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Homenaje

Hace tres días, se iban de nuestra isla en silencio. Lo hacían con dos maletas y poco más. Hasta ahora, habían viajado de país en país, cada cuatro años, con su casa a cuestas y mientras lo escribo me viene a la cabeza su imagen como dos “katatsumuri”, que llegaban siempre sonriendo, siempre felices y abiertos a integrarse en la ciudad en las que les tocase vivir. 

Me refiero a los últimos cónsules de Japón que han estado con nosotros dos años, Ruri y Yoshihiro Miwa. Era la primera vez que los cónsules destinados a las islas tenían entre sus prioridades nada más llegar, buscarnos. El embajador de Japón en España, les había dicho que vivíamos aquí. Nos habían visto muchas veces en la televisión japonesa y querían conocernos. Desde el primer momento supimos que más allá de las relaciones diplomáticas, íbamos a tener a dos amigos para siempre. 

Llegaron con ganas de hacer muchas cosas. Yoshi y Ruri Miwa, sabían que iban a estar solo dos años. Los dos últimos años antes de su jubilación. Pero llegó la pandemia y, de golpe, todos sus planes se truncaron y poco se pudo hacer. Pero estoy segura de que, a pesar de ello, han dejado una huella muy profunda en todos los que los hemos conocido. 

Vuelven a Japón, su país, y como decía Yoshi, “voy a dedicarme a conocer mi país, que no lo conozco. Tantos años fuera de él…”. Ruri me ha prometido que iría contándome cómo se adaptan a su nueva vida en Japón. Las dos sonreímos porque sabemos que fácil, no es. 

Durante dos años, fueron los cónsules de su país en nuestras islas, pero puedo asegurarles que a partir de hoy y por muchos años, van a ser los mejores embajadores que podríamos tener en Japón.

Con estas líneas en las que no he podido expresar todo lo que me gustaría, les rindo mi más sincero homenaje. Se fueron en silencio pero haremos lo posible para que sus “voces silenciosas”, sigan resonando en cada rincón de la isla en el que que se hable de Japón.

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“A ti, que nunca me has conocido”

Todo lector, entendiendo como tal no solo al que lee, sino al que ama a los libros, el que se enamora de ellos con la misma pasión abrasadora, irracional, inexplicable como lo haría una niña de trece años, se ha preguntado alguna vez si los libros los buscamos o son ellos los que nos encuentran. Por qué hemos tardado tanto en llegar a un escritor, o si estos llegan cuando tienen que llegar. 

Stefan Zweig, llegó cuando quiso. Porque aquel día, en el que vagaba entre los pasillos de la librería de viejo, no buscaba nada concreto. Pero allí, entre lomos llamativos, engordados por miles de páginas  y el paso del tiempo, casi no podía distinguir las palabras escritas en uno que apenas llegaba al centímetro de grosor. En la elegancia de las ediciones de Acantilado, en negro y su número en la banda naranja, sobresalían en letras blancas el título y su autor: Carta de una desconocida, Stefan Zweig. 

Era my delgado, solo 66 páginas. Pero de naturaleza curiosa, a veces quizá en exceso, las cartas que llegan a mí escritas a alguien que no soy yo por alguien desconocido y que habría además vivido en otro tiempo y en otro lugar, siempre han sido para mí objeto de una desmedida curiosidad. Y esto, no era un libro, era una carta. A pesar de su encuadernación, sentí en mis manos cómo abría un sobre y cómo sujetaba entre mis dedos algo más de veinticinco folios.

Así me convertí en esa niña de trece años que se enamoró, como solo una niña de trece años puede hacerlo, de R., que vuelve a su casa de Viena el día de su cuarenta y un cumpleaños. Entre la correspondencia acumulada, encuentra un sobre abultado sin remitente, sin nada que indicase quién la había escrito ni de dónde provenía y en el primer folio, solo un encabezamiento: “A ti, que nunca me has conocido”.

Veinticinco folios (66 páginas) escritos con tal delicadeza, sencillez y elegancia que, mientras esa niña se enamoraba de ese escritor entregándole su vida sin que él supiese nunca de su existencia, a pesar de haberla amado sin amor, yo me enamoraba de la escritura de un escritor que había sido capaz de hacerme sentir con tanta fuerza, el inmenso dolor de un amor no correspondido y también, el odio que tan cerca está de él. 

¿Cuándo llegó Stefan Zweig a mi vida? El mismo día que al cerrar el libro sentí “como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frío hubiera penetrado desde el más allá en mi tranquila habitación”.

Recomendación: Carta de una desconocida, Stefan Zweig ( Acantilado, 2002)