El poder de la calderilla

Un descubrimiento al azar. No tanto el azar como al poder del zapping. El cambio de canal de forma fortuita y comenzar una película. Cuántas veces me ha pasado esto últimamente y cuántas veces el cine vuelve a atraparme. A veces me pregunto si es tanto el cine, abreviatura de cinematografía, como técnica y arte de proyectar fotogramas de forma rápida para crear la impresión de movimiento, o son las historias que me cuenta, se muevan estas o no.
Hoy me encontré con un oso. Y eso que las películas de osos no me gustan nada, después de haber visto tan solo algunos minutos de la película Ted, ese oso que habla y que me parece insoportable, maleducado y muy, muy vulgar. Pero hoy, el oso Brigsby (Brigsby Bear, 2017, dirigida por Dave McCare), ha sido otro descubrimiento. Esta vez, un oso que no voy a olvidar fácilmente y que espero llevar conmigo mucho tiempo.
Ya saben que cuando hablo de películas y más, de películas que han sido descubrimientos sorpresivos para mí, quiero que si el que me lee decide verla, lo haga casi con la misma sorpresa con la que lo he hecho yo. Esta es la historia de un niño, un niño adulto que nunca ha conocido el mundo real y que todo lo que supone que es la vida, lo ha experimentado a través de una serie infantil con animales que hablan y criaturas fantásticas. Pero ¿qué ocurre si todo lo que sabes sobre la vida es esa ficción y de repente eres expulsado a la realidad? Que nos encontramos, para los que amamos la fantasía, con que aquel es un lugar fantástico, que muchísimas veces no podríamos sobrevivir sin creer en la magia, sin caminar sobre las nubes, sin acariciar nuestra cola de escamas, sin volar sobre Fújur. Sin soñar.
Brigsby Bear, es una película muy dura, a pesar de su aparente toque de comedia pero que, cuando termina, te hace sentir bien. Te hace creer que todavía hay tiempo para cumplir tus sueños.
Ayer, me encontré con unos niños que como James, el protagonista de la película, se refugian en un mundo de ficción que es, con frecuencia, el refugio de los desamparados. Un niño y una niña de unos trece años, en una tienda de cómics, mangas y merchandising. Ella tenía el pelo azul e iba vestida imitando a algún personaje manga. Lo hacía de forma humilde porque el cosplay es muy caro, pero había utilizado toda su imaginación para lograrlo. Él bailaba en medio de la tienda al ritmo de la música de algún anime. Los admiré. Sé lo difícil que es este mundo real para ellos. Las burlas de sus compañeros de clase. Y admiré su valentía. Su independencia. El no importarles lo que los demás pensaran de ellos. Disfrutaban de todo lo que había en la tienda pero sabiendo que no estaba a su alcance, que solo comprarían unas pequeñas chapas. Él le iba a regalar a ella la que tanto le gustaba. “¡Me encanta! ¡Es preciosa!”-decía saltando. Él abrió el pequeño monedero que llevaba diciendo- el poder de la calderilla- mientras caían sobre el mostrador céntimos y monedas de cinco céntimos. Alguna de diez. E iba contándolos. Yo acababa de pagar el cómic de Orgullo y Prejuicio que compré para Yui. Miré mi monedero y “mi calderilla”. Cogí dos monedas de dos euros, las puse junto a sus céntimos y le dije: toma, para hacer más fuerte el poder de tu calderilla. Me dio las gracias.
Mientras salía de la tienda oí cómo le decía a su amiga, que no se había dado cuenta porque seguía saltando ilusionada con su chapa, que esa `señora´(sigo sin acostúmbrarme a lo de señora) le había dado cuatro euros. Ella saltó aún más alto mientras aplaudía y le preguntaba: ¿cómo lo conseguiste? No sé qué le contestó. Mi respuesta: creyendo en la magia…

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