Vuelvo a Florencia treinta y un años después. Tenía diecisiete años la primera vez. Recuerdo uno de los momentos más felices de mi vida : un día en Florencia sentada, apoyada en una puerta de madera en el escalón más alto, todos mis compañeros sentados, recostados, como un racimo de uvas que cayesen desde mí. Las cabezas de mis amigas apoyadas en mis rodillas y el sol florentino calentando mi cara…estábamos tan cansados y tan felices. Las noches de risas corriendo por el hotel…»o dormire o tutti fuori!», decía el encargado del hotel desesperado por los pasillos.
Florencia sigue igual de hermosa. El Duomo observa casi con risa a los millones de turistas que giran y giran a su alrededor. Ya no van con pliegos de papel gigantes a modo de mapas del tesoro y en los que el tesoro era encontrar una calle, un monumento a visitar o, simplemente, un lugar donde dormir. Ahora los aventureros van siguiendo los pasos que les marca una pantalla. Ya no los ve preguntándose unos a otros dónde está o dónde podrían comer. Ahora le preguntan a una tal Siri, una políglota y polímata que a Miguel Ángel le hubiera encantado conocer.
Asia ha cambiado de nacionalidad viajera. Ya no son los japoneses los que inundan las calles del mundo en grupos. Ahora son los chinos los que siguen avanzando por él.
Cada tarde, cuando me dirigía a los alrededores del Puente Vecchio, mi lugar favorito en Florencia, los veía enfrente del Duomo, treinta o cuarenta, en una esquina mirándolo, al mismo tiempo que todos llevaban sus móviles en las manos y los auriculares. Y me preguntaba qué tendría aquella esquina en la que a todos les daba por hablar por teléfono al mismo tiempo con la misma cara de sorpresa…
– La verdad es que cómo hemos avanzado. Ya no son necesarios esos altavoces que llevaban los guías o los gritos que tenían que dar para los que estuviesen más atrás los escuchasen…
– ¡Jo! ¡Es verdad! No me había dado cuenta ¿Cómo hacen ahora?
– ¿No ves los dispositivos que llevan colgando del cuello? El guía habla a su micrófono y los demás le escuchan…
– …yo creía que…bueno, nada, nada…
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