Admiraciones
Cuando uno encuentra personas como Aminatou Haidar sólo puede admirarlas. Porque son de una pieza, fieles a sus convicciones y que llevan sus ideas hasta sus últimas consecuencias. Se dice que unas veces tienen éxito y otras fracasas. No es cierto, siempre queda de ellas una estela que va haciendo que las cosas cambien. Son las personas que luchan toda la vida que decía Bertol Bretcht.
En nuestra vida cotidiana también hay personas así, que siempre están donde deben estar. También son admirables aunque sea anónimas. No son admirables la mayoría de las personas que son subidas a un pedestal en nuestra sociedad. Yo admiro a las mujeres trabajadoras, a los hombres que siempre están ahí, a quienes no esperan gran cosa de la vida y sin embargo cumplen con la sociedad y con los suyos. Son los que plantan las raíces del futuro.
Hay quien tiene talento para algo, y por ello se le admira. Yo respeto a los talentosos que trabajan, pero no los admiro, porque ese talento ya veía en el frasco. No admiro a Picasso, ni a Federer ni a García Márquez. Me deslumbran sus logros y en todo caso admiro la persistencia para emplear bien el talento. Pero sobre todo admiro a gente como Aminatou Haidar, que con sólo su pequeña humanidad se enfrenta a un monstruo de muchas cabezas.
Por otra parte, hay que decir que José Emilio Pacheco es desde hace décadas un clásico en vida, hasta el punto de que muchos lo daban por muerto si no miraban la fecha de nacimiento en la solapilla de sus libros. Ya sé que querían honrar al poeta por su 70 cumpleaños, pero si tocaba premiar a México podrían haberse acordado de Carlos Monsiváis, que tiene 71 y una obra intelectual digna heredera de la de Alfonso Reyes. Además, con José Emilio Pacheco este asunto llega al paroxismo, porque de no contar para nada, en media docena de años se los han dado todos. Está claro, el año que viene le cae el Príncipe de Asturias, el único que le falta en castellano.