Hace unos años, me encontraba de vacaciones en casa de mis padres en Lanzarote. Yo vivía en Tokio y ese mes que venía a España era la vida para mí. Era respirar, coger fuerzas y volver. Porque no es fácil. Vivir en otro país no es nada fácil.
Esa noche decidimos ir a cenar todos a una pizzería en Puerto Calero. Estábamos contentos. Yo disfrutando de ese respirar y mis padres de tenerme respirando allí. Nos trajeron la carta y pedimos. El camarero que no era español, creo que era ruso, no nos entendía muy bien. Hubo un momento en que mi padre, ya algo enfadado, iba a decirle algo en un tono hasta desagradable, y nos dijo a los que estábamos allí, que estaba en España y que quería que le atendiesen en español. Cada vez que se produce una situación de confrontación, reclamación, queja, toda la familia me mira a mí, como buscando mi aprobación e incluso, en un momento dado, que sea yo la que exija, reclame y «monte el pollo» que se me da tan bien para exigir mis derechos y que en numerosas ocasiones nos ha sacado de países cuando advertían que sería imposible salir en una semana, devuelto cosas imposibles…, en fin, «la solucionadora», como me llamaba incluso mi antigua jefa. Pero esa vez, mi padre no se encontró a Guadalupe «la justiciera monta pollos.» No. Se encontró a una Guadalupe que lo miraba muy seria y que le preguntó: papi, ¿tú sabes de dónde vengo? ¿tú sabes en lo que trabajo? ¿tú sabes el esfuerzo diario que resulta para mí, intentar dar el mejor servicio a unos clientes que bien podrían decir como tú, que están en Japón y que quieren que la camarera les hable en un perfecto japonés?
¡Es verdad Pepe!, dijo mi madre. Es verdad Guadalupe, dijo él.
Y sí, era muy difícil ir superando, día tras día, la complejidad de una cultura tan diferente. El desconocimiento de un idioma sin una raíz parecida al nuestro. El frío en una casa de papel. Una soledad que, así como en mi caso, no era un problema porque me gusta, sí lo era para todos los extranjeros, españoles y no españoles, que vivían allí. Porque la soledad de un emigrante es tan inmensa como los océanos que cruza.
Mi océano no lo crucé nadando. No lo crucé huyendo de la miseria, la guerra, el hambre, el miedo. Mi viaje, era un viaje de ida y vuelta, como el de las mariposas monarca.
El suyo, aunque sí aprendido de generación en generación, como el de las monarca, no es de ida y vuelta. Y a pesar de que sus colores se asemejen al naranja y negro de sus alas: el naranja de sus chalecos y el negro de su piel, lejos de contener la belleza con la que las dotó a ellas la naturaleza para protegerlas, lo único que contienen es la vergüenza del hombre.
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