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Viajar en el tiempo

Si viajar en el tiempo fuera posible y pudiera elegir una ciudad y una época, elegiría sin dudarlo Las Palmas en el último cuarto del siglo XIX.

Lo primero que haría sería dar un buen paseo por la ciudad, y una vez saciada mi curiosidad, iría a conocer al comerciante al que investigo desde hace años. Me presentaría en el establecimiento de Roque Hidalgo, en Triana, como un cliente más, y después de observar el contenido de cada vitrina y oler el café y la canela que trae de ultramar, pediría al dependiente una caja de plumillas, un tintero de la marca Paul Strebel y un cuaderno con el lomo marmoleado fabricado en París.

Pagaría con antiguas monedas de plata adquiridas en anticuarios de aquí, y luego pediría entrevistarme con el señor Hidalgo, con la excusa de comprar un billete para ir a Cuba. Logicamente iría vestido acorde a la época, y para aparentar ser un viajero llevaría una maleta de mano, un saco de noche y una sombrerera. El dependiente avisaría al comerciante de mi presencia, y me haría pasar a la trastienda donde se encuentra su oficina.

Don Roque estaría sentado en su despacho con un hatillo de correspondencia sobre la mesa, la prensa del día y una bolsa de papel con un bocadillo que le habría preparado su mujer antes de salir de casa. Le estrecharía la mano y trataría de disimular la impresión que me produciría oir su voz, y ver en vivo el escenario que tanto he estudiado en una vieja fotografía. Su perro saldría a olisquear mis zapatos, y le preguntaría su nombre, despejando así una de las muchas incógnitas.

Puede que me invitara a una taza de ese té que él mismo importa desde Inglaterra. Si le dijera de dónde vengo y que he escrito un libro sobre él, pensaría que estoy loco. Ahora que lo pienso, nunca leerá “La máquina del tiempo” de H. G. Wells, que se publicará en 1895, tres años después de su muerte.

Tras exponerle mi ficticio deseo de viajar a Cuba, me explicaría el coste y los pormenores del viaje. Quizá luego me invitaría a salir con él y desde el callejón del Artillero, observaríamos la bahía y la esbelta silueta de ese vapor fondeado a lo lejos que me llevaría al otro lado del Atlántico.

Con un pie sobre el muro donde rompen las olas, me hablaría de las bondades del capitán y del buen trato que da a los pasajeros. Al ver mi aspecto impecable, me ofrecería un billete en primera clase con una rebaja en el precio, advirtiéndome, como buen comerciante que es, que no encontraré una oferta semejante en toda la ciudad.

Volveríamos a su escritorio y, tras pagar lo convenido, apuntaría mi nombre en una lista de pasajeros. Mientras el caballero escribe, buscaría en la vitrina que hay detrás de él los cuadernos que caerán en mis manos más de un siglo después. Luego volvería a mi pesar al presente, no sin antes recoger la esencia de Vegueta y de Triana para seguir escribiendo después. Si viajar en el tiempo fuera posible y pudiera elegir una ciudad y una época, ¿a dónde iría usted? 

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