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El teatro de la vida: la representación del pasado en el presente

 

“Hay un dicho que es tan común como falso: El pasado, pasado está, creemos. Pero el pasado no pasa nunca, si hay algo que no pasa es el pasado, el pasado está siempre, somos memoria de nosotros mismos y de los demás, somos la memoria que tenemos”. José Saramago

En la vida de los seres humanos, constatamos que se repiten en el presente algunos de los escenarios que más han marcado y que tienen origen en el pasado. Freud, en su obra Más allá del principio y del placer, intuyó perfectamente bien esta repetición inconsciente y, de hecho, la llamó “compulsión a la repetición”. Una repetición de fijaciones infantiles (o hechos traumáticos). Son repeticiones que nos devuelven a vivencias pasadas. Vivencias que interpretamos y representamos en el presente, desencadenadas por hechos o situaciones relativamente anodinas en ciertas ocasiones, y por hechos graves en otras. Como decía el filósofo renacentista Michel de Montaigne, “Nada fija una cosa con tanta intensidad en la memoria como el deseo de olvidarla”. Pero, ¿por qué esa insistencia repetitiva del inconsciente? La psicoanalista francesa Véronique Salman nos lo aclara en su obra La trilogie inconsciente. Esta autora desgrana la mecánica inconsciente del individuo, sufrir, normalizar y reproducir aquello que de pequeño lo condenó. Una trilogía infernal que se evidencia en actitudes contraproducentes, penalizando su mundo relacional. Se trata de evitar reproducir los mismos errores una y otra vez.

La autora, comienza explicando que todo parte de una renuncia inicial. Dicha renuncia conllevará a una satisfacción relativa, que hoy en el argot popular conocemos como “zona de confort”.

Renunciar a partes de sí reviste toda una lógica racional destinada a valorizar a aquellas personas con las cuales convivimos. Las protege de alguna manera. Representa todo un sacrificio. Se trata de una estrategia de supervivencia para salvaguardar a aquellas personas que deben protegernos. La renuncia desemboca en la acomodación. Así el ser humano se va habituando a vivir en un marco estrecho.

La acomodación a esta estrechez nos permite obtener una satisfacción relativa: la de adaptación, aceptación y pertenencia. Ello nos proporciona una relativa seguridad psicológica. Se trata de un estado mental que a su vez condiciona el comportamiento, por el cual la persona se impone límites o simplemente acepta un estilo de vida para evitar ansiedad, miedo, riesgo o presión.

Así pues, tenemos una primera trilogía inconsciente (renuncia, acomodación y satisfacción) que desembocará en un confort relativo para evitar así todo cambio que pueda amenazar dicha estabilidad. No obstante, va a hacer falta mucho tiempo de vida en esta renuncia para darnos cuenta del malestar que va generando a la larga y que se manifestará en forma de sufrimiento no solo psíquico sino físico. Este se enquistará, arruinando la esperanza de un futuro bienestar y creará un terreno de desesperanza. De esta manera la vida se transforma en una errancia en la cual navegamos en una búsqueda frenética para compensar este estado de insatisfacción: un bebé, una carrera, un puesto, un estatus, una riqueza, un reconocimiento social… Y por supuesto, lo queremos ya, porque ya venimos frustradas del pasado. Esperamos pasar las etapas de vida de manera ávida sin poder saborear lo acometido porque en realidad aquello que hacemos representa una huida hacia adelante. Y según conseguimos algo, pasamos a la siguiente etapa que será conseguir más. Y de esa manera inconsciente, repetimos una y otra vez los mismos errores como un sueño (pesadilla) que se repite de manera obstinada hasta ser comprendido y por supuesto, transcendido.

Ocultamos sufrimientos para evitarlos sentir. Pero cuanto más olvidamos, más recordamos. Rememorar lo olvidado, lo censurado, lo oprimido, lo disociado, la reprimido… se hace a través de la repetición de aquello a lo que hemos sido sometido. Repetimos lo mismo que nos hicieron de manera inconsciente. Lo llamaremos pauta.

Consideramos a las demás personas como fuimos nosotras consideradas. Una vez adulto, el infante condicionado por su infancia, espera pacientemente que su turno de repetición se presente por fin y así poder reparar su propia herida histórica. Es posible así tomar la revancha existencial, fundadora del ego humano.

Esta trilogía renuncia, acomodación y satisfacción relativa es el terreno abonado de otra más terrible si cabe: sufrimiento, normalización del sufrimiento y reproducción. Toda disfunción viene de una renuncia tan profunda como inconsciente. Una renuncia en favor de una adaptación y acomodación al medio. Aunque el infante sufre por esta renuncia, se acomoda por supervivencia. No puede divorciarse de su progenitura. Es dependiente de esta. Entonces normaliza una (o varias… de hecho, las que hagan falta) situación anormal. No tiene elección. Sea cual sea la situación vivida en la infancia, ha tenido que renunciar a partes de sí mismo y ha sufrido por ello. Sufrimiento que repetirá hasta entenderlo y cortocircuitarlo.

La normalización es un mecanismo de defensa trampa puesto que el individuo cree así no sufrir al adaptarse y acomodarse, ocultándose a sí mismo la renuncia. Luego ya de adulto, reproducirá sobre sí mismo o sobre los demás o sobre ambos, aquella renuncia primigenia que tanto ocultó y que tanto daño le hizo. Por supuesto de manera automática, es decir, inconsciente. Normalizar es lo que tiene; predispone a una forma de reproducción que se inscribe como una lógica, un hábito, un principio, una fatalidad. El destino… Una reproducción, sobre sí mismo de aquello que le hizo sufrir en el pasado, no parece conllevar mucha culpabilidad. Reproducir sobre otras personas aquello de lo que ha sido objeto en la infancia puede ser más preocupante. Es lo que se denomina proyección. Así podemos fácilmente acusar a otras personas de aquello que en realidad nos pertenece, pero nos resistimos a reconocerlo y a tratarlo. La proyección es un buen mecanismo de defensa que nos empuja a acusar a la otra persona y nos evita la reflexión.

De esta manera, el pasado es constantemente traído al presente y se  revive; de actualiza constantemente. Es como un teatro en el que se repiten las mismas escenas pasadas no superadas, ni mucho menos digeridas. La situación presente de alguna manera reactiva sensaciones, vivencias, sentimientos y emociones pasadas. No olvidemos que el sujeto pasa su vida bajo formas matriciales como la familia, la empresa, la iglesia, las amistades, el club deportivo… no puede sobrevivir fuera de matrices de pertenencia.

Una vez la persona acomodada, debe hacer algunas filigranas cognitivas para soportarlo como por ejemplo banalizar lo anormal y así vivirlo como una necesidad ante la cual se siente impotente. Así se trivializa lo inconfortable, lo doloroso. Lo frustrante, lo inconfortable, el sufrimiento… formarán parte ineludible e inevitable de la vida ordinaria. La inevitabilidad es de hecho uno de los argumentos estrella para fomentar la acomodación contorsionista a la que el género humano debe hacer frente desde su más tierna infancia. También se justificará y racionalizará este tipo de situaciones disfuncionales. Y finalmente se transmitirá de generación en generación. Se reproduce lo que se ha (a)normalizado. Por supuesto la no conformidad con este tipo de (a)normalidad será fuente de una profunda e incómoda angustia casi tan dolorosa como la acomodación.

El psicólogo Claude Steiner, discípulo de Eric Berne padre del análisis transaccional, en su obra Los guiones que vivimos, habla de este mismo fenómeno. Afirma que vivimos según guiones que responden a decisiones tomadas en la infancia y que nos impiden vivir libremente. Estos guiones conforman patrones de actuación. Este guión es en general condicionado por aquellas personas adultas que han influido en nuestra infancia. Así pues, vivimos acorde a un argumento preestablecido de una obra en la que las personas se sienten obligadas a representar un papel, un rol con el cual puede que lleguen a identificarse o no. Y ese argumento tendemos a repetirlo en las relaciones actuales, de manera inconsciente a veces, para evitar experimentar de nuevo necesidades insatisfechas y sentimientos reprimidos en el momento de la formación del argumento; otra veces para autoregularnos; otras, para tener un modelo predictivo de vida y de relaciones y, finalmente otras, para generalizar la experiencia inconsciente de uno mismo en relación con otras personas.

Gran parte de la labor terapéutica se basa en captar el guión, en ver la pauta oculta bajo las repeticiones que generan gran sufrimiento para posteriormente invitar a deshacer dicha pauta, desafiarla, romperla. En definitiva, para ayudar a liberar de tantos condicionantes que están generando un profundo malestar .

 

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Pinceladas sobre el mundo emocional

 

Se habla mucho en estos tiempos de gestión emocional y de responsabilidad afectiva, sabiendo conceptualmente el significado de estas expresiones, aunque total o parcialmente disociadas de su experiencia emocional. Tocamos de oído. En otras palabras, en general no hemos sido educadas para desarrollar nuestra inteligencia emocional. Las personas, vivimos en general bastante disociadas de las emociones y sentimientos que experienciamos. ¿Emoción? ¿Sentimiento? ¿Hay alguna diferencia? Aunque el lenguaje presenta una gran variedad de palabras para nombrar tanto las emociones como los sentimientos, el vocabulario que se utiliza en el cotidiano para ello es cuanto menos mínimo, además de pobre. Multitud de veces cuando en mi trabajo pregunto qué tal, la gente responde con un bien o un mal o incluso un regular. Las pacientes habituadas ya saben lo que contesto a ello: “dime cómo te sientes en tres frases con sujeto, verbo y predicado”. Cantidad ingente de veces las emociones van a ocultarse bajo la expresión de “tal”. Esta expresión de “tal”, representa una muletilla utilizada constante e inconscientemente para evitar muchas veces nombrar lo que sentimos y así impedir acercarnos a la vivencia emocional. Evitar sentir, experimentar y vivenciar parece el imperativo categórico de nuestro tiempo, tiempos en los cuales a su vez y paradójicamente, se habla cada vez más de inteligencia emocional en tanto que gestión. “Dime de qué hablas, y te diré de lo que careces”. El principal y mayor error es que gran cantidad de información sobre las emociones circula en términos economicistas, gerenciales y empresariales. Pero las emociones distan mucho del campo administrativo. Por ello al hablar de emociones resulta adecuado entenderlas desde la regulación o desregulación. La diferencia es importante. Regular implica comprender, reconocer y aceptar. Y en ello hay una humanidad, una libertad y un respeto. El ser humano no es una empresa y las emociones no tienen nada que ver con la gestión. La regulación emocional hace referencia a un proceso de manejo funcional de las reacciones emocionales mediante la puesta en marcha de estrategias emocionales, cognitivas o conductuales (Hervás, 2001). Se trata de un proceso adaptativo del ser humano (Thompson, 1994 y Gross, 1999). Bien: regulación, proceso, ser humano, comprender, aceptar … vamos aprendiendo.

Otro gran e importante obstáculo es que gran parte del mundo emocional está contaminado de un rancio positivismo de autoayuda, que además de dicotomizar el mundo emocional entre positivo y negativo, nos dice qué debemos (y no) sentir, cuándo (y cuándo no) y cómo (y cómo no) sentir. “Éramos pocos y parió la abuela”.

Preludio antes de entrar en el meollo: todas, absolutamente todas las emociones y los sentimientos tienen su función, su utilidad. Son señales que nos indican que algo no va bien, que estamos necesitando algo o no; que debemos cambiar de rumbo, hacer un giro en nuestra vida; que debemos tomar decisiones. Por ello, todas las emociones y todos los sentimientos son positivos: todos y cada uno de ellos. Que ¿cuál es la diferencia? Cierto, olvidaba que tampoco se nos ha enseñado a diferenciar entre emociones y sentimientos. Bueno, no pasa nada. A modo de nota a pie de página aclararé que las emociones son procesos fisiológicos primarios, instintivos e involuntarios, es decir que se sienten y se vivencian en el cuerpo sin que intervenga la mente (ese órgano sobrevalorado que no debemos utilizarlo salvo para planificar y estudiar) y que sirven para la supervivencia, facilitando el aprendizaje y por supuesto, no se procesan ni mucho menos se gestionan, controlan, reprimen, niegan u ocultan… Además, son temporales, es decir que duran lo que duran muchas veces las microexpresiones de las mismas. El psicólogo Paul Ekman ha establecido una clasificación de seis básicas: miedo, tristeza, alegría, asco, ira y sorpresa. Por cierto y para complicarlo más, hay emociones básicas o primarias y emociones secundarias. Las emociones secundarias surgen de la combinación de varias primarias. Por eso podemos reír y llorar a la vez, sentir asco e ira simultáneamente, etc. Ejemplos de emociones secundarias son el aburrimiento, el alivio, la ansiedad, la apatía, la añoranza, la cólera, la decepción, el desamparo, el desasosiego, la desconfianza, la desidia, el enfado, el entusiasmo, la euforia, la excitación, la extrañeza, la frustración, el gozo, la hostilidad, el horror, la impaciencia, la impotencia, la indiferencia la indignación, la insatisfacción, la inseguridad, el júbilo, la lástima, la melancolía, el odio, el pánico, la pena, la pereza, la plenitud, el rencor, el rechazo, el resquemor, la resignación, la seguridad, la satisfacción, la serenidad, el sobresalto, el temor, la ternura, la templanza, el vacío, la valentía, la vergüenza, la vulnerabilidad, la zozobra…

Los sentimientos son las etiquetas, interpretaciones por así decirlo, que damos a esas emociones. Ejemplos de algunos de ellos: el abatimiento, la abrumación, el cansancio, la debilidad, el desinterés, la desmotivación, la fragilidad, la herida, la saturación, la molestia, el descontento, la agresividad, la indefensión, la aflicción, la inhibición, la timidez, la susceptibilidad, la proximidad, la prudencia, la indiferencia, la confusión, la desolación, la estupefacción, el hartazgo, la hostilidad, la irritación….

Así pues, el primer paso básico será identificar lo que siento. En ello, las personas en general tenemos gran dificultad, no solo por la pobreza lingüística, sino por la pobreza a la hora de poner nombre a nuestras experiencias y vivencias. Por ello, es importante escucharse y sentir. Muchas personas en vez de sentir y expresar lo que sienten, explican cómo se sienten sin saber que realmente, en vez de sentir están pensando: “siento como si hubiera pasado una apisonadora por mi cuerpo”, “siento que eso que dices no es justo”, “siento que eso que dices no es verdad”, “siento como si estoy muerta en vida”…  La mayor parte de las veces pensamos, interpretamos, analizamos, justificamos, explicamos, pero no sentimos. Hay todo un aprendizaje a realizar en este sentido.

El siguiente paso sería la validación de aquello que me emociona y siento. Validar significa aceptar la experiencia emocional tal y como la vivimos sin juicio, sin negarla sin minimizarla, sin disimularla, sin ocultarla, sin castigarse, sin fingir… Para ello hace falta aceptar la propia vulnerabildiad que de ello se deriva. Ni victimizarse ni culparse sino compasión, es decir amabilidad y comprensión (que no justificación). A poder ser, eliminar todos los “debería o no debería sentirme…”. Resulta harto difícil hacer entender que las emociones y los sentimientos se transitan. Se trata de integrar, puesto que son experiencias y como tales, se vivencian y se expresan, para lo cual es fundamental tomarse un tiempo y un espacio para ello. Una buena parte de la terapia consiste más que en tratar dificultades, en validar todas las emociones y sentimientos que las personas traen y que por norma general están invalidados: “no es para tanto”, “no debería sentirme así”, “hoy no voy a llorar”, “hay problemas mayores”, “parece que exagero”, “es una tontería lo que voy a decir”, “ya sé que no me debería sentir así”, “si quieres puedes”, “no te rayes”, “el tiempo lo cura todo”, “la vida es así”…

Y ¿qué tiene que ver las emociones y los sentimientos con la responsabilidad emocional? Mucho. Una gran mayoría de personas, al menos en Occidente, hemos aprendido a hablar de las emociones y sentimientos de maneras no saludables reprimiendo, tapando, invalidando, negando, ocultando, proyectando… sin saber que ello nos hace irresponsables afectivamente ante nosotras mismas y ante las demás personas, generando conflictos y guerras innecesarias en las relaciones y por supuesto, perjuicios de toda índole. De una manera ingenuamente infantil “ojos que no ven, corazón que no siente”, aquello que nos resulta desagradable o incómodo, lo eliminamos, lo minimizamos, lo ocultamos, lo diluimos, lo justificamos, lo camuflamos… o eso creemos… y así, no molesta porque, mágicamente, lo hemos eliminado mentalmente; cuando en realidad lo único que hemos realmente hecho es disociar lo corporal de lo mental. Lo saludable y sano es permitirse sentir, escuchar e identificar para qué emergen las emociones y luego ver qué hacer para cubrir esa necesidad o carencia subyacente y que dicha emoción y dicho sentimiento están poniendo sobre la mesa. De la misma manera que si vamos conduciendo y se enciende la señal de la gasolina, entendemos que el coche está necesitando ser repostado. Sería muy absurdo apagar la indicación y seguir conduciendo como si no pasara nada. Sin escuchar nuestras emociones y sentimientos, nuestras acciones se encaminarán hacia el daño y el perjuicio propio y ajeno. Y en este sentido estaremos siendo afectivamente irresponsables. En general cuando las personas no saben qué hacer con sus emociones y sentimientos, las proyectan fuera, las lanzan como balones fuera de la cancha. Así culpan, critican, juzgan, discuten sin objetivos claros. Se quitan de encima aquello que molesta y cargan sobre las personas de su entorno. De ahí tanta toxicidad.

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Responsabilidad afectiva

 

En tiempos narcisistas, hablar de responsabilidad emocional suena fuera de lugar, anacrónico incluso. La lógica economicista ha impregnado todas las áreas de la vida humana, dañando seriamente las relaciones humanas. Tiempos de no relaciones como las denomina la socióloga Eva Illouz en su ensayo El fin del amor, en los cuales la vinculación resulta si no imposible, harto difícil. Relaciones bajo formas de no compromiso, de no elección que “se combinan de algún modo con estrategias calculatorias intensivas de evaluación de riesgos”. Nos hemos vuelto consumidores tanto de sexo como de emociones. Relaciones caracterizadas por “procesos avanzados de mercantilización, por la multiplicación de las opciones sexuales y por la penetración de la racionalidad económica en todos los ámbitos sociales”, nos dice el sociólogo Worlfang Streeck.

La responsabilidad afectiva, afirma la psicóloga Marta Martínez en su ensayo Que sea amor del bueno, se refiere a la conciencia de que un vínculo siempre implica a otras personas además de a sí misma; personas por supuesto con sus respectivas necesidades y deseos. Este concepto engloba así todos aquellos conceptos basados en el cuidado, el consenso y la comunicación fluida, clara y directa no solo en las relaciones de pareja sino en las de amistad o familiares. Resulta complicado hacer entender que los actos de las demás personas tienen repercusiones y muchas veces traumáticas, en nuestro mundo emocional, lo mismo que nuestros actos tienen repercusiones en las demás personas. Aún no hemos interiorizado este tipo de conciencia en el actuar. En estos casos, la inconsciencia toma la delantera y ésta suele tomar la forma de egocentrismo, es decir actos por libre encaminados a satisfacer necesidades estrictamente individuales sin tener en cuenta las ajenas, condicionada por vivencias pasadas no integradas ni identificadas. En este contexto, las demás personas son objetos para nuestra satisfacción. Freud a esto lo bautizó como narcisismo secundario, entendido este como el fracaso del amor objetal, o sea, del amor. Se ha banalizado la importancia de la intimidad como elemento generador del vínculo. Intimidades congeladas llama Eva Illouz en su ensayo que lleva este título, a estas relaciones emocionales e íntimas definidas más por modelos económicos y políticos de negociación e intercambio. El también bautizado “Capitalismo emocional” delinea una nueva cultura de afectividad caracterizada por la frialdad, la falta de vínculo o desapego, la inconsciencia y el narcisismo. El coste ya está resultando alto: en consulta vemos a diario personas que sufren de las consecuencias de la irresponsabilidad afectiva y por supuesto aunque en menor medida, también personas afectivamente irresponsables. Y la pregunta que me suele venir frecuentemente es ¿Qué necesidad hay de todo esto? Observamos igualmente encadenamientos relacionales afectivo-sexuales fallidos; víctimas en serie de personas tóxicas igualmente en serie. Como dice Marta Martínez: o “lo aguanto todo o me voy por nada”. Constatamos con frecuencia formas de apego ansioso o evitante. Amor líquido bautizó el sociólogo Zymunt Bauman, a estas relaciones sin compromiso ni implicación ni afecto. Pero ¿y sin conciencia? Estas ya representan un giro de tuerca que va más allá de lo líquido, para entrar en la disfunción de tipo narcisista. “Relaciones pasajeras que nunca solidifican, sino que se emplean para satisfacer una necesidad concreta e individual, muy en la línea de la mercantilización y la sociedad de consumo” (Martínez, 2022).

Como personas, ni hemos sido educadas ni estamos siendo educadas para el amor (la paz, el bienestar, el bien común y la solidaridad) por mucha ley que obligue a educar a la chavalería en la “gestión emocional”. Contrariamente a lo que se predica, incluso por ley, realmente las personas estamos siendo enculturadas o socializadas en el rendimiento, la cosificación, la mercantilización, la sexualización, el hedonismo, el egocentrismo, la autosuficiencia, el individualismo, la invulnerabilidad, la megalomanía… valores narcisistas y psicópatas por excelencia que deshumanizan absolutamente todo aquello que tocan. Evidentemente en este contexto, los vínculos, apegos y las relaciones serán imposibles. El malestar social seguirá profundizándose hasta tocar fondo.

La irresponsabilidad afectiva tiene muchas manifestaciones: tratar como si la pareja fuera un mueble, falta de comunicación (control de la información), asimetría en la relación, juegos de poder, castigos, venganza… En general, la falta de responsabilidad responde fundamentalmente a un modo de funcionamiento rígido, a modo de ritual. Un modus operandi que se mantiene en el tiempo sin cambiar un ápice, basado fundamentalmente en la manipulación: lo que quiero conseguir de la otra persona sin negociar, sin consensuar, sin hablarlo. Se les llama en el argot psicológico “patrones de relación disfuncionales”. Algunos de ellos nos suenan más que otros como el de salvador, el de codependiente, el de estar emocionalmente no disponible, el de ausente, el de víctima, el de perseguidor… A través de estas formas de interactuar, muchas personas pretenden obtener de sus parejas, familiares o amistades lo que necesitan poco importa si causan perjuicio. Lo que se pretende es que las personas manipuladas, en estos contextos, realicen actos para la otra persona (la que manipula) que, en no pocos casos, van en contra de sus voluntades o valores. Son interacciones basadas en el control y en el poder.

A continuación, expongo algunas de las formas rituales en que la irresponsabilidad afectiva opera, desgranadas en rimbombantes etiquetas anglosajonas:

– Love bombing o bombardeo amoroso que como su nombre indica hace referencia a una explosión de amor que terminará relativamente rápido en el momento en que la víctima haya caído en la red.

– Hoovering (aspiradora), es decir que “aspiran de vuelta a su vida” a personas con quienes han mantenido algún tipo de relación en el pasado. Exparejas que al cabo de un tiempo contactan diciendo que echan de menos lo que tenían… hasta volver a contactar emocionalmente.

– Breadcrumbing (literalmente migajas) o “flirteo” en forma de señales mínimas a la pareja para dejarle caer que sigue ahí, presente y así continuar estando enganchada a la relación, pero sin pretender implicarse de lleno o comprometerse de forma más seria.

– Gosthing (fantasma) o la nueva forma de terminar la relación despareciendo sin decir nada.

– Orbiting o sea, un “ni contigo ni sin ti” con un pie dentro de la relación y otro fuera, como dice Anna Lovine quien acuñó el término te mantiene «suficientemente cerca para que ambos se puedan observar; suficientemente alejada para nunca tener que hablar«.

– Gashlighting o luz se gas… hacer dudar a la pareja de su cordura, juicio, percepción o memoria.

– Benching (banco) o intención de dejar a la persona “en el banquillo”; esto es, dar intencionalmente esperanzas de un futuro sólido cuando la intención real es exactamente dejar en espera y así no afrontar la soledad y mientras conocer a otra persona con la que se sienta más agusto. La variante de esta forma es el cushioning o almohada hace referencia a tener varias personas en la agenda, así como, al igual que las almohadas, de cabecera con las que flirtear por si las otras opciones fallan.

– Stalking (acecho) se refiere a un trastorno que tiene una persona que lo lleva a espiar a su víctima. La persona persigue a otra de manera obsesiva con actos de hostigamiento de forma continuada como llamadas de teléfono, emails, sms, seguimiento, espionaje…

– Haunting… Relaciones intermitentes basadas en lo que en psicología llamamos refuerzo intermitente que es cuando se refuerza positivamente conductas solo en algunas ocasiones. Un tipo de refuerzo que genera enganche y adicción, además de mermar la seguridad, la autoestima y la confianza. Genera relaciones asimétricas en las cuales una de las partes sale siempre perdiendo. Vínculos de tira y afloja.

– Catfishing (bagre, un tipo de pescado) consiste en construirse una identidad o personalidad falsa con el objetivo de seducir y así obtener algún tipo de beneficio

No son faltas puntuales. Más que hechos aislados, conforman un patrón de comportamiento interiorizado, desgraciadamente cada vez más normalizado y banalizado en el que una de las partes tiene más información sobre la dirección del vínculo que la otra. Se trata de un conjunto de maneras de actuar y actitudes que se repiten en las relaciones sin que la persona que realiza estas estrategias, haga nada cuando se le señala que su comportamiento afecta a las personas que están a su lado. En terapia esto suele hacerse visible cuando vienen todos los miembros de una familia porque no saben qué hacer ni cómo actuar ante el comportamiento tiránico y/o tóxico (en el argot popular) de uno de sus miembros. Ese «astro rey» que todo lo controla desorganizando el entramado familiar y que normalmente, suele tener la complicidad de la madre o el padre, favoreciendo estas actitudes y comportamientos. Por último, siempre están las formas más clásicas de irresponsabilidad afectiva como la infidelidad, la falta de implicación emocional en la relación, la ausencia justificada por exceso trabajo, el ninguneo…

Así, la clínica está sobrerepresentada de personas con dificultades para cortar vínculos dañinos, personas que cortan a la mínima, personas convencidas que sin pareja la vida no tiene sentido, personas en búsqueda de personas objeto, personas que van encadenando una relación tras otra, relaciones liana, es decir personas que no sueltan una relación si no han encontrado otra antes…

En definitiva y a modo de conclusión, más que de relaciones, podríamos hablar de experiencias relacionales cimentadas en el hedonismo de la eliminación de todo aquello que aburre e incómoda. Evitación fóbica de un hipotético futuro sufrimiento, “se rehúye la posibilidad de permitirse ser vulnerable por miedo a que la vulnerabilidad destruya la propia identidad”. (Maria Martínez, 2022).