Uno de los mayores errores actuales difundidos y vulgarizados por la industria de autoayuda, actualmente cimentada en la teología economicista, es la visión de la dependencia como una patología, algo de lo que hay que tratar de curarse. Y es que, en un entorno neoliberal de corte competitivo e individualista en el que, como dice el sociólogo Hartmut Rosa en su libro La resonancia “todo debe ser conocido, dominado, conquistado y aprovechado”, el individuo debe ser fuerte, capaz, resolutivo y como no, independiente: “El que no depende, es fuerte, aprovecha al máximo los recursos, domina y controla su entorno, coge sin pedir permiso”, afirma el psicólogo Arun Mansukhani en su libro Condenados a entendernos. En este entorno, todo aquello que suene a debilidad y a vulnerabilidad como puede ser la dependencia, la interdependencia, el apoyo mutuo o la colaboración, será rechazado. En este contexto patológico, todo otro se convierte en rival potencial, lo que trastocará nuestra relación con las demás personas, además de la relación con nosotros mismos. Como bien lo expresa el filósofo Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio, llevamos nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras relaciones al límite. Generamos una violencia neuronal de tal calado que el agotamiento, la fatiga y la sensación de asfixia, sus manifestaciones más evidentes, se concretan en patologías como el déficit de atención, el trastorno límite de personalidad o el síndrome del cansancio o fatiga crónica, entre otras. Llevamos la teología del rendimiento hasta sus últimas consecuencias: la muerte. Entretanto, enfermamos a consecuencia de expulsar lo diferente de nuestras vidas, para así mantenernos en una asepsia narcisista: el totalitarismo de lo idéntico, de lo unívoco. Es la única manera socialmente bien admitida de evitar una violenta reacción inmunitaria. Marcuse en su libro El hombre unidimensional hablará de una estructura totalitaria subyacente a las pseudodemocracias actuales, basada en la explotación del hombre por el hombre. El psicológo Kennet Gergen hablará del yo saturado. Nos hemos convertido en un proyecto en vías de ser optimizado constantemente; somos un objeto susceptible de ser mejorado en todo momento. Establecemos relaciones instrumentales con nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro cerebro, nuestros semejantes. Mejorarse compulsivamente se ha convertido en nuestro proyecto personal, y para ello debemos acumular capital; capital no solo económico sino personal e incluso erótico. Siempre más: más idiomas, mejor cuerpo, mejor trabajo, mejor casa…
No obstante, la sociabilidad es nuestra naturaleza y negarla a base de individualizar, mercantilizar, competir y rivalizar nos lleva a la barbarie, a la patología, al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Dependemos de las demás personas; “la dependencia interpersonal es un rasgo esencial de nuestra naturaleza” nos recuerda Arun Mansukhani.
Contrariamente a la teología política del liberalismo, la ayuda y el apoyo mutuo, ya lo decía el geógrafo y naturalista Piotr Kropotkin en su obra El apoyo mutuo, tienen una importancia enorme en la economía de la naturaleza, “para el mantenimiento de la existencia de cada especie, su conservación y su desarrollo futuro”. La famosa frase del naturalista Herbert Spenser sobre la supervivencia del más apto que posteriormente fue utilizada por Darwin como la base teórica de la selección natural, se ha traducido erróneamente como la supervivencia del más fuerte. Sin embargo, sería mucho más exacto y acorde con la naturaleza humana si tradujésemos dicha expresión como la supervivencia de la persona más sociable, de la más empática, de la más confiable; en definitiva, de la persona que mejor sepa generar confianza e interdependencia o dependencia sana. La fuerza de nuestra especie viene justamente por su dependencia. El mayor peligro para el ser humano es la independencia emocional. La dependencia es el rasgo humano por excelencia. Una persona total y autárquicamente independiente, sin empatía y con dificultades para conectar con las demás personas es realmente una persona enferma, asocial y psicópata. No olvidemos que la falta de empatía se considera uno de los criterios más importantes para determinar la salud mental.
La dependencia no es ni sana ni insana: es inevitable. Es imposible no depender. Es la paradoja humana por excelencia. Ya el filósofo André Compte-Sponville decía que “vivir es depender”.
La felicidad, el bienestar físico y mental, la longevidad y la salud depende de nuestras relaciones, de nuestra dependencia a ellas. La soledad mata de la misma manera que lo hacen adicciones como el tabaquismo o el alcoholismo. El bienestar humano no depende ni del dinero ni del éxito ni de la competitividad ni de nada que tenga que ver con la economía neoliberal. Al contrario. Si nuestra sociedad está enferma es justamente porque se nos está desnaturalizando; se nos está aislando en un individualismo deshumanizante y bárbaro. Volver a contactar con la naturaleza no consiste en abrazar árboles, hacer senderismo, comer vegetales… consiste en volver a contactar con nuestra naturaleza dependiente, cooperativa, solidaria; crear lazos afectivos sólidos; vincularnos y contactarnos; apegarnos. Generar comunidad.
La ciencia lo ha demostrado con creces. La dependencia, la fusión, la simbiosis y la cooperación son la base de la vida. Los organismos unicelulares se fusionaron para dar nacimiento a las células eucariotas que constituyen “la base de los organismos multicelulares y complejos (…) somos individuos compuestos desde el principio. La interdependencia no es la excepción, es la norma” nos lo recuerda Arun Mansukhani. “La historia de la evolución es la historia de una dependencia cooperativa”.
Tres hechos biológicos nos determinan como especie social. Uno es la reproducción sexual, la cual nos obliga a interactuar. Un segundo hecho es nuestra prematuridad. Somos una especie altricial, es decir, debido a la inmadurez en el nacimiento y nuestra consecuente incapacidad para cuidarnos, necesitamos que otras personas cuiden de nosotras, lo que requiere la formación de vínculos paternofiliales duraderos que a su vez sentarán las bases de otros futuros vínculos. La crianza es la base de la dependencia. Bajo esta dependencia se ha ido afinando “una exquisita maquinaria bioquímica, que, basada en la oxitocina y la vasopresina”, entre otros factores, han dado lugar a esos vínculos. Por último, la cualidad gregaria del ser humano, nos ha dado la fuerza de mantenernos a salvo de otros depredadores. Nuestra debilidad nos ha empujado hacia lo grupal como forma de defensa. “Nuestra fuerza reside en el grupo, en nuestra capacidad de cooperar”. La estrategia que ha asegurado nuestra supervivencia es la sociabilidad. “Nuestra acusada sociabilidad ha sido seleccionada por la evolución”. De esta forma, “la empatía y la confianza tienen un valor de supervivencia”. Por lo tanto, abandonarla constituye una amenaza real para la supervivencia del ser humano.
Uno de los factores que amenaza directamente dicha naturaleza interdependiente es el estrés psicológico crónico. Con ello “el envejecimiento celular se acelera”. El psicólogo Arun Mansukhani afirma que, “la mayoría de los estresores que afectan a los seres humanos son de naturaleza interpersonal”. La gente acude a las consultas psicológicas por problemas en la calidad de sus relaciones, no por cuestiones económicas o hipotecarias. La gente sufre, enferma e incluso muere por las relaciones y por el estrés generado por la dificultad para establecer relaciones sanas, tanto consigo como con las demás personas.
Que la dependencia sea un rasgo fundamental de la naturaleza humana significa que ésta tendrá diferentes manifestaciones según el período evolutivo. En otras palabras, la dependencia cambia a lo largo de la vida. La dependencia progresará desde una dependencia vertical hasta una dependencia horizontal, pasando por una fase de autonomía. En este sentido, Arun Mansukhani entiende la autonomía y la dependencia (sana) como las dos caras de una misma moneda. Para tener una dependencia sana, un individuo debe ser plenamente autónomo. Aquellas personas que no hayan podido desarrollar la capacidad para ser autónomas, están abocadas a tener relaciones insanas, bien por exceso de dependencia, bien por defecto (contradependencia). Ambas son formas inmaduras de dependencia, es decir, que en la dependencia adulta perviven aspectos de la dependencia infantil. Este tipo de relaciones adultas no llegan a ser horizontales, sino verticales, bañadas por un problema de poder. En este caso la inmadurez hace referencia a la dificultad o incapacidad de desarrollar la intimidad emocional, debido a un reparto desigual entre el poder que es ejercido mayoritariamente por una de las partes.
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