Dice Javier Cercas que «una novela es todo aquello que se lee como tal y que, si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela».
No sé si yo podría encontrar una novela en un listín telefónico, o quizá sí, imaginando las vidas detrás de todos esos nombres. Y, ahondando más en ello, podría hasta decir que algunos capítulos de la novela de mi vida los encontré, efectivamente, en una guía telefónica, cuando no teníamos redes sociales, cuando no podías buscar en facebook el nombre y apellido del chico que te gustaba y, a falta de esto, lo buscabas en lo que bien podríamos considerar la primera red social: esa guía telefónica donde todos, «casi todos» los que pertenecemos a la generación X, acudimos alguna vez en busca del amor en forma de apellido y número telefónico y en la que el grado de fortuna en la búsqueda, venía determinado por la exclusividad de, valga la redundancia, ese apellido.
Pero volvamos a Javier Cercas. Recuerdo un día de agosto del 2010. Un día en el que tuve la suerte de compartir junto a él y según palabras de Paco Roca «un selecto grupo de la cultura española», un día en Tokio como parte de la delegación cultural del Presidente Zapatero que visitaba el Imperio del sol Naciente, en escala previa a la Exposición Mundial de Shángai. Tras las varias mesas redondas en el Instituto Cervantes, con la suerte añadida de poder hablar aunque solo fueran unos minutos con Kenzaburo Oe, pasamos el resto del día en un microbús visitando algunos lugares emblemáticos de Tokio, Modesto Lomba, Javier Cercas, Paco Roca, Aitor Muñoz de Ailanto, Manuel Blanco…para terminar cenando en la Bahía de Tokio en una de las cenas más divertidas que recuerdo gracias a Víctor Ugarte, director en aquel momento del Instituto Cervantes de Tokio.
Pero volvamos, otra vez, a Javier Cercas. Yo había leído Soldados de Salamina y en aquella micro-guagua en la que todos sudábamos profusamente, tenía sentado a mi lado al primer escritor que conocía en persona. No soy nada mitómana, por eso, el que fuera Javier Cercas no me importaba, lo que me ilusionaba era poder hablar con un escritor. Igual que me encantaría hablar con un astronauta. Con un biólogo marino. Con un egiptólogo, un arqueólogo, con un científico que hubiese trabajado en el acelerador de protones…Con cualquier profesional que me pueda aportar algo de lo que tanto me gusta y que para mí no tiene fin: saber.
Y, sudando como un pollo, el escritor le explicó a su alumna improvisada en una micro-guagua, y que sudaba también como un pollo (me encantaría saber qué pondrían aquí los defensores del lenguaje inclusivo), bajo el calor asfixiante de un agosto tokiota, que el Quijote había que leerlo mil veces. Que era la mejor novela del mundo. Que escribía novelas porque leyó el Quijote. La primera novela moderna que, aun sin pertenecer a lo que Cervantes y los hombres del Renacimiento consideraban los géneros nobles (la lírica, el teatro, la épica), intentó dotar de abolengo definiéndola como «épica en prosa». «Una novela en la que caben todos los géneros y que se alimenta de todos».
Y nos despedimos esa noche con la promesa de que leería el Quijote. No nos hemos vuelto a ver. Físicamente. Pero sí nos hemos encontrado en las letras Javier. En esas letras muertas, como dices tú, a las que me he permitido darles una vida nueva con mi lectura y mi interpretación. Y también en el Quijote. Cumplí mi promesa.
*Imagen:»Memorias de un hombre en pijama» De Paco Roca. Otro de los grandes recuerdos en forma de persona que me llevo de aquel viaje.
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