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Desmitificando la infidelidad

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Alrededor de la infidelidad giran ciertos mitos que habría que deshacer, porque empujan a errores y distorsiones cognitivas que confunden aún más la situación.

1) El primero —y quizás el más importante y extendido— es que la infidelidad es cosa de pareja. La persona traicionada no puede ser bajo ningún concepto la causa de la infidelidad de su pareja: «El traicionado no puede hacer que ocurran aventuras» (Pittman, 1994). Y la misma lógica se aplica para las dificultades matrimoniales, las cuales —particularmente durante la infidelidad— son grotescamente distorsionadas y exageradas (ibíd.). Por lo que se impone, siguiendo la lógica, que una gran parte de la terapéutica de la infidelidad recaiga sobre la persona infiel en particular, aunque no solo. Los problemas de pareja, así como el grado de satisfacción de la misma, incumben a las dos partes integrantes de la pareja, pero la decisión sobre el manejo de ciertas situaciones maritales es estrictamente individual. En este sentido, Frank Pittman (ibíd.) afirma no hallar conveniente que la persona traicionada acepte responsabilidad alguna por la infidelidad. La persona traicionada no puede ser la causa ni puede hacer que ocurran infidelidades. La responsabilidad solamente revierte sobre la persona que comete el acto. Y por lo mismo, las «razones», motivos o causas por los cuales la persona infiel lo es tampoco pueden ser ni la monotonía, ni el aburrimiento, ni la falta de realimentación positiva ni la falta de sexualidad, ni el decrecimiento del enamoramiento, ni la insatisfacción emocional (Salomón, 2005). La «causa» o razón parece estar en la persona, en su interior, en su psiquismo, ya sea en forma de conflicto no resuelto, en forma de trastorno adaptativo o en forma de patología. La persona infiel no parece gestionar emocionalmente su situación, simplemente la disocia; no comunica abiertamente sus dificultades, no toma conciencia de lo que le ocurre o evita hacerlo; no resuelve la situación generada, se estanca en el triángulo amoroso sin decantarse, de tal manera que la situación parece bloquearse y tupirse. Todas estas dificultades están subyacentes en la infidelidad, en la persona infiel. Dentro de esta visión se extiende la opinión de que el descubrimiento de la infidelidad puede llevar a un «blanqueamiento» de la pareja, reactivándola e incluso mejorándola. Pero la realidad indica que no es así. Al contrario: la empeora. «La infidelidad es catastrófica para el matrimonio» (ibíd.).

Hay un error conceptual en el que se incurre fácilmente cuando se aborda el tema de la infidelidad y que rápidamente pasa a formar parte de la mitología: la poligamia y la monogamia. La infidelidad no tiene que ver con la monogamia o poligamia. El significado de fidelidad no concierne estrictamente a las relaciones amorosas, sino a las relaciones en general. Tiene que ver con la confianza, no con la sexualidad. Tiene que ver con el compromiso, con la lealtad, con la constancia y la coherencia; tiene que ver con la ley; tiene que ver con la palabra. El ser humano es un ser de palabra: es lo único que tiene y si le falla la palabra, le falla la sociabilidad y las relaciones; tiene que ver con la fe, con la creencia. Tiene que ver con la (in) comunicación, el secreto, el control, el (abuso de) poder, la asimetría relacional, la triangulación, la (no) gestión de dificultades personales. En otras palabras: la infidelidad concierne a las habilidades sociales fundamentalmente. Centrar la infidelidad en la no exclusividad íntima y/o sexual significa descentrar el núcleo de la infidelidad: la ocultación, la mentira y el secreto. En otras palabras, lo que define la infidelidad es sobre todo la forma en que un pacto es transgredido. Si el pacto de fidelidad resulta arduo y tedioso, se puede igualmente pactar para romperlo. Infidelidad no es sinónimo de cambio, sino de problemas, trastornos y patología. El problema de la infidelidad está en la deshonestidad: «La infidelidad siempre implica algún tipo de estafa afectivo/sexual» (Risso, 2010, p. 29). Si el mundo desea la poligamia, esta se puede pactar. Si se desean tríos, se pueden pactar. Si se desea que la pareja sea abierta, se puede pactar, como bien lo refleja, por ejemplo, la película Una pareja abierta. Cualquier modalidad de pareja es susceptible de poder pactarse, siempre y cuando sea entre iguales y consensuada. Si se actúa desinformando, mintiendo, ocultando, desorientando, no hay pacto ni comunicación ni relación posible. «Casi todos los pactos pueden romperse, cambiarse, revisarse o reestructurarse, pero lo verdaderamente importante es la forma de hacerlo, la transparencia» (ibíd.). Si la persona infiel quiere una relación fiel con su amante, lo que está en juego no es la poligamia. Si la persona infiel lo que quiere es seguir siéndolo mientras su pareja no, lo que está en juego es el poder y el control, no la poligamia. Si a la persona infiel no le molesta su infidelidad y le molesta la infidelidad de su pareja, lo que está en juego desde luego no es la poligamia o monogamia. Si la persona amante quiere que su pareja infiel le sea fiel, separándose de su pareja oficial, lo que está en juego no es la poligamia. Al respecto, tan paradójico como sorprendente es cuando aún dentro de la infidelidad se pacta la monogamia, es decir, que no pocas aventuras e infidelidades se cimientan sobre la monogamia: «Mi amante me engañaba, nunca tuve pruebas formales, pero cada vez tenía más sospechas» (Salomón, 2005, p. 83). Esto evidencia que algunas infidelidades, particularmente las que parecen conllevar una implicación emocional, no son sinónimas de promiscuidad ni de querer variar. En este sentido, este tipo de aventuras representan una reproducción de la relación oficial en sus comienzos, a veces con sus correspondientes fases. Quizás no se llegue al amor maduro porque tras una fase de acercamiento y euforia suele venir una de sufrimiento y, posteriormente, una «de aceptación de la situación tal y como es, con sus más y sus menos» (Salomón, 2005, p. 81).

2) Otro gran mito a desechar es que la infidelidad ocurre solamente en personas con complejo de donjuán o promiscuas. La infidelidad puede ocurrir en cualquier hogar e independientemente de cómo esté la relación. Glass y Wright (1977) hallaron que los hombres infieles en los matrimonios de larga duración estaban tan satisfechos como los hombres fieles. En cambio, las mujeres infieles de matrimonios de larga duración sí declararon estar profundamente insatisfechas. Esto es, la infidelidad puede ocurrir aun estando «bien» la relación de la pareja oficial, puesto que no ocurre solamente en las parejas infelices. Esto muestra una vez más que la infidelidad no tiene que ver con la pareja. Es más, personas infieles entrevistadas manifiestan estar satisfechas en sus matrimonios (Glass, 2002). A este respecto, Pittman (1994) parece coincidir: «Las aventuras […] obedecen a razones muy ricas y variadas. La mayoría se relaciona más con el estado del yo de la persona infiel que con la persona engañada […]. No es una cuestión emocional, sino de opción […]. Este compromiso parece un tanto independiente de las emociones del momento y acaso concierne mucho más al sentido de la propia identidad y al sistema de valores del cónyuge que opta […] y al influjo de esto sobre la conducta» (p. 37). La infidelidad tiene que ver con la intención y no tanto con las inclinaciones. Es cuestión de opciones y decisiones. Para este autor, el desamor es fundamentalmente una consecuencia de la infidelidad, no su causa. Como excepción a la regla, hay que mencionar las infidelidades en personalidades psicopáticas, perversas narcisistas y maquiavélicas, para las cuales la infidelidad sí representa una inclinación «natural».

3) El aspecto sexual de las infidelidades no parece ser preponderante, y más en estos tiempos en los cuales muchas aventuras se caracterizan por la intimidad emocional antes que la sexual. Al parecer puede ser algo más narcisista de lo que pensamos, puesto que la imagen y la mirada proyectada por parte de la persona amante hacia la persona infiel está atravesada por una particular adoración que podríamos definir como enamoramiento. En este sentido, la elección de pareja infiel parece estar más relacionada con lo que hace sentir mucho más que por razones sexuales. La elección parece ser más neurótica que sexual, y parece tener que ver más con las carencias afectivas (Pittman, 1994). No es tanto que la persona infiel busque fuera lo que no le dan en casa, como que ella no da lo suficiente. Las investigaciones apuntan que el bajo grado de inversión marital —es decir, en personas que (se) dan poco— el riesgo de ser infieles es mayor (ibíd.). Una vez más, en ella resulta clave situar el problema.

Lo que se encuentra muchas veces oculto debajo de la infidelidad es una depresión, una profunda sensación de vacío, de vacuidad. No pocas infidelidades indican una necesidad compulsiva de excitación que toma la forma de adicción al sexo, al amor, al enamoramiento (Glass, 2002). La infidelidad poco o nada parece tener que ver con el amor. Las personas que huyen del vacío inconscientemente pueden buscar en la infidelidad ese chute de adrenalina y así escapar de este vacío interior o bien de estresores externos. La infidelidad puede enquistar un problema interno como el aburrimiento, la baja autoestima, la angustia existencial, la depresión, el vacío, la crisis existencial, la falta de sentido. Un escape, en forma de huida hacia delante, en algunos casos. La infidelidad puede ser en muchos casos un antidepresivo que ensalza el hambriento ego a través de una idealización compensadora de una autoestima, necesitada de sentirse especial y valorada para alguien. Hay otros factores psicológicos personales que correlacionan con la infidelidad, como la crisis de la mediana edad. Estas crisis, por falta de objetivos que cumplir, conducen a una profunda sensación de vacío que llega muchas veces de la mano del aburrimiento.

 

 

 

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Si, quiero

Imagen del articulo "Sí, Quiero" de Inmaculada Jauregui, Psicóloga

 

Cuantas veces hemos oído esta frase y cuán deseada es en el inconsciente colectivo. Ahora bien, a esa frase, la pregunta ¿para qué? Resulta fundamental en terapia de pareja.

Es una lástima que esta reflexión, ¿para qué te quiero? quede relegada al ámbito de la terapia.

En las respuestas al para qué encontramos frecuentemente toda una panoplia de “agendas ocultas” que velan las verdaderas motivaciones de las relaciones, incluyendo la elección de parejas, que nunca es por azar.

Cuando utilizamos a la otra parte de la relación para sentirnos llenos/as, plenos/as, satisfechos/as; para sentirnos tranquilos/as; para espantar los miedos y soledades; para satisfacer nuestras propias necesidades de ser amados/as porque no lo fuimos adecuadamente en la infancia o, para repetir patrones, estamos sentando las bases de relaciones instrumentales y mercantilistas, convirtiendo a la pareja en un objeto.

La relación será de sujeto a objeto y por lo tanto, podrá ser tildada de narcisista porque la persona “objeto” perderá toda su subjetividad. Efectivamente las relaciones, podemos decir que son narcisistas desde el momento en que se utiliza a otras personas en beneficio propio (en detrimento de la otra persona); se les utiliza tal cual objetos, no como sujetos. Son relaciones destinadas a satisfacer las propias necesidades, frecuentemente ocultas o inconscientes, que tienen que ver con la propia historia personal, no con la realidad. Por el contrario, las relaciones sanas son de sujeto libre, autónomo e independiente a sujeto libre, autónomo e independiente. Es decir, entre dos subjetividades desarrolladas que no necesitan de la otra persona para beneficio propios. El interés deviene común, no estrictamente individual.

En la clínica, descubrimos que el narcisismo patológico no sólo está presente en personas con trastorno de personalidad narcisista, psicópatas y maquiavélicas. Existe el “narcisismo de armario”. Narcisismos que se esconden bajo roles como el de salvador o cuidador. Personas que se encargan de dominar y controlar relaciones desde una posición aparentemente sumisa y servil, de ayuda, de cuidadora, de sacrificada… casi héroes/heroinas. Personas que quieren y aman desde la perspectiva de ser necesitadas, haciendo de la otra persona su marioneta o su bebé. Son parejas paterno o materno filiales.

Transformar a la pareja en persona necesitada de ayuda, de ser salvada, tiene una doble lectura: por un lado, se la trata como a una reina o rey, pero por otro, se le considerará una persona inútil, incapaz de sobrevivir sin sus cuidados o protección. Así pues, esta persona salvadora ya puede creerse completa, omnipotente… Dios. En sus manos está el destino de la pareja. Poco importa que el precio a pagar sea el sufrimiento, la malquerencia, el desprecio, la violencia, entre otras consecuencias. Lo fundamental es que depende ella y por lo tanto, existe.

Ahora bien, aceptar el rol de inútil y de necesitado/a, requiere la complicidad, consciente o inconsciente de la pareja. Y en estos casos nos encontramos, o bien con personas cuyo narcisismo patológico encaja casi a la perfección en esta demanda y se explota hasta límites insospechados a la persona salvadora, o bien, se topa con personas que por complacer y que las quieran, están dispuestas a sacrificar su personalidad y convertirse en bebés inútiles, con tal de satisfacer los deseos inconscientes de su pareja que la necesita. En este segundo caso, veremos a personas en principio independientes y autónomas, convertirse progresivamente en personas inseguras, dependientes y borradas. Las personas así objetivizadas de esta manera sibilina acabarán mal: minimizadas, inseguras, con baja autoestima, aisladas socialmente, confusas, deprimidas, ansiosas, angustiadas. Se sienten inferiores o incapaces; no aptas, no se sienten a la altura. Se nos perfila así personas infantilizadas, desvalidas, impotentes, enfermas. Porque su desarrollo ha sido obstruido con o sin su beneplácito, consciente o inconscientemente.

La persona salvadora, cuidadora, necesitada de que la necesiten en el fondo caerá en su propia trampa, pues aunque pretende ayudar, finalmente, hará por que la pareja complementaria dependa más y más de ella.

Personas ejecutantes de este rol de salvador, que no tienen un norte claro en sus vidas y que depositan su dirección en las vidas de otras personas. Un tipo de dependencia emocional muy sutil en la que en apariencia, la persona-objeto parece independiente y es a menudo convertida en la mala de la película a nivel público, y la persona-sujeto parece ser dependiente y frágil por su aparente sumisión, siendo la buena de la serie.

Este tipo de relaciones suele acabarse en general cuando la persona-objeto descubre el juego. Los desenlaces suelen ser que estas personas crecen y se van de casa, en general, en compañía de otros pares adolescentes de quienes se enamoran o bien de otras personas aún más potentes de quienes pueden seguir tirando ventajas. En muy pocos casos, ocurre que la persona salvadora se va de la relación. Cuando ocurre es porque la persona sujeto ya ha encontrado nuevas víctimas aún más necesitadas, dejando tras de sí el cadáver de su pareja cómplice convertida en dependiente, frágil, vulnerable, a veces enferma y desamparada.

Para evitar este tipo de desarrollos y desenlaces emocionales, conviene introducir la conciencia es decir, ser conscientes de para qué se quiere; tener conocimiento y por lo tanto, hacerse responsables de esas necesidades no resueltas. ¿Le quiero para llenar mis vacíos, espantar mis miedos, acompañar mi soledad o, le quiero para desarrollar conjuntamente el potencial en tanto que sujetos libres, autónomos e independientes?¿ Le quiero desde la complementariedad o desde la simetría?

 

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La sociedad psicópata de nuestro tiempo: ¿Sociedad enferma o maldad?

Máscara de metal, imagen de apoyo al artículo de Inmaculada Jauregui sobre la sociedad psicópata de nuestro tiempo

Somos ya unos cuantos autores que afirmamos que la sociedad está enferma. Pero, ¿enferma de qué? ¿qué le pasa? ¿cuál es el diagnóstico? Bastantes autores hablan de sociedad y narcisismo, la cultura del narcisismo, el vacío (Lowen, 2000, Lasch, 1991, Lipovetsky, 1993). Al respecto, «Pocas dudas puede suscitar la idea de que nuestra sociedad cultiva el narcisismo de un modo desaforado» (Garrido, 2000, p. 92). Y dentro de este registro patológico, la psicopatía parece ser el espécimen que mejor se adapta a nuestros tiempos. Así «Alan Harrington escribió en 1972 en su libro Psicópatas que lo que “anteriormente se diagnosticaba como una enfermedad mental se ha convertido en el espíritu de nuestro tiempo”» (Ibid, p. 85). Y es que cada vez más autores especialistas en el tema coinciden en afirmar que «la sociedad se está volviendo más psicopática» (Pinker en Dutton, 2018, p. 152). Clive R. Boddy «afirma que son los psicópatas, sencillamente, los que se encuentran en el origen de todos los problemas. Los psicópatas (…) se aprovechan de “la naturaleza relativamente caótica de las empresas modernas”» (Dutton, 2018, p. 156). Robert Hare (2003) dirá que «nuestra sociedad se está moviendo en la dirección de permitir, reforzar e incluso valorar algunos de los rasgos patológicos enumerados en el Psychopathy Checklist – rasgos como la impulsividad, la irresponsabilidad, la falta de remordimientos, etc.- (…). Una “sociedad camuflada”, donde los verdaderos psicópatas se pueden ocultar muy bien» (pp. 230-231). Es conocido el hecho de que «para mantenerse como tal y reproducirse, cada marco social requiere de un modelo de sujeto que lo posibilite, para lo cual todas sus instituciones buscan tal construcción» (Guinsberg, 1994, p.23).

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