Antigüedades Peregrina

A mediados de los noventa, cansado de hincar los codos en la biblioteca para aprobar la selectividad en septiembre, decidí hacer una pausa y fui a desayunar a una cafetería de la calle Peregrina.

Nunca fui un mal estudiante, pero en honor a la verdad he de decir que siempre arrastré las matemáticas. Con un montón de derivadas e integrales en la cabeza, me senté en la barra y pedí un sandwich y un zumo de naranja.

A mi izquierda había un taburete vacío que  pronto fue ocupado por un elegante caballero chapado a la antigua que pidió un café y se sumergió en las páginas de un periódico. Mientras desayunaba no hacía más que preguntarme para qué me serviría en el futuro tanta fórmula matemática si en realidad yo era de letras. Paré de cavilar cuando el caballero  dejó la prensa y comenzó a observar la montaña de apuntes que había junto a mi zumo. Acto seguido plegó el periódico y me preguntó qué estudiaba. Le dije que estaba preparando la prueba de acceso a la universidad y el hombre, que frisaba los setenta, sonrió con cierta nostalgia.

Me contó que había estudiado dos carreras, pero lo que le apasionaba de verdad era las antigüedades y hacía  unos años había montado una tienda justo al lado de aquella cafetería donde nos encontrábamos. Nos presentamos. Se llamaba Arturo Galofré de Pascual, y era anticuario. Insistió en pagar mi desayuno y acto seguido me invitó a conocer su negocio. Acepté su propuesta y salimos de allí rumbo a su comercio: Antigüedades Peregrina.

Atravesamos el umbral del nº 9  y descubrí un lugar lleno de magia repleto de objetos antiguos. Me presentó al dependiente, que en ese momento colocaba con cuidado unas piezas de porcelana en el interior de una vitrina, y me dijo que sentía predilección por la porcelana de Limoges, la mejor del mundo según sus palabras. Delicada, fina y bella.

Comenzó una visita guiada por aquella tienda, que más que tienda se me antojó un museo, y tras enseñarme algunas esculturas y viejos retratos nos paramos en un mostrador donde habían relojes de bolsillo, objetos de plata y sellos de lacre. Me enseñó uno muy bonito con el mango de hueso tallado en forma de sirena. Me contó que había pertenecido a un almirante de la armada inglesa y quedé fascinado.

Luego pasamos al patio y me dijo que entre aquellas paredes había tenido un negocio similar Néstor Álamo. Nos sentamos en la escalera de cantería que conducía a la planta superior y me confesó que vendía poco, pero cuando lo hacía daba el campanazo y con el dinero que conseguía mantenía su ilusión a flote. Tras una conversación interesante sobre los entresijos de la tienda, me acompañó hasta la puerta y me deseó suerte con los exámenes. Me dió la sensación de que le recordaba a él cuando era joven. Yo volví a la biblioteca y a las misteriosas integrales y derivadas. Llegó septiembre y aprobé la selectividad, luego el tiempo pasó muy deprisa y cuando volví a la Peregrina la tienda ya no existía. Jamás volví a ver a Arturo, pero dejó una huella imborrable en mí, y no sé explicar bien por qué. Una vez me encontré con el dependiente por la calle y le pregunté por él. Me dijo que había fallecido y lo sentí mucho.

En 2011 volví a recordar a aquel hombre mientras miraba porcelana en el mercado de pulgas de París. Hoy es 7 de septiembre de 2019, soplan vientos favorables y escribo este artículo desde aquella cafetería donde nos conocimos. El taburete que hay a mi lado está vacío. Quién sabe… quizá algún día tenga mi propia tienda de antigüedades, porque cuando se trata de cumplir sueños, mañana nunca es demasiado tarde.

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