David Foster Wallace se ha suicidado. Este parece ser el sino de los que son calificados como genios, aunque ya he dicho muchas veces que en los únicos genios que creo son en los que salen de las lámparas.
Está claro que Foster fue un gran novelista, autor de Una broma infinita (1996), una de esas novelas que quedan prendidas en la historia de la literatura, aunque todavía no hay perspectiva para afirmar que es un libro que va a quedar en el Parnaso de los novelistas. La muerte por enfermedad, accidente o suicidio es sin duda una de las maniobras publicitarias más rentables, y graba en el mito a cualquier personaje que esté destacando en ese momento. Pasó con muchos cantantes de rock, con estrellas de cine y con escritores, como Kennedy O’Toole, el autor de La conjura de los necios, con Scott Fitzgeral, con Roberto Bolaño y si me apuran hasta con el mismísimo Hemingway.
Aparte de sus problemas psiquiátricos, está claro que Foster ha querido inscribirse en el mito. Es una pena, porque quienes lo conocían dicen que lo mejor de su literatura estaba por llegar. Pero el mito tira, y tal vez no le gustó la imagen triste de Paul Newman yéndose del hospital a morirse de viejo a su casa. Seguramente prefirió a un James Dean siempre joven en los anuncios de tejanos. En cualquier caso, descanse en paz y recomiendo su novela-fetiche.
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