– Si doy un rodeo hacia el suroeste puedo ir nadando a casa…
– ¿Por qué quieres ir nadando a tu casa? No lo entiendo.
– …piscina tras piscina se forma un río hasta nuestra casa. Lo llamaré «el río Lucinda» como mi mujer…¡Hoy Ned Merril atravesará todo el condado nadando!
Hace poco hablaba con un amigo, Noel, sobre películas que estuviesen a la altura del libro. Yo no recordaba ninguna en aquél momento. Pero sí sé que he disfrutado de libros y de películas a veces por igual pero que, en muchísimas ocasiones, prefiero los libros en los que el escritor deja un espacio a la imaginación del lector.
Y me ha ocurrido algo muy interesante por primera vez: un libro y una película casi casi al unísono. Unidad en el tiempo que fue posible porque el libro es en realidad un relato de veinte páginas. Cuando encendí la tele, la película ya estaba empezada, pero la imagen que aparecía, un Burt Lancaster de unos 55 años, en bañador, temblando de frío, perdido, intentando entrar a bañarse en una piscina pública y siendo requerido por el vigilante para que se lavase los pies, llenos de heridas y tierra, me atrapó como solo consiguen hacerlo esas películas que respiraban el aire del cine de Hollywood de los tardíos 60, y que inició el movimiento cinematográfico llamado «Nuevo Hollywood», y en el que las películas ya no se desarrollan en un mundo idílico, ni los protagonistas son héroes.
La película ya estaba empezada pero como por suerte tengo la posibilidad de apretar un botón y poder verla desde el comienzo, así lo hice y me encontré con El nadador, de Frank Perry (terminada por Sidney Pollack) y basada en la obra del mismo título de Jhon Cheever. Por unos segundos dudé: ¿y si lo leo primero? Normalmente es lo que hubiese hecho pero en esta ocasión, esa primera imagen que me atrapó me decía que me iba a gustar también la película. Y ya, una vez terminada, leería el relato que había comprobado que solo tenía veinte páginas.
Y ahora que he visto la película y he leído el relato ¿por dónde empezar? ¿Es fiel el guion a lo que nos quiso contar Cheever? Sí. Lo es. Hay diferencias, por supuesto, siempre las hay. Determinados matices que aparecen en uno y desaparecen en otro. Pero la esencia es la misma: las luces que brillan en lo que creemos un día esplendoroso de verano; las sombras que van oscureciendo ese día y que lo va acercando al otoño; el agua de las piscinas, al principio cristalinas, que se van enturbiando hasta quedar «vacías»…Relato y película reflejan, una en 95 minutos y otro en 20 páginas, una de las alegorías del fracaso más exquisitas que he «visto» y «leído» nunca.
Y la piscina, símbolo del triunfo de una clase social y símbolo de su fracaso, sirve también de reflejo del resentimiento social de las clases trabajadoras que observan sin piedad cómo, a diferencia de lo que anotaba Jhon Cheever en los diarios de más de cien páginas que escribió dándole vueltas a este relato «no se puede envejecer en el curso de una sola tarde», que sí, sí se puede. Y Ned Merrill (Burt Lancaster) lo va haciendo progresivamente, dominado por el frío, sin fuerzas ya para lanzarse a la piscina a pesar del «inexplicable desprecio que sentía hacia los hombres que no se tiran de cabeza», descubriendo que «el río Lucinda» ya no existe y que solo le queda el óxido que tiñe sus manos aferradas a una verja que se había cerrado hacía ya muchos ríos de tiempo.
«Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuanto todos se sientan y comentan: «Ayer bebí demasiado»». Comienzo de El nadador . Jhon Cheveer , publicado en el número del 18 de julio de 1964 del semanario The New Yorker.
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