No pude hacerme mayor tan rápido

Cuando tenía diez años, once, doce y veraneaba en casa de mis abuelos, había una mujer que me parecía guapísima, Silvia Tortosa. En el ascensor de casa de mis abuelos, desde el quinto hasta el bajo, tenía tiempo de quitarme una de las dos trabas que sujetaban mi pelo. Me peinaban con la raya al medio y era dificilísimo encontrar unas trabas que pudieran sujetarlo. Así como en mi pelo saltaban según hacían click, en el de mi hermana resbalaban sin ni siquiera abrirse. Una morena y una rubia, como nos cantaba mi abuelo. Una de pelo salvaje y otra de pelo sedoso. En el ascensor me quitaba la traba derecha y dejaba que el pelo cayese sobre mi ojo, medio tapándolo, como le caía a Silvia Tortosa.Me sentía guapísima, como ella. En el ascensor de casa de mis abuelos, desde el bajo hasta el quinto, me encontraba a veces con aquella niña-vecina con la que me advertían que no debía subir. Iba siempre con su madre y cuando me las encontraba en el ascensor, me daba vergüenza decir que no, y subía. La niña empezaba a darse cabezazos contra las paredes, a tirarse del pelo y a gritar. En el ascensor de casa de mis abuelos, no sé de qué piso a qué piso, conocí el primer nombre de chico que no pertenecía a mi familia, Juan Carlos. Fue mi madre quien le preguntó cómo se llamaba. Y fue ella quien le dijo a un niño de catorce años que esa niña de diez, cuando fuese mayor, sería su novia. Porque Juan Carlos, no sé de qué piso a qué piso, era el niño más guapo que había visto nunca en un ascensor.
El ascensor siguió subiendo y bajando muchos veranos. Ya no me quitaba las trabas. Y Juan Carlos ya no subía en él. Nunca fui su novia. No pude hacerme mayor tan rápido.

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