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Un TikTok de lava

 

Recostada sobre mi flanco izquierdo, abrí uno de mis párpados, pero no del todo, sólo un poco, lo justo para comprobar que ella seguía sumergida en sus sueños más recónditos, inmersa en esa tercera capa de profundidad que tanta coba se le dio en Inception

 

Sabía que estaba traspuesta cuando asomaban unas pequeñas y delgadas pompas de saliva de entre sus labios, entreabiertos, siempre acompañados de una respiración acompasada, con una cadencia matemática casi envidiable. Cuando empezamos a vivir juntas, me parecían graciosas, y hasta adorables. A día de hoy, siento asco ante ese espectáculo de espumarajos pero, lo verdaderamente importante es que, cuando lo hace, sé que es el momento exacto para, con mucha delicadeza -tanta como la que emanaba de los abrazos de nuestros primeros cuatro años de relación-, levantarme de la cama y salir de la habitación, cerrando la puerta tras de mí, con toda la suavidad y sigilo que podía. Lo hacía de puntillas, tirando ligeramente hacia arriba de los pantalones del pijama para descubrir mis pies y no resbalar, un gesto similar al de Bruce Lee cuando afrontaba un combate sólo que, él lo hacía para encarar y yo para huir. Por alguna extraña razón que aún desconozco, toda esa parafernalia la hacía apretando la mandíbula hasta los topes. Sentía que era más silenciosa de esa manera.

 

Me movía a oscuras por la casa, no era conveniente encender las luces, podría despertarse. Además, conocía perfectamente cada rincón, cada azulejo, al milímetro. Si tropezaba con algún objeto, sólo necesitaba tocarlo ligeramente con las yemas de mis dedos para reconocerlo, dejarlo a un lado, y seguir mi trayectoria. Muchas personas pensarían que reptaba entre las sombras para visionar algún vídeo de Mía Khalifa o algo parecido, pero la realidad siempre supera a la ficción: Sólo podía trabajar durante la madrugada.

 

Antes de empezar, visitaba la cocina para saciar esa hambre permanente que me persigue cada vez que a Bárbara le tocaba preparar el almuerzo. Ella, presumía de comer ensaladas y de lo saludable que son pero, con el tiempo, descubrí que simplemente evitaba cocinar. Prepararlas, no conlleva ningún esfuerzo, todas lo sabemos; con una cama de lechuga y la apertura de dos latas de atún, resuelves. 

 

Con el plato repleto de galletas Dinosaurus, me senté en el escritorio, encendí mi querido e inmaculado Mac y abrí Page, su procesador de textos. Me costaba muchísimo no sonreír de satisfacción en esos momentos al escuchar su sonido tan característico. Únicamente necesitaba del ordenador para mi labor, y de algo de música para aclimatarme, generalmente heavy clásico, en la onda de ese maravilloso Afraid to Shoot Strangers de los Maiden.

 

Tanto Bárbara como yo, habíamos decidido no disponer de ciertas comodidades en la casa, para evitar distracciones. Carecíamos de Internet, televisión, teléfono o cualquier otra cosa que se le pareciera. Estábamos completamente aisladas. Aquel paraje a las afueras de la civilización, situado en el corazón de la montaña, tenía la atmósfera adecuada para terminar las últimas páginas de mi libro. Posiblemente, acabara esa misma noche. Sólo unas letras separaban a mis hojas del editor.

 

Aspiré profundamente, todo lo que mis pulmones de fumadora permitieron, puse mis manos sobre el teclado, imitando a Nacho Cano en sus años mozos, y me dispuse a terminar las frases finales de mi obra, o eso intenté, porque no se me ocurría absolutamente nada memorable para el cierre. No aparecía un remate con suficiente gancho para acabar, ese párrafo que quede grabado para siempre en la retina… Y en ese preciso momento, mientras miraba a la nada en busca de un algo, como si el vacío tuviera una respuesta a mi ausencia creativa, se produjo una gran sacudida bajo mis pies, muy parecida a esas otras de días anteriores a las que no presté mucha atención. Canarias es un terreno volcánico, así que no hicimos mucho caso pero, este meneo, era bastante distinto a los anteriores, más intenso y profundo. Un extraño sonido hizo acto de presencia algunos minutos después, poniendo la banda sonora a lo acontecido. Sonaba como los redobles de un tamborilero del infierno -si es que allí los hay-, con una afinación grave, lejana y entrecortada. El epicentro del fenómeno tenía que encontrarse cerca, el estruendo era muy nítido. Me levanté de la silla y salí inmediatamente al jardín para intentar entender qué estaba pasando. Sólo necesité de unos segundos. A unos cincuenta metros frente a mí, una lengua de lava incandescente bajaba por la ladera, a una velocidad de vértigo. Detrás de la casa, un acantilado, a los lados, riscos por doquier, no había ninguna escapatoria, era mejor no despertar a Bárbara. Con suerte, moriría sin enterarse de nada. Miré atentamente durante minutos cómo ese fuego líquido abrasaba y soterraba todo a su paso, petrificada, perpleja, sumida en un estado entre miedo y admiración. ¿Quién coño iba a pensar que pasaría esto? Me sentía ridícula. Había insistido en comprar aquella casa, y en separarnos del mundo, de vivir exiliadas. Me costó un mundo convencer a Bárbara para tener este estilo de vida. Quería ser alguien, una escritora importante, e imité algunos comportamientos excéntricos de los que sí lo habían sido y allí estaba, a punto de morir y con un único libro no-publicado, sin terminar. 

 

Ilustración: Delioma Herquin

 

De repente, apareció esa inspiración ausente durante días. Giré sobre mí misma, corrí hacía el escritorio, rebusqué en ese cajón desastre donde meto todos los objetos que no sé dónde colocar, y allí estaba: El smartphone de las urgencias. Cogí el móvil, volví al exterior, lo encendí por uno de sus laterales y entré a mi perfil de Tik Tok, inactivo durante meses. Tenía el tiempo justo para publicar el pequeño vídeo vertical que se me había ocurrido:

 

«¿Ven eso tras de mí? Esa lava me va a sepultar, no tenemos escapatoria. En unos minutos, moriré. Por favor, piensen un final digno para mi libro, entre todos podremos terminarlo. Entreguen mi disco duro al editor, ahí está todo el material. Lo dejaré en el sótano, bajo tierra, intentaré protegerlo. Considérenlo un reto, un Challenge: #LibroChallenge.»

 

En cuestión de segundos, millones de corazones y comparticiones invadieron esa plataforma china tan de moda. No podía evitar mirar la pantalla, ni cómo se incrementaban los resultados de mi publicación. Por esa misma razón quise aislarme, era una puta yonki de las redes sociales. Durante un breve instante, recordé mi viaje a Pompeya, y a todas aquellas personas que vi, enterradas en ceniza, sorprendidas por el Vesubio, con poses ridículas e, incluso, masturbándose. Mi caso sería distinto, yo sucumbiría por la lava, no abrasada por una nube infernal, pero aún así, quería desaparecer con estilo así que, solté el teléfono, puse las manos en mi cintura, en jarra, y dejé que todo ocurriera, con naturalidad. La fragancia de mi carne quemada, mezclada con el hedor a azufre, era embriagadora. La lava cubrió todo mi cuerpo pero mi sonrisa se mantuvo intacta.

 

El dolor pasó desapercibido ante aquella explosión de serotonina, producida por millones de pulgares desconocidos y un reto viral completamente desatado. Por fin había conseguido ser alguien.

 


 

Sobre la ilustración:

 

La ilustración que acompaña a este post es obra de la grandísima Delioma Herquin que, además, ha querido regalarnos estas palabras:

 

«Esta imagen es mi humilde aportación a la causa de @artistasconlapalma y @sabelabar que es donar mi obra para recaudar fondos para los afectados en La Palma, por favor acude a dichos perfiles y podrás obtener la info de cómo proceder a ayudar, a cambio podrás tener esta ilustración.»

 

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