El paso al frente que ha dado el cura de La Garita es un exponente más del divorcio (¡uy, perdón!) que existe entre la jerarquía eclesiástica y la realidad de mundo católico y la sociedad en general. La verdad es que hay que quitarse el sombrero ante un cura como Paco Bello, aunque eso no es una novedad, pues este hombre puede equivocarse como cualquiera, pero tiene una coherencia a toda prueba.
La sexualidad es una manifestación humana, y por lo tanto sobrepasa siglos y religiones, y la Iglesia Católica se empeña una y otra vez en anclarse en sus rancias teorías. Ha pasado lo mismo que con la Teología de la Liberación, en la que católicos que están al lado de los pobres son engullidos por la anquilosada maquinaria secular de la represión y el apoyo a los poderosos.
Esa Iglesia generosa, tolerante, abierta y solidaria es la verdadera Iglesia perseguida, la que se parece más a la de los primeros cristianos que tenían como símbolo un pez. El mensaje de una bandera con el arco iris en la iglesia de La Garita no escandaliza; al contrario, es una llamada a la tolerancia. Es más, esa abundancia de colores debería estar en todas partes, porque la humanidad es diversa en todos los órdenes. El verdadero escándalo está en otra parte. Estoy convencido de que Jesucrísto estaría de acuerdo con Paco Bello, por algo echó a los mercaderes del templo y llamó a los fariseos sepulcros blanqueados.
Parece mentira que pida tolerancia a la institución más reaccionaria del mundo. Acuérdese de la inquisición, de las cruzadas y de Galileo. Bien por el cura de La Garita.