“Fear of offending me is stronger than the fear of pain”
“Permíteme preguntarte algo, por qué las personas no confían en sus instintos cuando sienten que algo va mal, algo que va caminando por detrás tí. Sabías que algo iba mal pero entraste en la casa. ¿Te forcé? ¿Te drogué para entrar? No. Solo te ofrecí una copa. Creo que el miedo a ofenderme es más fuerte que el miedo al dolor. ¿Pero sabes algo? Es así.” (Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson)
Yo fui la primera que hablé de alarmismo y con falta de prudencia y por consiguiente, de inteligencia, me atreví a dar hasta consejos de lo que se debería hacer. Así les ocurrió a muchos italianos también, que ahora desde allí, nos avisan de que no caigamos en su mismo error. Teníamos ese ejemplo por delante. Quizá China, Corea del Sur y Japón, nos quedasen muy lejos pero Italia, país al que llamamos hermano, estaba ahí. Y no hicimos caso. Ayer y antes de ayer, Madrid, la población, siguió sin hacer caso. Y hace una semana, el Gobierno, tampoco hizo caso. Leo frases como: “bueno, han sido y hemos sido un poco inconscientes…”. Que yo, ciudadana de a pie, sea inconsciente, vale. Que miles de ciudadanos, sean inconscientes e irresponsables, una pena, pero vale. Pero que un Gobierno, unos responsables políticos, con más datos, con más conocimiento interno de la situación y sobre todo, a los que se les supone unas responsabilidades inherentes a sus cargos, no se pueden permitir ser ‘inconscientes’ y menos aún con tantos avisos y recomendaciones. Se permitió y se alentó, la salida masiva a la calle. Se permitió y se alentó un riesgo de contagio masivo.
Y vuelvo a recordar a Stieg Larsson, y las palabras que puso en boca de su personaje, el asesino de su novela. El miedo a ofender a un colectivo tan sensible, fue mayor al miedo al Covid-19.
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