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El sello de lacre

Las Palmas. Finales del siglo XIX. En la penumbra de una estancia de una casa solariega de Vegueta, un caballero oscila una barra de lacre granate sobre la titubeante llama de una vela. Tiene las yemas de los dedos manchadas de tinta negra, y sobre el escritorio reposa una carta doblada en forma de sobre que contiene deseos y esperanzas. Es una misiva para su amada. El lacre se derrite y gotea sobre el papel como si fuera su propia sangre. Saca su sello personal del bolsillo y estampa sus iniciales. Sopla para que se solidifique, y se la entrega a un criado que espera en silencio junto a la puerta con la mirada puesta en el suelo. Le ordena que coja su mejor caballo y que la entregue cuanto antes. El caballero, asomado a la ventana, ve alejarse al mensajero al galope, mientras cruza los dedos para que sus palabras no se las lleve el viento.

Buscando en los cajones de mi secreter una antigua moneda de plata, tropecé con un curioso sello de lacre que ya tenía olvidado. Era de pequeño tamaño y sorprendía por su peso. Se lo compré hace unos años a un anticuario que iba a cerrar el negocio por jubilación, y estaba liquidando toda la mercancía de la tienda. Suspendí la búsqueda de la moneda y me dispuse a analizar el objeto. Se trataba de una bonita pieza de metal de 63 gramos, y 3 cm de alto por 2 de ancho, que representaba unas botas sobre un pedestal profusamente decorado con motivos vegetales. Tenía un baño dorado que el tiempo fue cubriendo con una pátina oscura que impedía apreciarla en detalle. En la base aparecían de forma clara las iniciales grabadas en letra inglesa de su primitivo y misterioso propietario: “J. B. LL.”.

Decidido a retirar la suciedad adherida al objeto, me fui a la cocina a hervir agua, busqué papel de aluminio y sal, y sumergí la pieza en la mezcla. A los pocos minutos, las impurezas empezaron a subir a la superficie y el objeto comenzó a brillar en el fondo del recipiente. Esperé a que el agua se enfriara lo justo para sacarlo, y lo froté con un paño de algodón retirando los oscuros restos del baño de oro. No podía creerlo, estaba hecho en plata.

Sujetándolo entre mis dedos, comencé a divagar sobre lo que representaba, y llegué a la conclusión de que esos pies sobre un pedestal podían simbolizar que el propietario del sello estaba en una posición económica y social destacada. Probablemente un rico comerciante. Además estaba hecho para colgar. En el siglo XIX, era común en las clases acomododas llevar este tipo de sellos enganchados a la leontina del reloj, oculto en el bolsillo del chaleco o a la vista. Respecto a la identidad del propietario, es imposible averiguarla, pero un amigo al que le enseñé el sello me dió una teoría. Quizá la letra del primer apellido corresponda al apellido Botas, por ser estas las que reposan sobre el pedestal. Pero es solo una teoría.

En el pasado, los sellos de lacre jugaron un papel importante en la firma de documentos oficiales y en el envío y recepción de correspondencia privada. Cada sello llevaría el diseño único de su propietario, como un escudo de armas, un emblema, o como en este caso, unas iniciales. El sello de lacre tenía la misma validez que la que tiene hoy una firma. Su practicidad era aún mayor cuando la información era confidencial. Un sello de lacre intacto significaba que el mensaje no había sido leído ni alterado por el camino.

Las reformas postales y la fabricación de sobres pre-engomados llevaron a este tipo de objetos a un declive constante, hasta que ya dejaron de usarse entrado el siglo XX.

Un sello de lacre intacto significaba que el mensaje no había sido leído ni alterado por el camino.

Hoy en día casi toda la correspondencia se realiza electrónicamente. La carta escrita a mano, en peligro de extinción, seguirá siendo la forma más íntima y cercana de comunicarse, y hasta el día de hoy, no hay forma más bella de sellar una carta personal dirigida a alguien importante que con nuestro propio sello de lacre. En algún cajón del secreter guardo el mío, también en plata y de la misma época. Hace tiempo que no lo uso. Tal vez esté junto a la moneda que buscaba al principio. Seguiré mirando en los cajones de mi secreter.

 

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