Como todos los años en octubre, comienza la danza de la concesión de Premios Nobel. El de Literatura se suele fallar el segundo jueves de este mes, aunque a veces lo retrasan al tercero, pero siempre es en jueves, al menos en los que yo recuerdo.
El Premio Nobel está mal dado desde sus comienzos, hace más de cien años. Alfred Nobel dejó establecido en su testamento que se le concediese a un persona con valores literarios en ascenso, como una especie de beca para proteger a los buenos creadores que pudieran dedicarse a escribir a tiempo completo. Pero no se hizo así, sino que se le empezó a conceder a plumas consagradas, que en la mayoría de los casos no necesitan el premio puesto que ya tienen reconocimiento amplio. Al final todo se reduce a politiqueos sobre si el galardonado va a ser europeo, americano o chino.
Siempre decimos que autores como Tolstoi, Galdós, Joyce o Borges fueron injustamente privados del galardón, pero en realidad no les hacía falta, porque han quedado en la historia de la Literatura con letras grandes. Es decir, no necesitaron el Nobel ni ellos ni su literatura. Como tampoco les añadió gran cosa a otros que sí lo obtuvieron, como Kipling, Hemingway o García Márquez. Ahora se habla de Philip Roth, de Vargas Llosa y hasta de Paul Auster. ¿Creen que estos autores necesitan el Nobel? ¿Les añadiría proyección? ¿Se les leería más? A todas estas preguntas yo contestaría que no, y tal vez el premio mayor para un escritor es que no necesite que le den el Nobel.
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