Lo que más me gusta son los monstruos

Todo empezó con «no sabes la potra que has tenido con la madre que te ha tocado». Y, sin ponerse de acuerdo, me regalaron monstruos. Un Jack Skellington y un libro: Lo que más me gusta son los monstruos. En la Edad Media y de acuerdo con la etimología de la palabra, tanto monstruo sería un aviso de que algo terrible va a pasar. Pero en el siglo XXI, tanto monstruo, no es más que el resultado de la creatividad y desbordante imaginación de dos escritores: Tim Burton y Emil Ferris.
Lo que más me gusta son los monstruos. Un cómic. Una novela gráfica, como lo prefieren llamar ahora. Y sinceramente el nombre da igual. Y a mí, lo que más me da igual es que el lector del cómic, en determinados círculos, no sea respetado como se merece. Es más, que el dibujante y guionista de cómic, sea considerado un escritor menor y se hable también de género menor. Conozco a muchos escritores de cómic. Grandísimos escritores. Y yo soy una ferviente lectora de cómic. Y hoy voy a hablar de una escritora que acabo de conocer.
Emil Ferris tiene 56 años y podría decirse que a esa edad se ha convertido en escritora y que, además, ha escrito posiblemente el mejor cómic de los últimos diez años. Pero no. Comenzó a serlo hace poco más de diez años. El tiempo que ha tardado en dibujar y contarnos a Karen Reyes, a Deeze, a Anka Silverberg, a todos los monstruos que habitan nuestro imaginario (hombres lobo, vampiros, medusas de cien cabezas…) y a aquellos otros, los verdaderos monstruos, los reales (hombres, mujeres, niños…).
Emil era ilustradora médica y diseñadora de juguetes. A los 39 años contrae el virus del Nilo Occidental y queda paralizada perdiendo la movilidad de su mano derecha. Como terapia de recuperación comienza a dibujar con bolígrafos de colores, técnica con la que dibuja el libro y que le permitió recuperar la movilidad de su mano. El año pasado, tras muchas vicisitudes, Lo que más me gusta son los monstruos, es publicada en Nueva York con una primera edición de 10.000 ejemplares que se agota al instante.
Siempre me sorprende cómo es posible que editores a los que se presente un proyecto como este, sean capaces de rechazarlo. Cómo es posible que no vean el arte. Que no sean capaces de reconocer un éxito editorial. Que de las 50 editoriales a las que se presentó, 48 lo rechazaron. 48.
Y vuelvo al libro. Una niña que quiere ser un monstruo, de los de verdad, para poder protegerse de esos otros disfrazados de humanos. Una niña que se cree lobo. Una niña-lobo que nada todas las noches hasta la mancha verde que su madre tiene en el ojo izquierdo y que ella llama «la isla verde». Una niña que se pregunta que «si se pudiera ver a través de un ojo de cristal, ¿el mundo se podría romper más?». Una niña cuyo lugar favorito es el Instituto de Arte de Detroit y un cuadro, La pesadilla, de Henry Fuseli, 1781. «No dejes que la oscuridad de nadie te empuje a tu medianoche…» Pero a la que en realidad, le gustaba la idea de su propia medianoche.
«Lo que más me gusta son los monstruos» no es un cómic al uso estructurado en viñetas. Cada página es libre. Cada página es un monstruo en el que cobijarse algunas veces y otras, un monstruo del que huir.

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