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Historias de Tokio: La portera, tercera parte

Y por fin la conocimos. A ella. A la portera. Ella nos había enseñado el apartamento una de las veces, pero no sabíamos exactamente quién era. Ahora ya lo sabíamos. Era a ella a la que tenía que entregarle el dinero cada mes y la libretita de pagos para que me la sellara. Era a ella a la que debía consultarle cualquier cosa y era ella la que se quejaría también de cualquier cosa. Era como una espía colocada justo a la entrada del edificio. Vivía allí, en el bajo, y aunque nunca pude atisbar nada por los centímetros de puerta que dejaba abierta cuando iba a pagar, juraría que tenía cámaras espía colocadas por doquier. Era antipática con ganas pero sí que admiraba la diligencia con que mantenía limpias las escaleras, día tras día, a pesar de su edad. No le gustaban los extranjeros, se le notaba, pero el destino había hecho que trabajase en un edificio en el que estos eran bien recibidos. Intenté con todas mis fuerzas caerle bien. Cada vez que salía, y veía las cortinillas moverse, le decía adiós. Cada vez que llegaba le decía hola y le agradecía (otzukare sama deshita, costumbre japonesa), el trabajo realizado. Casi no me contestaba. Me rendí a la evidencia cuando, cada vez que me veía salir con la basura, aparecía de la nada y me decía algo. Yo me hacía la tonta y decía, sí, sí. Ella lo que intentaba era pillarme tirando la basura orgánica el día que tocaba la de recipientes de cristal o plástico. Hasta que la pillé yo a ella. Casi se muere. Y no precisamente tirando la basura… Continuar leyendo «Historias de Tokio: La portera, tercera parte»

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Un funeral sin muerto

Cuando caminaba por las calles de Tokio hacia mi lugar de trabajo, casi todos los días me encontraba con situaciones que llamaban mi atención: desde el monje solitario apostado en una esquina del metro en su camino de peregrinaje o una pequeña parcela entre edificios que se había acordonado con una cinta de la que colgaban lo que parecían pequeños trozos de papel blanco, con un sacerdote budista, también vestido de blanco, acompañado de tres o cuatro personas más (los dueños de la futura casa que se construiría allí o del local de negocio) celebrabando una ceremonia para traer los buenos augurios al lugar; o un chico que llevaba a su amiga atada a una correa por el cuello, paseando por las calles de Omotesando. Lo cierto es que en Tokio, al igual que en Blaner Runner del ya inminente 2019, puedes encontrar cualquier cosa, incluso alguna forma tokiota de replicantes. También me encontraba muchas veces, locales abiertos a las calles, garajes de casas abiertos y en cuyo interior había una fotografía de alguien en una especie de altar y un ajetreo de ir y venir de personas, vestidas de negro y que celebraban allí la ceremonia del funeral. Allí o en salones de restaurantes o en templos.
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El sueño de la mujer del pescador

El sueño de la mujer del pescador
El sueño de la mujer del pescador

Desde que aparecieron en La Odisea de Homero, las sirenas han poblado los sueños de muchos pescadores y no pescadores y también los sueños de muchas niñas, y no tan niñas, que desearían ser una de ellas. Pero las sirenas, a veces (no quiero decir «siempre») no son esas hermosas criaturas de pelo rojizo y cola de pez. Según los griegos, eran seres con cuerpo de ave y rostro de mujer que perdieron sus plumas por retar a las musas con su canto. Peces o aves, dicen que desaparecieron cuando Ulises se resistió al efecto de su canto y cayeron al mar convirtiéndose en piedra excepto una, Partépone, que logró llegar a la orilla, al lugar en el que se asentaría posteriormente la ciudad de Nápoles.
Pero existen otras sirenas que con apariencia humana descienden desde hace más de dos mil años a las profundidades marinas en busca de perlas. Estas sirenas viven en Japón y se llaman Amas. Y como las sirenas, se enfrentan a las frías aguas solo con su cuerpo. Lo único que las diferencia es que, así como las sirenas guardan siempre el calor en su piel, las amas regresan a sus hogares con el frío dentro de los huesos y solo logran calentarlos junto al fuego.
Decía al principio que desde Homero soñamos con sirenas, pero las sirenas también sueñan.