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Perdimos las burbujas pero no el acento

Me fui de Las Palmas de Gran Canaria cuando tenía 8 años. Mi acento se fue conmigo y lo llevé a Tenerife. Allí no sufrió porque, aunque algo diferente, seguía siendo nuestro acento. Sí sufrieron, los primeros meses, las burbujas del agua con gas de Firgas. Recuerdo una de las primeras noches allí en la que mi padre tuvo que salir a buscar desesperadamente un bar abierto para comprarnos agua con gas a riesgo de deshidratarnos si no la encontraba. A mi hermana y a mí nos daban arcadas con cada buche de agua sin gas, la que se bebía en Tenerife. Y dos años después nos fuimos a Asturias. Allí no nos quedó más remedio que olvidar las burbujas, pero nuestro acento, nunca, nunca lo olvidamos. Sí es verdad que sufrió. Recuerdo cuando ya llevábamos algún tiempo fuera de las islas y en esa transición irremediable en la que se mezcla tu acento con el del lugar en el que vives, sobre todo cuando eres una niña, a medida que hablaba, lanzaba de vez en cuando un pequeño disparo de saliva que iba a parar a la cara asombrada del interlocutor que tenía enfrente. Continuar leyendo “Perdimos las burbujas pero no el acento”