ocaso

Ideología de género y amor romántico en relaciones heteronormativas

 

En la actualidad el concepto de ideología de género posee una serie de connotaciones negativas y peyorativas, utilizadas por sectores de la sociedad que se oponen radicalmente a entender el género como una construcción sociocultural, generando una confusión entre el sexo, definido claramente por la periodista británica Caroline Criado-Pérez en su libro La mujer invisible como “las características biológicas que determinan si un individuo es hombre o mujer”, y género entendido como “los significados sociales que imponemos sobre estos hechos biológicos, el trato que reciben las mujeres por la percepción que se tiene de ellas”.

Con este término, utilizado como instrumento político, se pretende desprestigiar la lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y el fin de la discriminación de la mujer, en particular en las esferas pública y laboral. Uno de los hechos más sorprendentes es la proyección del término ideología a la lucha por los derechos civiles y humanos que pretenden acabar con dicha situación. Cuando en realidad la verdadera ideología de género nos la aporta el patriarcado con su invención de masculinidad como ideal y feminidad, en tanto que error de la naturaleza o “desviación típica”[1]. Un sistema de dominación según el cual, a la mujer, por naturaleza le corresponde un lugar subordinado al hombre, en donde éste es el ser humano por defecto y la mujer, sigue siendo el segundo sexo. En esta concepción, la mujer es conceptualizada y tratada como una desviación y así nos lo hacen saber la falta de datos relativos a estudios sobre medicamentos, enfermedades, riesgos laborales, arqueología, mecánica del automóvil, informática, filología, historia, la ciencia, filosofía, transportes públicos…

En los años 60 se inició en Occidente toda una serie de movimientos por los derechos civiles que entre otras cosas reivindicaban la desaparición de la discriminación y la segregación en base a la raza, otra construcción social y cultural sustentada en supuestas diferencias biológicas. Este gran movimiento se concretó en una larga lucha para extender el acceso pleno a los derechos civiles y la igualdad ante la ley, a grupos minoritarios, en particular la ciudadanía afroamericana. En definitiva, se pretendía la igualdad de oportunidades para minorías. Si bien esta lucha tuvo una gran oposición, que aún hoy perdura, en ningún momento se acuñó un término similar (al de ideología de género) como por ejemplo ideología de raza, para invalidar este movimiento como el que se ha fabricado en la lucha por la visibilización de la mitad de la población mundial y la igualdad de oportunidades para con esta mitad de la población.

Aplicar el término de ideología de género al patriarcado nos parece adecuado y apropiado sobre todo teniendo en cuenta el desarrollo del concepto de ideología ampliamente aceptado por las ciencias sociales durante el siglo XX. Dicho concepto se refiere a un conjunto de creencias subyacentes a las representaciones sociales, en general compartidas por grupos sociales. Para el filósofo italiano Antonio Gramsci no deja de ser una visión deformada, ya que dicha concepción se cimenta sobre relaciones de poder. Dentro de este contexto se construyen tanto los espacios como las normas y quienes pertenecerán a ellos y qué personas serán excluidas de los mismos. La constitución de la dicotomía generada por el sistema capitalista de espacio público y privado, se hizo de tal manera que el privado fue otorgado a las mujeres y el público a los hombres, en mutua exclusión. Como nos lo explica bien la psicóloga Blanca Velázquez Torres “El estado moderno liberal impuso en su constitución ideologías que garantizaran el sostenimiento de las nuevas condiciones y necesidades familiares colocadas en el ámbito privado” Y una de esas ideologías “remitiría a las relaciones íntimas y amorosas”. A tal propósito se requería “un modelo de amor incondicional que tolerara las adversidades, el cansancio y los hartazgos que pudieran producir las actividades de cuidado familiar; quehaceres que en responsabilidad y ejecución de una sola persona requieren dedicación absoluta y sin horarios, por lo cual también se les quitó la categoría de trabajo para que no se pretendiera pago alguno por su realización”. Así pues, la ideología del amor romántico no solo apuntalaba los intereses del recién nacido capitalismo, sino que perpetuaba las desigualdades y los desequilibrios en los roles de ambos géneros, que perduran hasta hoy.

El giro neoliberal de las últimas décadas del siglo XX ha supuesto igualmente una modificación más coherente de la ideología romántica del amor. De esta forma éste se ha reconstituido y refuncionalizado partiendo de la libertad en la elección de la pareja por amor, hasta finalmente convertirse en un producto más del mercado de toda una industria cultural alrededor del amor romántico: rituales como el de san Valentín, bodas, viajes de luna de miel. Prácticas todas ellas que implican consumo y gastos extraordinarios calificados como tradiciones e indispensables al amor. Los medios de comunicación han contribuido enormemente a la vulgarización de esta forma de amor, en particular la industria del cine, en la cual Hollywood ha jugado un importante papel.

El significado del amor romántico también ha sufrido esa disociación siendo éste diferente según el género. Así, el concepto del amor romántico no parece significar lo mismo en hombres que en mujeres; las relaciones de poder y la ideología parecen constituir el telón de fondo. Una de las fundamentales es la constitución de la mujer como objeto de deseo (sexual), dependiente de las necesidades de los demás. En la construcción de identidades y subjetividades, la afectividad sigue perteneciendo al ámbito de lo femenino y la sexualidad al ámbito masculino. El hombre llega al afecto a través del sexo y la mujer llega al sexo a través del afecto.

La revolución tecnológica sufrida en las últimas dos décadas, no parece reflejar mayores cambios en la identidad genérica. Sigue siendo desventajosa para la mujer. A pesar de los cambios sufridos en estos últimos 30 años, las problemáticas observadas en la práctica clínica siguen siendo esencialmente las mismas: identidades genéricas hegemónicas: mujeres que aman demasiado en forma maternal y codependiente y hombres que “aman desde la demostración de la potencia sexual infinita materializada en la infidelidad, demostración que su masculinidad les exige” (Velázquez Torres, 2021).

En la película “Atlas de geografía humana”, versión cinematográfica del libro de Almudena Grandes, se ve claramente la vida de cuatro mujeres que buscan el amor de formas diferentes. Los hombres con quienes se relacionan son infieles sin mayores remordimientos. Juegan con las emociones de ellas para obtener lo que les interesa: sexo aparente y mayormente, pero más adelante se ve que necesitan apoyo emocional.

Mujeres económicamente independientes, realizadas laboralmente, pero con el mandato hegemónico del amor romántico grabado a fuego y persiguiéndolo hasta la humillación en ciertos momentos. Mujeres criando la su progenitura solas; de facto monoparentales.

Tenemos a Rosa, una mujer casada que funciona como mujer monoparental, todoterreno que parece más una secretaria y organizadora de eventos. Multifunción. Y así se lo refleja su marido, el cual, pasa casi de todo, colocándole toda la responsabilidad a ella. Llama la atención que en los preparativos para su viaje de trabajo a Suiza ella recurre a todas sus amistades actuales y pasadas para organizarse porque uno de los vástagos tiene fiebre. No recurre a su marido, el cual protesta por el viaje y le dice que él no puede encargarse de la cría porque iba a tener un día horrible. Cuando ella le pide el divorcio, él se queda sorprendido, ya que le manifiesta estar bien y que pensaba que los dos estaban bien. El tipo no da crédito a su demanda. Se enamora de un fotógrafo casanova, Nacho, casado y que la ningunea además de expresar claramente que las mujeres no son muy creíbles. En la película ella se engancha tanto que llega a espiarlo. Finalmente, se da cuenta de su patética situación y decide desengancharse. Es cuando él vuelve a ella una vez más en esa especie de espiral tóxica de ahora sí, ahora no. Pero el comienzo de su encuentro es revelador. Veamos un extracto del diálogo. El contexto es que él le propone ir al centro histórico para que le concrete qué fotografiar y ella expresa su deseo de comer algo porque está hambrienta.

Rosa: Muy bien pero después de cenar si te parece. No he tenido tiempo de comer y estoy hambrienta.

Nacho: Me hace mucha gracia como anunciáis las mujeres que tenéis hambre

Rosa: A sí! Y por qué?

Nacho: No se… suena un poco como.. como a juego… como…no se… no me lo acabo de creer nunca del todo

Rosa: ¿Y cuando un hombre dice que tiene hambre?

Nacho: Entonces sí que me lo creo. Los hombres hambrientos solo piensan en comer. Las mujeres hambrientas pueden comer, pueden pensar, pueden hablar de otras cosas al mismo tiempo

Rosa: ya, ya….

Mientras Rosa busca señales en Nacho de que se interesa por ella, Nacho la utiliza a su antojo.

Ana, una mujer que se casó pronto y crió prácticamente a su hija sola. Su exmarido, un hombre egocéntrico, artista frustrado al parecer, la sentencia a no poder vivir con otro hombre que él. Muestra desprecio por Ana, pero al final, pretende volver con ella, por soledad parece ser. Ella prefiera a su amante casado por el que apuesta a pesar de las decepciones por esta condición. El primer encuentro entre ellos fue más bien un desencuentro en el cual, él le monta una bronca en la que le acusa de falta de rigor, por haberse comportado como él lo había hecho anteriormente: laboralmente competitiva.

Fran, una mujer que vive con su marido, infiel en serie. Ello lo sabe y lo tolera.

Marisa, tartamuda, no soporta su soledad y vive por procuración las historias de sus amigas. Desesperada por un hombre, se queda con Torito, alcohólico, que arrastra su fracaso con dignidad. Se la dibuja como una mujer desesperada por un hombre.

Mujeres enganchadas, dependientes, codependientes a hombres que nos les dan su lugar, salvo uno. Siguen cumpliendo su rol a rajatabla. Versiones posmodernas de la bella y la bestia.

 

 

 

 

 

[1] Desviación típica o estándar en estadística se denomina a la desviación media de una variable respecto de su media aritmética.

 

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