unidas, que unas veces se calla, otras prepara un plan de paz, otras manda un enviado especial (norteamericano, por supuesto), y finalmente se pliega a lo que diga Estados Unidos.
Washington tiene alianzas curiosas. Para los asuntos de América Latina y Africa del sur es uña y carne con los británicos, para temas de Asia central y del Indico se entiende muy bien con Rusia, para Oriente Medio se entiende consigo mismo, con el dinero judío y otra vez con Londres, y para temas de Africa noroccidental es del mismo parecer que Francia. Y siempre es así, por lo tanto no es ninguna sorpresa que ahora Bush diga a las claras que apoya el expansionismo marroquí a costa del territorio del Sahara, puesto que Francia venía haciéndolo desde siempre.
La gran disculpa para mantener el status quo saharaui era que la URSS, vía Argelia, obtendría de ese modo una salida al Atlántico. Cayó el Muro de Berlin, acabó la Guerra Fría, y la cosa no tenía ya razón de ser, y es por eso que las Naciones Unidas, siempre tan dependientes de la Casa Blanca, elaboraron el Plan Pérez de Cuéllar, que luego fue otro y otro, enviaron a la Minurso y comenzaron con el censo. Pero Francia seguía ahí, erre que erre, y finalmente se volvió a materializar ese pacto universal para esta zona del mundo entre París y Washington, que viene desde que el general La Fayette peleó con los 13 estados de Filadelfia y continuó cuando, cien años después, los franceses regalaron a los yanquis la estatua de La Libertad. Qué ironía.