Cuando se habla del juez Baltasar Garzón se dividen las opiniones, y yo, asumiendo todo lo mediático que pueda tener su trayectoria, creo que ha sentado escuela y ha abierto el camino para perseguir criminales en cualquier lugar del mundo. Su actuación en el caso Pinochet es ejemplar, a mi modo de ver.
Siguiendo esa estela, otro juez de la Audiencia Nacional, el magistrado Eloy Velasco, se ha puesto a la tarea de investigar los asesinatos de los jesuitas españoles Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno y Amado López, así como varias mujeres que trabajaban en el edificio de la universidad salvadoreña. Está claro que fueron las fuerzas paramilitares (yo me ahorraría el «para»), que estaban descontentas con la constante denuncia de los abusos del poder que hacían los jesuitas españoles.
La labor de estos hombres en su dedicación a los demás merece que su asesinato no quede impune. Esta es la Iglesia que sirve a la comunidad, y que sin embargo no cuenta con el respaldo de Roma, pues ya sabemos el episodio en el que Juan Pablo II reconvenía a Monseñor Romero sobre su permanente denuncia de la injusticia. Monseñor Oscar Arnulfo Romero fue asesinado mientras oficiaba una misa en el altar mayor de la catedral de San Salvador.
En Roma ni se les pasa por la cabeza plantearse siquiera su canonización. Por lo visto los santos han de ser sumisos con el dinero y el poder, y se olvidan que Jesucristo echó a los mercaderes del templo a latigazos y desafió el poder del Herodes, del Sanedrín y del Imperio. Por eso lo mataron, como a Monseñor Romero.
Por eso estoy con el juez Velasco, porque la coherencia y el valor merecen justicia.
Un comentario en “La hora de la justicia”
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La violencia que ejercen los milikos y los grandes terratenientes en América Latina es espeluznante. Es como si no hubiera pasado el tiempo y anduviéramos en tiempos de Zapata. Ojalá esos 14 militarotes vayan a prisión, aunque yo no sé si será posible desde España.