Tapar el sol con un dedo
Cuando muchos defienden las primeras medidas tomadas (o no tomadas) frente a la COVID-19, lo hacen desde la misma posición: era un virus desconocido, no podían saber lo que les venía encima. Y yo me pregunto: si era un virus desconocido, como efectivamente lo era ¿cómo se atrevían a hacer las afirmaciones que se hacían y de forma tan taxativa? Como que aquí, en España, la incidencia sería mínima o inexistente, que las mascarillas, bla, bla, bla.
¿Cómo se afirmaba, al comienzo de la desescalada, que el Comité de Expertos, fantasma, garantizaba que las fases avanzarían de forma correcta para garantizar que el posible rebrote no existiera o que, como mucho, se retrasase hasta octubre? Agosto. Estamos en agosto y aquí, una Capitana a posteriori, lo tenía claro: AGOSTO. Lo dije a amigos, a familiares y a todo aquel con el que hablaba del tema. Se lo dije incluso hasta a Gerardo el chico que me atendió en el taller el otro día, y al que no conocía de nada, cuando llevé el coche a arreglar por una avería. Los dos estábamos igual de indignados con un Presiqué? que se permitía la osadía, no, mejor, la caradura, de irse de vacaciones en plena debacle económica, política, social y sanitaria. Y los dos, mientras hablábamos de bobinas y bujías, nos congratulábamos de opinar los mismo y de no entender cómo los verdaderos responsables, y no dos autónomos, uno del sector del automóvil y otro del libro, que seguían pagando su cuota religiosamente, sin recibir ningún tipo de ayuda, no estaban en ese mismo momento sentados a una mesa intentando solucionar lo que parece irresoluble. Por su ineficacia. Por sus continuas mentiras. Por intentar tapar el sol con un dedo.