El crimen de la cloaca

Lugar donde fue hallado el cadáver. FEDAC.

Corría el año 1900 y Las Palmas era una ciudad segura y pacífica donde se dormía con la puerta abierta sin que nadie temiera por su integridad o por sus bienes. Hasta que llegó el mes de noviembre y se produjo el hundimiento de una parte de la conocida como calle de San Telmo, entre la ermita y la esquina de Bravo Murillo, justo frente al Gobierno Militar. El socavón dejó al descubierto la cloaca y cuando los obreros intervinieron en su arreglo descubrieron en su interior un cadáver en avanzado estado de descomposición.

La noticia del macabro hallazgo conmocionó a la ciudad. El médico don Luis Millares Cubas fue el encargado de practicar la autopsia. Su informe decía que el esqueleto pertenecía a un hombre de mediana estatura, que presentaba heridas producidas por arma blanca y que probablemente se trataba de un súbdito inglés, por la calidad de la tela que vestía y sobre todo, por su sombrero de fieltro que tenía impresa la palabra “London”. 

La policía de Las Palmas tomó las riendas del asunto y comenzó a investigar. Los primeros indicios llevaron hasta un perro llamado Ralph que pertenecía a un inglés llamado Mr. Jones que se hospedaba en el Hotel Europa y que llevaba días desaparecido. Según algunos testigos, el perro había sido visto días antes frecuentando la cloaca donde apareció el cadáver, mostrándose inquieto y dando aullidos. 

Comenzaron a tomarse las primeras declaraciones, y dígame usted, querido lector, si todo lo que le he contado y lo que viene a continuación no es el andamiaje de una novela de misterio al más puro estilo de las de Sherlock Holmes.

El primero en prestar declaración fue Mr. Pavillard, amigo del tal Mr. Jones. La criada de Mr. Stewart, que se hospedaba también en el Hotel Europa, había visto a Pavillard y a Jones pasear juntos en los primeros meses de 1899. También los había visto asomados en uno de los balcones de la casa colindante, ocupada entonces por la Grand Canary Coaling.

La criada de Mr. Steward, Rosario Ruano, reconoció al perro Ralph, con el que jugaba en el jardín de la casa de las Alcaravaneras mientras el joven inglés visitaba a sus amos. Además añadió en su declaración ante el Juzgado que durante una temporada, al venir ella en el tranvía de las ocho, coincidía con el inglés, que regresaba del balneario de Santa Catalina portando una maleta y una toalla, y que se bajaba frente al Hotel Europa. El inglés lucía valiosos anillos en sus dedos.

Manuel Cabral declaró que el 31 de mayo de 1899, al pasar por la calle de Triana, vió abundante sangre sobre la acera. Observó también la presencia de Ralph aullando sobre la cloaca, y además unas huellas de sangre de unos pies desnudos. Dichas huellas partían de la esquina de la calle Buenos Aires trazando una diagonal y se perdían en el estadal. Mientras observaba la sangre, un joven tartanero llamado José Romero pasó junto a él, y le dijo: “No es nada amiguito, borracheras, ¡nada más que borracheras!”

Juan Victorino afirmó que poco después de descubrirse el esqueleto en la cloaca, en noviembre de 1900, se llevó al perro Ralph al Puerto de la Luz. Al pasar por la calle Triana, cerca de San Telmo, el perro corrió hasta la cloaca y comenzó a aullar. Al regresar del puerto venían en tranvía y al llegar al parque el perro saltó del tren y fue directo al lugar donde apareció el cadáver.

Otro llamado a declarar fue Ramón Pérez. Trabajaba como intérprete en el Hotel Quiney, y recogía  a los húespedes en el puerto y luego los acompañaba a embarcar. Un día acompañó a bordo de un vapor consignado a los Sres. Blandy Brothers, a los hermanos Juan y José Romero (este último es el tartanero que habló con Manuel Cabral) , que se fugaban a América quizá huyendo de quintas. Como no iban provistos de documentos ni de billetes de pasaje, se embarcaron disfrazados de marineros. Esto fue a mediados de noviembre de 1900.

Ginés Pérez, hermano del anterior y empleado del Quiney. A principios de 1899 fue intérprete del Hotel Europa, y recuerda que a principios de 1899 llegó un huésped inglés de unos 25 ó 27 años de porte distinguido y presencia agradable, bajo, rubio y poco robusto. Se le dió la mejor habitación del hotel, la que hacía esquina y cuyos balcones miraban a la calle Triana a Domingo J. Navarro. Vestía siempre pantalón de franela y americana, y sombrero oscuro que variaba frecuentemente. Lucía en los dedos valiosas sortijas, y venía con dos baúles, uno de ellos pequeño. Pasaba largas horas en su cuarto, asomado y hablando con otro inglés que se asomaba en una de las ventanas de la Grand Canary Coaling. Los vió pasear juntos, acompañado de un perro pequeño, blanco y con manchas oscuras. En abril de 1899 dejó el Hotel Europa y buscó alojamiento en otro sitio. En noviembre de 1900, una noche en la puerta del Quiney, acompañado de Juan Suárez y del sereno Pedro Alemán, un municipal les dijo que una persona cuya identidad no facilitó le había dicho que sabía quién era el muerto y los autores del crimen.

El jardinero del parque de San Telmo, Santiago Henríquez, declaró que había visto a un inglés bien parecido y dueño de un perro pasear por el parque.

Otro testigo contó que un día, José Romero, el tartanero, le anunció mientras tomaban unas cervezas que se iba a América para evitar el servicio militar. Que se iba fugado sin pasaje en uno de los vapores que pasaban por este puerto. El testigo le manifestó que se arriesgaba a que el capitán lo tirara por la borda, a lo que Romero contestó que eso no ocurriría porque llevaba una cartera con billetes de Banco.

Manuel Trujillo, maestro carpintero de rivera y conocido por su seriedad y honradez, declaró que una noche a finales de mayo de 1899, entre la una y las dos de la madrugada, se dirigía a su casa que se encontraba en el solar donde acababan de construir el hermoso palacio de Domingo Rodríguez Quegles, cuando al pasar por la acera del parque y al llegar a la esquina donde recientemente se había colocado un kiosco, se le acercó un hombre mandándole retroceder. Se negó rotundamente y de un grupo de hombres que se hallaba en el cruce de la calle Buenos Aires, se le acercó uno amenazándole si no retrocedía. El señor Trujillo retrocedió subiendo por el paseo de los Castillo. El testigo dijo que reconoció al primero que se le acercó y era el tartanero José Romero, y dijo que al día siguiente, al dirigirse a su trabajo, notó las manchas de sangre, y un amigo le dijo que la noche anterior había habido “trompadas”.

Corría el año 1900 y Las Palmas era una ciudad segura y pacífica donde se dormía con la puerta abierta sin que nadie temiera por su integridad o por sus bienes.

El perro Ralph quedó a cargo del Juez Ripoll, encargado del caso, hasta que se esclarecieran algunos datos. Luego fue entregado a los Sres. Miller. Se interrogaron a muchas personas, se detuvieron por error a otras tantas, pero nunca se supo quién o quiénes fueron los asesinos, y tampoco llegó a conocerse con claridad la identidad del asesinado.  Cuando se abandonó el caso la ciudad de Las Palmas ya no era la misma. La población había perdido parte de su inocencia, y los zaguanes comenzaron a cerrarse con llave al caer la noche. Una historia digna de convertirse en novela, ¿alguien se anima a escribirla?

Un comentario en “El crimen de la cloaca”

  1. Misterio e interés tiene de sobra el asunto. Gracias por el relato que nos retrotrae a un siglo atrás. Preciosa Historia, que no cuento. Un abrazo extensible a quien sabes.

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