El pensamiento positivo representa una corriente de moda, basada en una actitud que evita dejar que las circunstancias externas influencien el estado de ánimo. Se trata de una actitud –tildada de positiva- según la cual nuestros pensamientos definen nuestro estado de ánimo, independientemente de lo que ocurra alrededor. Desecha todo lo negativo, dejando solo lo positivo.
Desde un punto de vista de la psicología científica, el pensamiento positivo incurre en falacias porque carece de rigor. Aún no hay evidencias científicas sobre la influencia de los procesos cognitivos en el cerebro humano. Si bien la psiconeuroinmunología está desarrollándose desde hace unos treinta años, esta forma de autocontrol aún es más un deseo que una realidad.
Desde esta perspectiva desiderativa, el llamado pensamiento positivo constituye en sí una forma de pensamiento conocida como pensamiento mágico que se define como una forma de pensar y razonar basada en supuestos informales, erróneos o no justificados de tipo sobrenatural, la cual genera creencias erróneas carentes de fundamento empírico. Como consecuencia el sujeto atribuye relaciones causales a sucesos que no están conectados entre sí.
A modo de paréntesis aclaratorio, señalaré que el epistemólogo y biólogo suizo Jean Piaget afirma que el pensamiento mágico es una manera de pensar propia y natural en infantes entre 2 y 7 años de edad, correspondiendo a la fase evolutiva preoperacional en el desarrollo evolutivo del ser humano. Esta fase se caracteriza por un pensamiento simbólico, mágico y egocéntrico, dando lugar a una visión fantástica del mundo. A este período evolutivo, le seguirán otras dos fases –período concreto y período de las operaciones formales-, completando así el desarrollo gracias al cual, el pensamiento mágico será remplazado por el razonamiento lógico adquirido en la última etapa. Por último, quisiera especificar que la fijación en esta etapa -la utilización del pensamiento mágico en edad adulta-, ya sería considerado una distorsión cognitiva con consecuencias desdaptativas para el adulto.
Cerrado el paréntesis, el mantra del pensamiento positivo “piensa en positivo y lo positivo vendrá a ti” tal y como bien lo deja claro la bióloga Barbara Ehrenreich en su libro “sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo”, es fundamentalmente magia, práctica definida como arte con el cual se pretende producir resultados contrarios a las leyes naturales. Esta forma de pensamiento es muy característico en religión, sectas, metafísica, autoayuda… un pensamiento calificado de esotérico, en cuanto que se oculta a los sentidos y a la ciencia, y al que solamente resulta accesible a través de la creencia.
Desde un punto de visto psicológico, se trata de la creación de mundos inadaptados que generan ensoñaciones fantásticas, tratando de compensar las dificultades reales fruto de la impotencia para generar auténticos cambios en la realidad social y cultural.
Uno de los errores tanto empírico como metodológico de este pensamiento positivo ha sido trasladar la técnica de la visualización utilizada en el deporte, a ámbitos ejecutivos y empresariales. De esta manera, muchos deportistas y entrenadores deportivos comenzaron a extrapolar la visualización de la victoria o al menos del buen resultado antes de jugar un partido, al mundo de los negocios, con el objetivo de fomentar resultados en abstracto. Estas figuras del deporte pronto pasaron de ser entrenadoras a asesoras y coach, inculcando a muchas personas, particularmente ejecutivas, una actitud competitiva y ganadora.
Otro error ha sido el de imbuir a esta técnica de una espiritualidad de autoayuda new age; de un halo de esoterismo mágico por el cual pensar la realidad es igual a producirla. Este tipo de prácticas metafísicas –como se las conoce popularmente- tiene un inconfundible parecido con diversos tipos ancestrales de magia y prácticas rituales, según la autora.
En definitiva, el pensamiento positivo viene a ser un tipo de magia mental, a menudo acompañada de alguna meditación o visualización como ritual, favoreciendo así su interiorización.
Las personas que han divulgado esta ideología lo han hecho atribuyéndole un carácter científico, lo cual ha contribuido enormemente a su expansión. Ahora bien, el supuesto carácter científico que acompaña a este pensamiento se debe a que las personas que lo han “construido”, lo han cimentado sobre conceptos extrapolados de la física cuántica como la fuerza de la gravedad –que vincula la masa de dos objetos con su aceleración- y el principio de incertidumbre, entre otros. Dichos principios cuánticos –de manera resumida y un tanto burda- vienen a decir que la mente da forma al objeto que percibimos. De ahí, dan un gran salto metodológico generando la conclusión de que nuestra mente está creando constantemente el universo y por supuesto, el ser humano está completamente capacitado para crear la vida y el mundo… que quiera. Esto ya roza el delirio.
Estos principios de la física cuántica erróneamente aplicados al proceso cognitivo de pensar convierte a los pensamientos en ondas y vibraciones –entre otras nociones- con cualidades magnéticas –positivo, negativo-. El mensaje que vehicula esta “filosofía metafísica” es liberar al ser humano de su condicionamiento social y cultural, convirtiéndolo en un conjunto de ondas y vibraciones.
Murray Gell Mann, premio nobel de física calificará todas estas ideas de “chorradas cuánticas”. En definitiva, lo que cuentan de la física cuántica en el pensamiento positivo poco o nada parece tener que ver con la verdadera física a ojos expertos.
La ciencia, como la mayor parte de las interacciones humanas, depende del acuerdo al que lleguen l@s científic@s; consenso difícil de conseguir en un mundo en el que todo vale y en el que es verdad lo que tú decidas que es verdad.
El mundo de las personas positivamente pensantes es un mundo ideal, perfecto, idílico, en donde los sueños se cumplen por sí solos. Un mundo, eso si, interconectado en donde los seres humanos se comportan como partículas atomizadas. Pero desde un punto de vista psicopatológico, se trata de un mundo enfermo en el que la realidad no tiene cabida y eso porque sin negativo, no hay positivo. Lo que realmente se crea en este mundo es una ficción de “un mundo feliz”.
Dicho todo esto y desmintiendo la premisa fundamental del pensamiento positivo que, por otra parte tanto daño ha generado, todas las emociones y todos los sentimientos, son fundamentales y necesarios para el desarrollo humano. Todos y cada uno de los sentimientos tienen naturalmente una función básica: la de orientarnos en la realización de nuestros deseos y en la satisfacción de nuestras necesidades. Sin necesidad de connotar los sentimientos moralmente o pseudocientíficamente, diremos que los sentimientos placenteros indican necesidades satisfechas y los sentimientos aflictivos, indican necesidades no cubiertas. Así pues, los sentimientos aflictivos nos ponen sobre la pista de bien definir qué necesidades no están siendo satisfechas, permitiendo de esa forma explorar posibles nuevas herramientas para la satisfacción de necesidades, previo análisis de los resultados obtenidos.
Por lo tanto, escuchar las emociones y sentimientos tanto placenteros como aflictivos será una parte importante del desarrollo humano y de la educación emocional. Para ello, resulta importante aprender a observarnos –y escucharnos- con atención para poder identificar conductas y situaciones que nos afectan y cómo nos afectan. En consecuencia, resulta necesario dedicar un tiempo y un espacio a las emociones y sentimientos como en todo aprendizaje.
Descartar los sentimientos aflictivos sería como ignorar señales de avería en caso de algún aparato técnico, o ignorar síntomas en alguna enfermedad. Irá a peor.
La eliminación de los sentimientos negativos resulta ser una forma de violencia hacia el ser humano, puesto que se le está forzando a ir en contra de su propia naturaleza.
En terapia psicológica, los sentimientos aflictivos se explicitan porque son los que conectan con necesidades no resueltas que están inconscientemente condicionando la vida, las acciones, las elecciones, generando así una calidad de vida enfermiza y sintomática –fobias, ansiedad, depresión-; un malestar que resta porque desconecta y disocia al ser humano de sí mismo, alienándolo.
La terapia en psicología no es un proceso relacionado con lo mental, con el pensamiento, con los procesos cognitivos, sino con un proceso emocional y sentimental. La terapia aborda el desarrollo de la inteligencia emocional, una inteligencia aplicada al mundo de las emociones y los sentimientos para dirigirlos y equilibrarlos, generando un mayor autocontrol y eliminando la reactividad.
La psicoterapia y la psicología pretende rehumanizar al ser, conectándolo con aquellas dimensiones intersubjetivas de las que se ha desconectado, rompiendo así el reduccionismo mental. En lo que concierne al pensamiento positivo, más que dejar de lado las emociones y los sentimientos mal llamados negativos, la psicoterapia los incorpora como un sistema de posicionamiento global –GPS- de la vida, encuadrándolos en un nuevo contexto –técnica de reencuadre- que permita una orientación realista.
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