Publicado el

Recesión sexual

 

Los factores ambientales pueden modificar, y de hecho lo hacen, toda la estructura genética humana, además de nuestros comportamientos, actitudes, creencias y pensamientos. El contexto social, cultural, económico y político tiene una influencia más que demostrada en la expresión de nuestros genes como lo explica el médico canadiense Daniel Maté en su libro recién publicado «El mito de la normalidad«. Así pues, el entorno modifica nuestros genes y el estudio de cómo funciona esto se llama epigenética. Según este modelo, se habla de epigenoma, proteínas que actúan sobre el genoma, y epigénesis para referirse a las interacciones ambientales que contribuyen al desarrollo de animales y plantas. Porque, como afirma el doctor en Biología David Bueno i Torrens, “los genes influyen en nuestro comportamiento, pero no lo determinan. El resto de las influencias provienen del ambiente”.

Pues bien, con respecto a la influencia del entorno en la sexualidad humana, son cada vez más numerosas las investigaciones que afirman una caída en la actividad sexual en los países occidentales, al parecer altamente correlacionada dicha “deflación” sexual, con el tipo de vida que llevamos y con ciertos fenómenos como  la (adicción a la) pornografía y las redes sociales, entre otras. Transversalmente a todos estos factores que inciden directa o indirectamente en las disfunciones sexuales, se encuentra el consumismo como razón o lógica, que extingue las relaciones entre seres humanos para convertirlas en relaciones con objetos aparentemente humanos. La conversión del ser humano en objeto sexual sin alteridad y sin rostro dificulta los encuentros. Es lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han ha desarrollado en su obra “La agonía del Eros”. Para este autor, al igual que para Alain Badieu, otro filosofo, dramaturgo y novelista francés, el narcisismo contemporáneo, así como la pornografía, han erosionado el amor y las relaciones afectivas. La socióloga franco-israelita Eva Illouz en su libro “El fin del amor” habla de las condiciones sociales y culturales subyacentes al retraimiento amoroso. Pero la situación va más allá: actualmente hay una clara disminución de la actividad sexual constatada en Occidente y en países con estilo de vida occidental. Algunos estudios sitúan esta disminución particularmente en la población juvenil. Al parecer, nuestra sociedad del cansancio con su imperativo productivista que obliga a un rendimiento ilimitado, está generando una saturación que se refleja llamativamente en la sexualidad. Hay un claro descenso de interacciones sexuales. Veamos algunos factores.

Se sabe ya, que la pornografía proyecta una sexualidad irreal generando síntomas como la anorexia sexual (bajo interés sexual, disminución de deseo) y disfunciones sexuales como la eyaculación precoz o la “disfunción sexual inducida” que impide mantener relaciones íntimas con “normalidad”: “Incluso el sexo real adquiere hoy una modalidad porno” (Byung-Chul Hang, 2019). El porno va reemplazando el sexo real:  “aniquila la sexualidad misma” “La sexualidad (…) se desvanece (…) en (…) el porno” (Ibid). Así pues, concluye este autor diciendo que la sexualidad está amenazada por la pornografía.

La adicción al porno, como cualquier otra adicción, demanda cantidades cada vez mayores de sensaciones para generar el efecto inicial, con lo que las relaciones sexuales habituales se vuelven aburridas y anodinas. Una de las peores secuelas del consumo diario de porno es la habituación a escenas sexuales violentas, lo que a su vez correlaciona con el aumento de comportamientos sexuales agresivos y la normalización de esta violencia. En general las investigaciones en este terreno de las adicciones comportamentales coinciden en señalar que el cambio no solo es comportamental sino cerebral; la adicción al porno provoca cambios similares al cerebro de cualquier persona adicta a sustancias; cambios en los circuitos neurológicos (Todd Love, Christian Laier, Matthias Brand, Linda Hatch y Raju Hajela) que afectan a su funcionamiento saludable.

La pornografía como fenómeno social significa una normalización de la pornografía o una “pornificación de la cultura” como lo bautiza la socióloga española Rosa Cobo. Una industria que parece ser el “marketing de la prostitución”. La pornografía en general enseña fundamentalmente un sexo agresivo, violento, hiperesexualizado, dominante, cosificador, mercantilista… en definitiva, un sexo narcisista.

Otro factor a tener en cuenta en la recesión sexual actual es la proliferación del narcisismo. Aclararemos conceptos e ideas. Si bien, puede entenderse vulgarmente el narcisismo como una serie de rasgos relativos al amor propio, su exacerbación da lugar a formas patológicas conocidas bajo la rúbrica, trastorno o desorden narcisista de la personalidad. En el psicoanálisis que es donde se enraíza el concepto, tiene un doble significado, por un lado, significa una forma de estructuración de la personalidad y, por otra, una etapa del desarrollo humano (narcisismo primario y secundario). La extensión del narcisismo, desde un punto de vista evolutivo, se entiende en como una fijación en etapas tempranas del desarrollo humano, en donde el infante dirige todas sus energías a la satisfacción de sus necesidades y no distingue ni diferencia entre sí mismo y las demás personas. Es un período en donde se toma a sí mismo como objeto de amor.

La narcisización de la sociedad sería, en términos de estructuración de la personalidad, la expansión de rasgos narcisistas hasta niveles patológicos a las esferas sociales, culturales, políticas y económicas, convirtiéndose el narcisismo, en lo que el historiador y sociólogo estadounidenses Christopher Lasch dijo: “metáfora de la condición humana”. En este mismo sentido el médico y psicoterapeuta estadounidense Alexander Lowen en su libro «El narcisismo. La enfermedad de nuestro tiempo» la designó como una enfermedad tanto psicológica como cultural. Rasgo, trastorno, metáfora, enfermedad… el calificativo de narcisismo o narcisista connota y denota un desarrollo involutivo, describiendo, de manera aglutinante, un individualismo asocial, hedonista, vacuo, mercantilista, utilitarista, cosificado, consumista y adicto. Y en este sentido, la sexualidad narcisista sería fundamentalmente onanista con un sentido grandioso del yo y de su valía sexual. Una sexualidad enfocada al placer propio que consiste en servirse de la otra persona para la propia satisfacción y placer. La única persona importante en la relación es sí misma. La condición de alteridad de la otra persona desaparece en este tipo de relaciones que hoy pueden concebirse más como transacciones. En una cultura narcisista, a nivel sexual, el que cada persona reclame su “dosis” de placer, al parecer, puede hacer disminuir el deseo porque en ese caso, ya se introduce una cierta “reciprocidad”: una especie de “quid pro quo”, que por lo visto ya no estimula tanto… demasiado esfuerzo para el hedonismo narcisista de ahora. En otras palabras, la sexualidad ya no parece tanto ser monopolio de una persona o de un género, sino de todas las personas. Y esta nueva realidad puede ser motivo más que suficiente para perder el interés y el deseo. Y es que efectivamente en el modelo relacional narcisista, las otras personas están para la propia satisfacción y en el propio beneficio; las demás, no pueden tener ni reivindicar una satisfacción propia y autónoma.

Otro factor a tener en cuenta es la mercantilización de las relaciones, en particular las sexuales. El capitalismo es un sistema nefasto en cuanto a las relaciones se refiere. El estilo de vida que tenemos lejos de proporcionarnos bienestar, nos proporciona una panoplia de trastornos mentales cuyos mayores representantes son la ansiedad y la depresión. Amén del aumento de las enfermedades autoinmunes. Todo ello tiene una influencia negativa en la expresión de la sexualidad humana. La filósofa española Ana de Miguel habla de “neoliberalismo sexual” para describir cómo la ideología neoliberal ha convertido la vida humana en mercancía, en particular los cuerpos, enteros o trozeados. En este contexto neoliberal, la libertad sexual “se ha practicado en el modo de la autonomía, el desapego y la acumulación” (Illouz, 2020).

Los imperativos modernos han convertido a la sexualidad en una actividad recreativa y por lo tanto, orientada al entretenimiento, ocupando un lugar protagonista en la cultura visual y comercial.  Tal actividad, se ha convertido en “un atributo visible de la yoidad” (Illouz, 2020). La sexualidad se liberó del yugo religioso y ha pasado al yugo de la cultura de consumo. Todo se ha mercantilizado: el yo, la vida, los sentimientos, las relaciones… y el sexo. “La liberación pasó a ser un nicho de consumo y un estilo de consumo” (Illouz, 2020). El vacío que la sociedad iba generando en los años 80 y 90 por la pérdida de referentes de autoridad y las comunidades tradicionales (familia, vecindario, asociaciones…) ha ido llenándose con formas de consumo simulacro… y en todo ello, la sexualidad se ha convertido en un objeto de consumo muy especial. Al irse separando de su contexto relacional y de apego, la sexualidad, consecuentemente, se libera y emancipa de las (otras) personas; se vacía de significado que conectaba la condición humana de trascendencia y se queda reducida a su aspecto material orientada a un placer hedonista y autoreferencial (masturbatorio). Las otras personas nos sirven de juguetes para expresar nuestra identidad sexual. El cuerpo sexual pasa a buscar su sentido en la autoafirmación dentro del mercado de consumo. Y como el capitalismo manda: el sexo también se vuelve una cuestión de cantidad. Se trata de acumular encuentros, lo que da estatus y otorga competencias en materia sexual. La sexualidad queda oficialmente separada de las emociones, de las relaciones y de todo aquello que tenga que ver con la reciprocidad y cualquier forma de atadura. Se trata de un sexo sin compromiso, sin apegos, sin ataduras y, en consecuencia, sin esfuerzo. En este contexto se habla de competencia sexual, de sexualidad guionada o fantaseada, de clichés pornográficos, de cuerpos sexualizados, de relaciones sexualizadas. Algo que siempre ha sido característico de la masculinidad hegemónica, la cual “se define por la capacidad de acumular encuentros sexuales casuales, así como de desechar a las mujeres” (Illouz, 20209). Esta forma de sexualidad “entraña desapego y confiere poder, y como tal, constituye un tropo de la masculinidad” (Ibid). El resultado final es la falta de deseo y una clara disminución de la práctica de la sexualidad, con una profunda sensación de vacuidad. En su paroxismo, se trata de un sexo sin sexo.

Por último, mencionar el estrés como factor importante en la disminución del deseo. Prácticamente la investigación es bastante unánime al respecto. Nadie pone en duda que el estilo de vida actual genera muchísimo estrés. Pero ¿Qué es el estrés exactamente? Se trata de un mecanismo que se activa ante situaciones que desbordan. Genera muchos síntomas físicos, psicológicos y emocionales. Produce grandes cambios en el sistema hormonal que a su vez modifican los genes, generando todo tipo de cambios a nivel comportamental, cognitivo, biológico… Que tenga que ver directamente con la sexualidad, el sistema hormonal bajo estrés genera niveles altos de cortisol y prolactina que disminuyen el nivel de testosterona que es justamente la hormona del deseo. El estrés mata la libido de manera lenta y progresiva.

Gran parte del estrés está generado por el grado de incertidumbre y de temor en el que nos mantienen. El estrés económico y financiero generado por la crisis económica, escenario ya continuo y enquistado, así como la situación de precariedad laboral y la incertidumbre correlacionan con la proliferación de disfunciones sexuales.

Como resultado de todo este conglomerado, resulta cada vez más frecuente, particularmente en la población joven, el establecimiento de relaciones sin sexo. Algunas de ellas han acudido a consulta terapéutica para preguntar si eso es normal o no. Dada la dificultad de concretar y objetivar estos conceptos, suelo responder que, si las dos personas están totalmente de acuerdo y no les genera ningún problema, es perfectamente viable esta nueva modalidad. De hecho, es un formato que está en auge.

 

 

Publicado el

La estafa emocional: el abuso emocional en las relaciones y vínculos traumáticos

 

Cada vez es mayor el número de personas víctima de una relación abusiva que acuden a terapia. Este tipo de relación se caracteriza por la existencia de una víctima y una persona que abusa. Se diferencia de la relación tóxica porque en ésta, cada una de las personas que conforma la relación tiene su grado de toxicidad, es decir una relación tóxica lo es porque “la toxicidad viene de ambas partes” (Tarnowsky, 2022). Cada miembro tiene su parte de culpa y de responsabilidad. Y en este sentido, no hay ni víctimas ni victimarias. Se alternan e intercambian los roles. Como tampoco hay premeditación ni estafa emocional, en el sentido de que no hay intención de hacer daño. Se trata de una relación en donde las partes carecen de madurez, presentan fallas en el desarrollo personal y los traumas de sus componentes se aúnan, afectando al vínculo.

En las relaciones abusivas, en cambio, hay uno de los miembros que tiene la intención de obtener el poder, explotar, dominar, someter y generar dolor. Se trata de una relación en donde uno exhibe la ilusión de jerarquía sobre el otro miembro. Por supuesto los roles en este tipo de relación son rígidos y están bien diferenciados: tenemos el de víctima que es la persona que además de ser estafada emocionalmente, es abusada, explotada, y parasitada con una firme y clara intención de ser anulada, generando un trauma severo debido al condicionamiento operante, a la disonancia cognitiva, a la indefensión y al trauma de traición. Luego, tenemos la persona victimaria, que con alevosía y premeditación, oculta sus intenciones, presentándose con un falso yo, personaje, para así hacerla bajar la guardia y las defensas. Su intención es parasitarla, para extraer sus recursos ya sean éstos emocionales, económicos, sexuales o todos a la vez. El resultado es la creación de un vínculo traumático y las secuelas son devastadoras.

Las personas victimarias presentan una estructura de personalidad narcisista y psicópata, con las cuales resulta imposible cualquier tipo de trabajo terapéutico, “ya que estos ponen en juego sus estrategias de manipulación y de control mental para continuar confundiendo y enloqueciendo a la víctima, llegando incluso a reclutar al terapeuta como aliado” (Ibid). La única solución es el contacto cero. El núcleo de este tipo de relaciones suele ser la violencia psicológica, una mezcla de manipulación y coerción. El psicoanalista francés Jean Charles Bouchoux habla en su excelente libro Les violences invisibles, de violencias invisibles propias de lo que él denomina los perversos narcisistas. Por eso son tan difíciles de detectar, incluso para las profesionales de la salud mental. Es terrible el desconocimiento general que hay sobre la psicopatía y el narcisismo, además de la negación, convenientemente difundida y hasta cierto punto ridiculizada y banalizada, acerca de la existencia de este tipo de maldad y sus secuelas.

Lo que ocurre con las personas con personalidad psicopática y narcisista es que saben bien cómo camuflarse en personajes acordes con las víctimas. Mimetizan. La estafa reside justamente en evitar mostrarse tal cual son y camaleonizarse con la víctima y su entorno. Suelen ser personas seductoras y astutas (que no inteligentes).

Para poder abordar este tipo de problemáticas, debemos entender y aceptar que existen relaciones basadas en el abuso, la coerción y la manipulación; que hay personas que buscan conscientemente ejercer la dominación y el control total sobre otras personas. La psicoanalista Alice Miller habla en este sentido de “abuso narcisista” en referencia a un tipo de maltrato emocional concreto entre personas adultas con personalidad narcisista y su progenitura. Otro gran psicoanalista, Ferenczi, habló de aspectos traumáticos del abuso como el silencio, la mentira y la hipocresía.

Ahora bien, este tipo de maltrato o abuso emocional no es consustancial a las relaciones familiares, sino que se pueden (y de hecho se dan) dar en cualquier ámbito. Maltrato, abuso o violencia psicológica son los términos que describen la estafa emocional de aquellas víctimas que la sufren. Y, sin embargo, la sociedad tiende no solo a acallar estas situaciones, sino a revictimizar a las víctimas culpándolas y haciéndoles cómplices de las personas que abusan, justificando, racionalizando y negando la realidad de dicha estafa. En el mejor de los casos se medicaliza y se psiquiatriza.

El abuso narcisista al que las víctimas son sometidas destruye integralmente a la persona, comenzando por un ataque mental que luego se trasladará a lo emocional para finalmente, reflejarse en el cuerpo y el ama de quien lo sufre. En la víctima se produce una pérdida de identidad, de autonomía, de libertad y de dignidad. Debemos entender que en las personas que lo sufren hay un total desconocimiento de las intenciones que se ocultan tras las personas estafadoras.

Las consecuencias de este tipo de estafa o abuso son bastante graves en las víctimas, además de silenciadas socialmente y tienen una base traumática que se manifiesta en síntomas como la adicción al perpetrador, la disonancia cognitiva, la indefensión, el trastorno de estrés postraumático, la ideación suicida, así como los trastornos comórbidos como trastornos alimenticios, depresivos y de ansiedad, entre los más frecuentes. Constituyen todo un problema de salud pública con tintes de epidemia en nuestros días.

En la base de este tipo de relaciones se encuentra la construcción del vínculo traumático (Dutton y Painter, 1981). La comprensión de este tipo de vínculo nos permite entender realmente el sufrimiento de las víctimas, el cual demanda un abordaje especializado que vaya más allá de la simple voluntad. Este tipo de vinculación resulta especial porque dicho apego se realiza a través del trauma, generando un cuadro psicológico muy similar al famoso y conocido síndrome de Estocolmo: un vínculo de sometimiento, sumisión y (abuso de) poder. Se trata del establecimiento de lazos emocionales entre una persona abusadora y «su» víctima. En este tipo de relación se confunde y pervierte amor con dominación. Dicho vínculo debe componerse de: un desequilibrio de poder entre las partes y un condicionamiento operante, es decir una intermitencia en el maltrato (Ibid). El psicólogo Iñaqui Piñuel habla de vínculo traumático de traición cuando se producen tres fenómenos: una lealtad ajena a la lógica y el sentido común, una adicción al abusador y una negación de la realidad. La psicóloga estadounidense Jennifer Freyd (1994) define el trauma de traición como aquel perpetrado por una persona o institución de quien la víctima depende para su supervivencia. Se trata de una violación de confianza por parte de personas o instituciones de las que una persona depende para su protección, recursos y supervivencia. En definitiva, situaciones en las que la víctima depende de la o las personas que abusan y violentan. Hay un abuso de confianza, de ahí la noción de estafa emocional. No se trata de la ingenuidad de la víctima (la culpa nunca es ni puede ser de ésta), sino que lo que está en juego es la confianza básica que nace del mecanismo biológico de apego. Las víctimas se adentran en la relación ya engañadas y estafadas. Por supuesto que hace falta todo un proceso que va por etapas, que conforma un ciclo abusivo interminable. Y cada etapa con sus propios mecanismos. La primera etapa es de captación y seducción con las técnicas del espejo y el bombardeo amoroso, basicamente. Una segunda etapa de devaluación con toda clase de técnicas de manipulación como luz de gas, agresión verbal y/o física, chantaje emocional, triangulación, sabotaje, aislamiento, cosificación, mentiras, negligencia, invasión de la privacidad, intimidación, tratamiento de silencio, difamación, maltrato pasivo-agresivo, reinversión de roles, doble vínculo (comunicación distorsionada o “donde dije digo, digo diego”), técnica del (maltrato por) goteo, provocación, acoso, falso futuro (sembrar esperanza en un futuro mejor y de cambio), humillación, utilización del sexo y descarte. Por supuesto en esta etapa se combinan estas técnicas con el juego del rescatador que básicamente consiste en crear escenarios traumáticos dolorosos y caóticos para correr al rescate de la víctima. De esta forma se genera un sentido de deuda además de un tipo muy resistente de aprendizaje basado en el condicionamiento operante o intermitente: una de cal y otra de arena. Y, por último, la etapa del descarte cuando ya no hay más que extraer. Se trata de un proceso que puede durar años de muchas idas y venidas o recaídas, en las cuáles las víctimas terminan exhaustas y agotadas. Las personas victimarias permanecen en la sombra, acechando, acosando y espiando. El descarte es realmente una forma de castigo porque o bien la persona manipuladora ya no consigue “combustible” narcisista para inflar el Ego como lo hacía antes, o bien ya hay una o varias próximas víctimas a la vista, o bien hay temor de ser desenmascarada y quedar expuesta.

Como conclusión destacaré la gran complejidad que supone el trabajo terapéutico en este tipo de relaciones, en gran parte como lo subraya el psicólogo criminalista Vicente Garrido, por la resistencia a creer que este tipo de personas malas exista y el consecuente e ingenuo empeño en cambiarlas. Por otro lado, el favorecimiento, ensalzamiento y normalización de trazos psicopáticos y narcisistas en la población en general y, como consecuencia, en la culpabilización de la víctima, revictimización. No ayuda en absoluto la total impunidad que este tipo de estafa goza; no hay consecuencias penales. Ni tan siquiera está tipificado como delito. No obstante, las secuelas y consecuencias de este tipo cada vez más generalizado de modo de relacionarse, la pagamos toda la población.

Publicado el

El pensamiento mágico: regreso al oscurantismo del medioevo

 

El pensamiento mágico es una forma de conocimiento basada en supuestos erróneos fundamentalmente, fruto de atribuir un afecto a un suceso, sin que exista una relación causa-efecto entre ambos. Este pensamiento está en la base de formas religiosas y creencias como la superstición y las creencias irracionales que tanto condicionan la acción humana. Es un tipo de razonamiento que consiste en aplicar la lógica de las operaciones mentales sobre la realidad externa para explicarla. En realidad, el pensamiento mágico proyecta cuestiones de la experiencia psicológica como la finalidad o la intención sobre realidades biológicas o inertes y vice-versa. La consecuencia fundamental es que se atribuyen relaciones causales a eventos, situaciones y acciones que no tienen ninguna relación entre sí. Así por ejemplo el pensamiento mágico pseudocientífico consiste en atribuir relaciones causales a aquellos factores que solo presentan una correlación. Esta forma de pensar (normal en el desarrollo infantil pero patológica en la edad adulta) genera una serie de creencias irracionales, puesto que a través de un razonamiento causal se crea una falacia; busca relaciones inexistentes de fenómenos que, como mucho, solamente coinciden. Esta forma mágica de pensar está muy presente, entre otras muchas áreas de la vida humana, en el positivismo de la psicología de autoayuda con todas las ramificaciones derivadas, la cual interpreta que “todo pasa por algo”, imperativo de intención. Ante la impotencia, el caos y el sinsentido de la vida, formas de pensar mágicas como esta ficcionan una realidad en la que el control vence a la impotencia, la desesperación, lo absurdo…

Los pensamientos vinculados por analogía o continuidad no son exclusivos del pensamiento mágico, también lo son del pensamiento psicótico y de otras formas de patologías como los trastornos obsesivos. Podemos afirmar que toda forma de patología o disfuncionalidad psíquica está imbuida de esta forma de pensar mágica… por supuesto, en diferentes grados. Es una forma de distorsión cognitiva que hace ver cosas que no existen y/o existir realidades inventadas, virtuales, delirantes y míticas. Esta forma de pensar se opone al pensamiento lógico, aunque lo imita. Es un mecanismo de defensa que instituye toda una serie de creencias irracionales como realidades demostradas e irrefutables. Se parte de percepciones sin ninguna base crítica que llegarán a hipótesis especulativas formando parte de un nuevo credo.

Lo que más me asusta como profesional de la psicología, no solo es la proliferación y generalización de esta manera de pensar, sino la potenciación perversa que están haciendo de ello medios como la publicidad, el marketing, la política, la economía, la técnica e incluso la ciencia. Todas estas áreas hoy convertidas en industrias, se dedican a estudiar cómo pueden difundir ideas, conceptos, percepciones, valores y realidades de modo que la gente se las crea. Intentan imponer, condicionar y modificar el comportamiento humano a través de técnicas de manipulación, coerción y coacción para obtener nuestro “libre y voluntario consentimiento”.

Esta es la posverdad de nuestra modernidad tardía. Esa información o afirmación en la que los hechos reales tienen menos importancia que las opiniones y emociones suscitadas. El pensamiento mágico subyace en esta posverdad según la cual, la realidad queda subordinada y reorganizada desde ideologías específicas que responden a su vez a voluntades económicas que desembocarán a su vez en políticas. El subjetivismo, la parcialidad y la ideología se confunden con la objetividad, los hechos y la realidad. La información se confunde con la formación. Y todo ello gracias a la magia. Lo mágico aparece cuando el proceso de conocimiento deja de serlo. Todo medio que se convierte en un fin, adquiere este espíritu mágico. Desde el momento en que algo subjetivo como una información se convierte en un hecho objetivo, una realidad, adquiere un significado mágico. Cuanto mayor sea la distancia entre la realidad y la ficción, entre (personas) consumidoras y productoras, entre dominantes y dominadas, mayores serán las funciones mágicas de toda mediación. A mayor crisis, mayor desorganización, mayor disgregación y por supuesto, mayor valor mágico ya sea del dinero, de la información, de la tecnología, de las imágenes… Como dice el doctor en comunicación pública en su ensayo La formación de la mentalidad sumisa, Vicente Romano, “el concepto de magia va íntimamente ligado a la idea de poder” puesto que “la voluntad de dominio y de control reclama el pensamiento mágico porque ese dominio no se efectúa mediante el razonamiento o la demostración, sino mediante evocación y símbolos, con imágenes y representaciones capaces de coaccionar a los seres humanos”. Como dice el sociólogo mejicano Jesús Antonio Machuca “lejos de haber sido superado, el pensamiento mágico ha surgido en condiciones que son propias de la sociedad moderna, en la que predomina la razón occidental, ese ámbito que pretende regirse por los principios lógicos de la ciencia y de la técnica”. En su artículo El pensamiento mágico en el mundo secularizado, se pregunta “sobre las posibles causas por las que, en las condiciones de vida de la sociedad secularizada, ha surgido una mentalidad y una manera de ver el mundo en las cuales prevalecen aspectos de un pensamiento mágico, que permea el imaginario social y ha acompañado a dicha formación social desde sus inicios, así como imbuido al pensamiento científico-técnico desde su origen”.

Y es que la parcelación de la actividad humana con la subsecuente la fragmentación del conocimiento, obstaculiza una visión de conjunto al oscurecer las conexiones entre los diversos fenómenos, la dinámica de las cosas, así como la fenomenología de la realidad. Ello es fuente de incomprensión, incertidumbre, angustia y finalmente, sumisión o resignación. Y este es el caldo de cultivo en donde el pensamiento mágico reaparece con su función unificadora. La reducción unidimensional de la realidad producida por esta fragmentación “recrea formas primitivas de conocimiento” nos dice Vicente Romano. No olvidemos, continúa el autor, que “la mediación efectuada por el pensamiento mágico reduce las contradicciones hasta el punto de eliminarlas. Su misión es la unificación de lo que se presenta dividido, disgregado”. En otras palabras, el pensamiento mágico permite integrar contradicciones, vacíos y carencias afectivas de la vida cotidiana, generados por la fragmentación de las relaciones sociales y del conocimiento. Recordemos que el ser humano necesita ordenar sus conocimientos en un marco general que dé sentido; necesita construirse un modelo de universo para vivir y actuar. Si el ser humano no tiene medios para ello, se verá envuelto ingenuamente por el halo mágico de la fe que le hará identificarse (perder los límites del yo para fundirse con los del entorno) con una imagen o ilusión redentora impuesta por aquellas personas que detentan el poder.

Gracias a la perversa utilización tecnológica de algoritmos matemáticos, estamos entrando en formas de manipulación violentas para vendérsenos mágicamente un mundo totalmente delirante basado en la deificación del capital. Pero no todo el mundo puede ser capitalista. Solo lo serán aquellas personas que acumulen el capital suficiente para comprar más allá de objetos cotidianos, aquellas voluntades que sirvan a un fin: poder.

Siempre, desde sus orígenes, la democracia fue para unas pocas personas, particularmente aquellas que eran libres; libres de la esclavitud que imponía en el mundo de la Grecia clásica, la economía (oikumene). Y hoy no nos hemos alejado mucho ni de las formas griegas ni de las medievales.

El mundo digital nos construye una nueva realidad igualmente alienante como ocurrió en la primera fase de la industrialización, solo que, si en esta fase se despojaba al ser humano de las tierras, de las granjas, en definitiva, se les expropiaban propiedades, hoy se nos despoja del yo, de la intimidad y de la propia experiencia humana. Al respecto, el escritor francés Jaques Lusseyran consideraba que el peligro más grave es el que se cierne sobre nuestro espacio interior y veía ya en marcha, desde la segunda guerra mundial, un “intento de expulsar al yo” a medida que la máquina se expandía. Al igual que se colonizó ese mal llamado “nuevo mundo”, hoy se coloniza el interior del alma y de la mente humana en busca de «excedentes comportamentales» (comportamientos en las redes) para, al igual que esclavos, ser vendidos y programados para nuevas formas de servilismo y de manipulación. El pensamiento mágico sirve aquí a fines de distracción. Nos hacen creer en formas mágicas de existencia libre: libres de polución, de violencia… No obstante, de manera paternalista, es decir, por nuestro bien, nos van llevando oculta y secretamente hacia “mercados de futuros conductuales” nos dice la socióloga Shoshana Zuboff en su obra La era del capitalismo de vigilancia, que enriquecen a una minoría. Gracias a la magia de la industria tecnológica, la del entretenimiento, la de la información, entre otras, nos desvían la atención. El filósofo español Jordi Pigem en su obra Técnica y totalitarismo afirma que como consecuencia de las biotecnologías y las tecnologías de la información han conseguido “convertir al ser humano en un animal hackeable”. Se le ha puesto en jaque, puesto que se le piratea como si fuera un sistema informático.

El coste que todo esto tiene y tendrá en la salud mental de los seres humanos es tan cuantioso y grave que apenas estamos empezando a ver las graves consecuencias.