Resulta indiscutible que la fauna silvestre de todo el planeta se enfrenta a un gran número de amenazas que ponen en peligro su supervivencia. De hecho, algunos especialistas de renombre mundial han indicado recientemente que el ritmo actual de extinción de especies es unas cien veces superior al esperable, lo que indicaría que la sexta extinción masiva de especies del planeta ya ha dado comienzo.
La mayoría de estas amenazas tiene que ver, directa o indirectamente, con factores de origen antropogénico tales como la invasión y la destrucción de hábitats, la sobreexplotación de recursos, las actividades turísticas… Canarias, a pesar del elevado grado de protección ambiental del que goza gran parte del territorio, no es ajena a esta situación mundial, y nuestra fauna silvestre cada vez encuentran más dificultades para sobrevivir.
Dentro de la gran variedad de amenazas originadas por la actividad humana, nos centraremos en este artículo en una de las menos evidentes, una amenaza invisible, podríamos decir, pero que se cierne sobre nuestros campos contribuyendo de forma decisiva al ocaso de nuestra fauna: las sustancias químicas tóxicas, el veneno.
Se cuentan por miles las sustancias químicas que fabrica el ser humano para todo tipo de aplicaciones que nos hacen más fácil la vida.
De hecho, el extraordinario desarrollo tecnológico de la sociedad a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y el principio del presente siglo no habría sido posible sin el desarrollo paralelo de la industria química, que ha permitido «inventar» nuevas moléculas que no existían antes en la naturaleza y cuyas características.
Si bien nadie puede negar que algunos productos químicos comporten importantes beneficios para la sociedad –a través de su uso en la asistencia sanitaria, por ejemplo–, algunos de estos compuestos están dañando la vida silvestre y al ser humano. Hoy en día existen muchas sustancias químicas que se usan habitualmente y de las cuales no sabemos lo suficiente sobre sus efectos a largo plazo.
El creciente cuerpo de investigación científica sobre la contaminación química presenta un panorama preocupante: dondequiera que los científicos buscan –los trópicos, los sistemas marinos, las regiones industriales, el Ártico– se encuentran los impactos de nuestros productos químicos tóxicos, con daños salud del ser humano. Como hemos visto, nuestro archipiélago no queda al margen de esta situación, y tanto nuestra fauna silvestre como nosotros mismos nos enfrentamos a los riesgos que representa este enemigo invisible.
Históricamente, el medioambiente ha sido tratado como un receptáculo infinito para los desechos de la actividad humana. Algunas de las consecuencias ecológicas de esta actitud ignorante son ahora evidentes.
Realmente, la mayoría de los tipos de contaminación es innecesaria y las actividades que contaminan el medioambiente pueden modificarse. Así, se han ido buscando alternativas a los plaguicidas más contaminantes y se ha creado una nueva generación de pesticidas que son menos tóxicos y se degradan más rápidamente en el ambiente, de manera que produzcan un impacto mínimo.
Igualmente, los métodos de control de plagas también han ido variando de tal forma que en muchas ocasiones se reduce o elimina por completo la necesidad de usar productos químicos sintéticos.
Además, el interés por la agricultura y la jardinería sin pesticidas va aumentando cada vez más a medida que los efectos secundarios de los productos químicos se van conociendo. De igual modo, la tecnología y la legislación, así como la apuesta por las energías renovables, pueden contribuir de forma definitiva a minimizar los efectos de la contaminación química de origen industrial.
Con respecto a la liberación intencionada de tóxicos en el medioambiente, como ocurre con la preocupante tradición de usar veneno para resolver los conflictos con los animales, solo la educación de las nuevas generaciones brinda la oportunidad de acabar con ella de una forma efectiva.
En definitiva, una combinación de conocimiento, creatividad y voluntad de modificar nuestro estilo de vida nos permitirá reducir la amenaza que la contaminación representa para la vida silvestre y otras especies, incluidos los humanos.
Este artículo cuyo autores son:
Norberto Ruiz Suárez, María Camacho Rodríguez, Maira Almeida González, Luis Domínguez Boada, Luis Henríquez Hernández, Manuel Zumbado Peña, Octavio Pérez Luzardo.
Ha sido extraído de la revista La Orotava
que me llegó el otro día y no tenía conocimiento de lo interesante y útil que puede ser.
Felicidades a sus creadores e impulsores. Tiene muy buena pinta e instructivos artículos.
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