En las interacciones habituales, observamos, nos damos cuenta de que a veces algunas personas incurren repetidamente en patrones de comportamiento, esto es, una estructura comportamental que tiende a repetirse y a perpetuarse.
Dichas estructuras se componen de creencias, ideas, emociones y sentimientos, transformándose en respuestas durante las interacciones o relaciones. Así, algunas personas tienden a la agresividad y a intimidar a las demás personas. Otras son repetidamente heridas. Algunas otras, tornan a mofa cualquier conversación. Otras deprimen a sus interlocutores.
Eric Berne a estos patrones repetitivos en nuestros comportamientos los llamó juegos. A través de los juegos, los seres humanos pretendemos satisfacer nuestras necesidades de cariño, amor, atención, ternura, deseo, conexión, complicidad, empatía, entre otras muchas. Y en muchos casos, pretendemos satisfacer indirectamente nuestras necesidades a través de estos juegos manipulativos, puesto que no estamos educad@s para pedir directamente lo que deseamos y necesitamos. Y digo pedir, no exigir.
Lo cierto es que las personas que juegan a estos juegos realmente realizan esfuerzos ingentes para obtener esa conexión, cuando en realidad, se vuelven en su contra, provocando lo contrario de lo que realmente querían, desean, necesitan. En realidad, la gente realiza este tipo de juegos porque está “hambrienta de caricias”, y está dispuesta a pagar cualquier precio por ser nutrida.
Pero como hemos dicho, estos juegos en realidad vienen de nuestras creencias e ideas y de tanto jugar a ellos, al final, no solo no conseguimos nuestro objetivo, sino que además, nos reafirmamos en nuestras creencias, porque confirman nuestra manera de ver y concebir el mundo. De lo que se trataría a nivel terapéutico, es ver cómo contribuimos personalmente a generar este tipo de juegos; de dónde nacen estos juegos; como los perpetuamos. Para posteriormente ensayar nuevas maneras de actuar, de pensar. Para ello, debemos aplicar una autocrítica y aceptar que nuestra manera de ver es solo una manera más entre otras y depende de la perspectiva desde donde miremos el mundo. Y esto es quizás una de las cosas más complicadas en la educación emocional: asumir que creamos gran parte del mundo en el que nos movemos.
Tomemos por ejemplo un chico cuya visión del mundo es que todo el mundo es el enemigo. Todo el mundo le va a traicionar y todo el mundo es hipócrita y miente. Todo el mundo quiere hacerle daño y hay que defenderse porque en este mundo solo hay dos tipos de personas: los tiburones y las presas. El mundo para él es un lugar hostil. Es llamativo que cuando habla a su “pareja” en vez de tratarla de tu, le trata de vosotras. Solo generaliza. Es incapaz de ver a una persona en individual, ve a muchas; ve al enemigo.
La infancia de este hombre fue marcada por el maltrato en el seno de su familia autoritaria y violenta. De adulto, no consigue mantener ninguna relación afectiva íntima, a duras penas consigue mantener un trabajo. Acaba siempre peleado con todas las personas y entidades con las que “juega”, y siempre la culpa es de los demás. No hace sino repetir una y otra vez los mismos patrones. Para calmar su dolor, se droga: bebida y hachís. Solo ello consigue calmar su profunda angustia y sentimiento de vacío. No recurre a ninguna otra ayuda salvo medicación cuando le falta la droga. Cuando comienza una relación, tiene la esperanza o expectativa existencial de conseguirlo. Solo que sin saberlo, vuelve a empezar a actuar con este guión acusatorio, intimidatorio, paranoide. Repite lo que le han hecho y así pasa de víctima a perseguidor. Acaba por “obligar” a alejar a su nueva pareja de él, a quien acusará de abandonarlo. Ello no hace sino confirmar el abandono, la traición, la hipocresía, el dolor que esta nueva pareja le ha infringido y justifica una vez más su reacción agresiva hacia ella y, por extensión, todo el mundo, particularmente las mujeres, los inmigrantes, la izquierda radical. Sus verbalizaciones adquieren tintes psicópatas en ocasiones, amenazando con matar, deseando guerras, etc.
Hay personas que juegan a juegos agresivos, otras a juegos deprimidos, otras a juegos de víctima. Eric Berne distinguió tres tipos de juegos: rescatador, perseguidor y víctima. Estos roles o juegos son cambiables, es decir, que yo puedo en un momento de una relación ser rescatadora y en otro momento perseguidora.
Las personas rescatadoras en general cuidan de las personas que debieran cuidarse a sí mismas, quitándoles esa responsabilidad. Se le ha llamado codependencia. Estas personas hacen muchas cosas para complacer a las demás personas, con el oculto secreto de que un día, lo dado les será devuelto y de la misma manera: con reconocimiento. Necesitan sentirse necesarias, útiles, indispensables y para ello, necesitan ver a las demás personas como incapaces. Con ello, consiguen que se esté en deuda. Tienen grandes dificultades asertivas: para decir no, poner límites. En muchos casos el rescate no es ni tan siquiera deseado, con lo que muchas veces el impacto desencadena en la(s) otra(s) persona(s) egoísmo, dependencia, indefensión, ira, resentimiento, entre otras.
Las personas perseguidoras critican, juzgan, sentencian y castigan. Pueden ser personas frías emocionalmente o con ira; suelen mostrar una actitud de superioridad. Actúan como jueces que emiten críticas y juicios desfavorables con su consiguiente castigo. De corte autoritario, se muestran intransigentes, cognitivamente rígidas y utilizan los puntos débiles de las demás personas. Su violencia está siempre a flor de piel y no se sabe qué pequeño o gran evento, puede desatarla. Son personas que exigen sumisión y ser el centro de la vida de otras personas. Altamente demandantes, exigen que el mundo gire a su alrededor.
Las personas víctimas aceptan activa y gustosamente que otras personas se hagan cargo de ellas, sobre todo si es en nombre del amor o de una buena y justa causa. Son personas que no se sienten responsables de sus propias vidas; esperando que alguien venga a rescatarlas. Piden compasión y tienden a quejarse de todo y por todo lo que les ocurre. Creen que el mundo es injusto y no pueden hacer nada por cambiarlo. Necesitan de los demás para que les resuelvan las cosas. En general, exigen de los demás.
La realidad es que la persona enquistada en uno de estos roles, guiones, patrones, en realidad acaba pasando por los otros dos, de tal manera que se establece un deambular triangular (triangulo dramático de Karpman). Así la persona rescatadora se convierte en perseguidora y finalmente víctima. Estos son los juegos psicológicos en las que muchas personas se ven envueltas. Un buen ejemplo nos lo da el cine en la película “Lunas de hiel” de Polanski, basada en la novela homónima de Pascal Bruckner.
Franz un hombre se enamora de una joven exuberante, buscando recuperar la juventud perdida (clásico). Se enamoran y desean al principio de manera convencial, manera que se tornará enfermiza. El sexo lo es todo y acabará también con todo. Todo se tornará excesivo en una dependencia mutua. Pasará del amor al odio. Ambos personajes pasarán por el triangulo maldito siendo rescatadores, perseguidores y víctimas de manera siempre complementaria. Cuando uno ejerce de perseguidor, el otro ejerce de víctima y así, sucesivamente.
Los seres humanos necesitamos amor en el sentido de afecto. Si no se satisface de una manera, se conseguirá a través de este tipo de juegos emocionales. Juegos que al final solo conseguirán lo contrario de lo que queríamos.
Por ello, es importante tomar conciencia de lo que deseamos y queremos, así como aprender a transmitirlo de manera llana, sencilla, clara y directa. También resulta importante hacernos responsables de nuestros juegos, actos, emociones y sentimientos.
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