Se habla mucho en estos tiempos de gestión emocional y de responsabilidad afectiva, sabiendo conceptualmente el significado de estas expresiones, aunque total o parcialmente disociadas de su experiencia emocional. Tocamos de oído. En otras palabras, en general no hemos sido educadas para desarrollar nuestra inteligencia emocional. Las personas, vivimos en general bastante disociadas de las emociones y sentimientos que experienciamos. ¿Emoción? ¿Sentimiento? ¿Hay alguna diferencia? Aunque el lenguaje presenta una gran variedad de palabras para nombrar tanto las emociones como los sentimientos, el vocabulario que se utiliza en el cotidiano para ello es cuanto menos mínimo, además de pobre. Multitud de veces cuando en mi trabajo pregunto qué tal, la gente responde con un bien o un mal o incluso un regular. Las pacientes habituadas ya saben lo que contesto a ello: “dime cómo te sientes en tres frases con sujeto, verbo y predicado”. Cantidad ingente de veces las emociones van a ocultarse bajo la expresión de “tal”. Esta expresión de “tal”, representa una muletilla utilizada constante e inconscientemente para evitar muchas veces nombrar lo que sentimos y así impedir acercarnos a la vivencia emocional. Evitar sentir, experimentar y vivenciar parece el imperativo categórico de nuestro tiempo, tiempos en los cuales a su vez y paradójicamente, se habla cada vez más de inteligencia emocional en tanto que gestión. “Dime de qué hablas, y te diré de lo que careces”. El principal y mayor error es que gran cantidad de información sobre las emociones circula en términos economicistas, gerenciales y empresariales. Pero las emociones distan mucho del campo administrativo. Por ello al hablar de emociones resulta adecuado entenderlas desde la regulación o desregulación. La diferencia es importante. Regular implica comprender, reconocer y aceptar. Y en ello hay una humanidad, una libertad y un respeto. El ser humano no es una empresa y las emociones no tienen nada que ver con la gestión. La regulación emocional hace referencia a un proceso de manejo funcional de las reacciones emocionales mediante la puesta en marcha de estrategias emocionales, cognitivas o conductuales (Hervás, 2001). Se trata de un proceso adaptativo del ser humano (Thompson, 1994 y Gross, 1999). Bien: regulación, proceso, ser humano, comprender, aceptar … vamos aprendiendo.
Otro gran e importante obstáculo es que gran parte del mundo emocional está contaminado de un rancio positivismo de autoayuda, que además de dicotomizar el mundo emocional entre positivo y negativo, nos dice qué debemos (y no) sentir, cuándo (y cuándo no) y cómo (y cómo no) sentir. “Éramos pocos y parió la abuela”.
Preludio antes de entrar en el meollo: todas, absolutamente todas las emociones y los sentimientos tienen su función, su utilidad. Son señales que nos indican que algo no va bien, que estamos necesitando algo o no; que debemos cambiar de rumbo, hacer un giro en nuestra vida; que debemos tomar decisiones. Por ello, todas las emociones y todos los sentimientos son positivos: todos y cada uno de ellos. Que ¿cuál es la diferencia? Cierto, olvidaba que tampoco se nos ha enseñado a diferenciar entre emociones y sentimientos. Bueno, no pasa nada. A modo de nota a pie de página aclararé que las emociones son procesos fisiológicos primarios, instintivos e involuntarios, es decir que se sienten y se vivencian en el cuerpo sin que intervenga la mente (ese órgano sobrevalorado que no debemos utilizarlo salvo para planificar y estudiar) y que sirven para la supervivencia, facilitando el aprendizaje y por supuesto, no se procesan ni mucho menos se gestionan, controlan, reprimen, niegan u ocultan… Además, son temporales, es decir que duran lo que duran muchas veces las microexpresiones de las mismas. El psicólogo Paul Ekman ha establecido una clasificación de seis básicas: miedo, tristeza, alegría, asco, ira y sorpresa. Por cierto y para complicarlo más, hay emociones básicas o primarias y emociones secundarias. Las emociones secundarias surgen de la combinación de varias primarias. Por eso podemos reír y llorar a la vez, sentir asco e ira simultáneamente, etc. Ejemplos de emociones secundarias son el aburrimiento, el alivio, la ansiedad, la apatía, la añoranza, la cólera, la decepción, el desamparo, el desasosiego, la desconfianza, la desidia, el enfado, el entusiasmo, la euforia, la excitación, la extrañeza, la frustración, el gozo, la hostilidad, el horror, la impaciencia, la impotencia, la indiferencia la indignación, la insatisfacción, la inseguridad, el júbilo, la lástima, la melancolía, el odio, el pánico, la pena, la pereza, la plenitud, el rencor, el rechazo, el resquemor, la resignación, la seguridad, la satisfacción, la serenidad, el sobresalto, el temor, la ternura, la templanza, el vacío, la valentía, la vergüenza, la vulnerabilidad, la zozobra…
Los sentimientos son las etiquetas, interpretaciones por así decirlo, que damos a esas emociones. Ejemplos de algunos de ellos: el abatimiento, la abrumación, el cansancio, la debilidad, el desinterés, la desmotivación, la fragilidad, la herida, la saturación, la molestia, el descontento, la agresividad, la indefensión, la aflicción, la inhibición, la timidez, la susceptibilidad, la proximidad, la prudencia, la indiferencia, la confusión, la desolación, la estupefacción, el hartazgo, la hostilidad, la irritación….
Así pues, el primer paso básico será identificar lo que siento. En ello, las personas en general tenemos gran dificultad, no solo por la pobreza lingüística, sino por la pobreza a la hora de poner nombre a nuestras experiencias y vivencias. Por ello, es importante escucharse y sentir. Muchas personas en vez de sentir y expresar lo que sienten, explican cómo se sienten sin saber que realmente, en vez de sentir están pensando: “siento como si hubiera pasado una apisonadora por mi cuerpo”, “siento que eso que dices no es justo”, “siento que eso que dices no es verdad”, “siento como si estoy muerta en vida”… La mayor parte de las veces pensamos, interpretamos, analizamos, justificamos, explicamos, pero no sentimos. Hay todo un aprendizaje a realizar en este sentido.
El siguiente paso sería la validación de aquello que me emociona y siento. Validar significa aceptar la experiencia emocional tal y como la vivimos sin juicio, sin negarla sin minimizarla, sin disimularla, sin ocultarla, sin castigarse, sin fingir… Para ello hace falta aceptar la propia vulnerabildiad que de ello se deriva. Ni victimizarse ni culparse sino compasión, es decir amabilidad y comprensión (que no justificación). A poder ser, eliminar todos los “debería o no debería sentirme…”. Resulta harto difícil hacer entender que las emociones y los sentimientos se transitan. Se trata de integrar, puesto que son experiencias y como tales, se vivencian y se expresan, para lo cual es fundamental tomarse un tiempo y un espacio para ello. Una buena parte de la terapia consiste más que en tratar dificultades, en validar todas las emociones y sentimientos que las personas traen y que por norma general están invalidados: “no es para tanto”, “no debería sentirme así”, “hoy no voy a llorar”, “hay problemas mayores”, “parece que exagero”, “es una tontería lo que voy a decir”, “ya sé que no me debería sentir así”, “si quieres puedes”, “no te rayes”, “el tiempo lo cura todo”, “la vida es así”…
Y ¿qué tiene que ver las emociones y los sentimientos con la responsabilidad emocional? Mucho. Una gran mayoría de personas, al menos en Occidente, hemos aprendido a hablar de las emociones y sentimientos de maneras no saludables reprimiendo, tapando, invalidando, negando, ocultando, proyectando… sin saber que ello nos hace irresponsables afectivamente ante nosotras mismas y ante las demás personas, generando conflictos y guerras innecesarias en las relaciones y por supuesto, perjuicios de toda índole. De una manera ingenuamente infantil “ojos que no ven, corazón que no siente”, aquello que nos resulta desagradable o incómodo, lo eliminamos, lo minimizamos, lo ocultamos, lo diluimos, lo justificamos, lo camuflamos… o eso creemos… y así, no molesta porque, mágicamente, lo hemos eliminado mentalmente; cuando en realidad lo único que hemos realmente hecho es disociar lo corporal de lo mental. Lo saludable y sano es permitirse sentir, escuchar e identificar para qué emergen las emociones y luego ver qué hacer para cubrir esa necesidad o carencia subyacente y que dicha emoción y dicho sentimiento están poniendo sobre la mesa. De la misma manera que si vamos conduciendo y se enciende la señal de la gasolina, entendemos que el coche está necesitando ser repostado. Sería muy absurdo apagar la indicación y seguir conduciendo como si no pasara nada. Sin escuchar nuestras emociones y sentimientos, nuestras acciones se encaminarán hacia el daño y el perjuicio propio y ajeno. Y en este sentido estaremos siendo afectivamente irresponsables. En general cuando las personas no saben qué hacer con sus emociones y sentimientos, las proyectan fuera, las lanzan como balones fuera de la cancha. Así culpan, critican, juzgan, discuten sin objetivos claros. Se quitan de encima aquello que molesta y cargan sobre las personas de su entorno. De ahí tanta toxicidad.
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