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Museos recónditos

Hace unos años, mientras exploraba Lisboa, decidí guardar mi mapa en mi cartera de cuero y perderme en busca de alguno de esos pequeños museos que suelen ocupar los bajos de vetustos caserones que milagrosamente aún permanecen en pie. Usé mi instinto como brújula, que en aquella tarde de lluvia me guió en mi expedición a través de un laberinto de callejones donde mis huellas de turista se transformaron en los pasos de un decidido explorador que resonaban en las desconchadas paredes de aquellas calles estrechas y mojadas con ropa tendida y flores en los balcones. No tardé en encontrar lo que buscaba. El edificio cumplía la norma, se caía a pedazos. Las ventanas estaban cerradas y el único rastro de vida se encontraba en la planta baja. Un local pequeño, atiborrado de cosas, donde aún ejercía un anciano artesano. Era un taller de encuadernación. Colecciono libros antiguos, poseo una pequeña biblioteca con curiosos ejemplares que van desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, y encontrar este lugar donde aún se encuadernaba usando las mismas técnicas que hace cientos de años fue todo un descubrimiento. El amable artesano me enseñó ejemplos de su trabajo, preciosos volúmenes encuadernados en piel con letras y filigranas en oro decorando los lomos. Las herramientas sobre la mesa de trabajo, los distintos tipos de piel, la prensa de encuadernado… Había aprendido el oficio de su padre y éste a su vez del suyo. Varias generaciones haciendo el mismo trabajo que hoy quedaba reservado a quien pudiera pagarlo, a quien deseara tener algunos libros como los que se hacían antaño. El precio no era nada desorbitado, teniendo en cuenta la técnica y el don que este señor tenía en sus manos.
Aún quedan recónditos museos por descubrir en las calles de muchas ciudades. Apenas tienen visitantes y no aparecen en las guías culturales. Son espacios reservados, con encanto, auténticas cápsulas temporales que atesoran los vestigios de muchos de los oficios que han ido desapareciendo en pro de la modernidad.
Pero no hace falta viajar a Lisboa para encontrar estas huellas del pasado. En Las Palmas no necesito mapa, la conozco como la palma de mi mano y aún así, a veces, me dejo llevar por el instinto y si tengo suerte encuentro un museo escondido en los bajos de un antiguo edificio que se está cayendo a cachos. Guardo en mi cuaderno de bitácora unas cuantas direcciones, unos pocos artesanos que ya no están en activo, pero que conservan sus talleres intactos, detenidos en el tiempo… como un testigo de un pasado que ya no volverá; auténticos museos para unos pocos privilegiados. La mayoría se condensan próximos a la orilla del Guiniguada, a un lado y al otro, aunque mi último descubrimiento está algo más alejado. Es necesario dejar atrás Vegueta subiendo por la Plaza de Santa Ana, atravesar la ahora imaginaria portadilla que marcaba el límite de la ciudad antigua y caminar por el Paseo de San José. Hace cien años y hasta hace unas pocas décadas, quien buscara un carpintero amañado, un experto relojero o un curioso zapatero lo encontraría sin duda en este barrio. El comerciante de Triana y la elegante dama de Vegueta venían en busca de los expertos artesanos que tenían en San José sus talleres, y que según cuentan, había uno a cada una docena de pasos. Hay en el paseo una casa en muy mal estado, debe ser de las más antiguas, tal vez tenga más de doscientos años. Encontré la puerta entreabierta, pedí permiso y una voz grave me invitó a entrar. El suelo hidráulico gastado por el tiempo, muy por debajo de la acera, llamó mi atención. Tras un antiguo mostrador lleno de objetos desperdigados, había como no, un anciano leyendo la prensa y tras echar un rápido vistazo me di cuenta de que estaba en el taller de un zapatero. Me presenté y mostré mi interés por el lugar. El caballero dejó el periódico sobre la mesa y comenzó a contarme la historia que había quedado detenida entre aquellas cuatro paredes. Don Ángel había nacido en 1932, y ya su padre ejercía de zapatero desde mucho antes. -¡Aprendí el oficio de mi padre!- me dice mientras me enseña un montón de raras herramientas colgadas en la pared con los mangos de madera muy manoseados. -Empecé de niño haciendo recados, luego aprendí a hacer zapatos.- Detrás de él una enorme vitrina llena de hormas de madera. Me sigue contando y yo voy reteniéndolo todo, mientras observo una antiquísima máquina de coser alemana con los pies de hierro forjado. El anciano me señala un hueco en la pared, allí hay un montón de fotografías que según me dice, tienen más de ochenta años. -El que está al lado del cura es mi padre.- exclama con los ojos mojados de nostalgia. El zapatero es un libro abierto, y me cuenta cómo ha cambiado todo. Cuando él era pequeño no había agua corriente ni electricidad, tomaban el agua de una acequia que discurría por el paseo y de un pilón que había en la calle de la horca, muy cerca del árbol del responso.
-Cuando alguien quería unos zapatos hechos a medida, venía aquí a buscarlos.- así sucedía con todos los gremios de artesanos que trabajaban en este barrio. Todo ha cambiado tanto… si hoy queremos unos zapatos vamos a un centro comercial a comprarlos, pero no tienen la calidad ni el encanto de un producto hecho a mano.
-¡Ya no quedan zapateros como los de antes!- me dice antes de que me marche. Yo le digo que voy a escribir lo que me ha contado. Levanta la mano y me dice sonriendo:
-¡Zapatero a sus zapatos!-
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