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Fotografías al relámpago

Para hacerse una fotografía de estudio en el siglo XIX había que permanecer inmóvil ante el objetivo un largo periodo de tiempo. Hasta que Boissier implantó en Las Palmas las fotografías al relámpago. Hoy viajo al pasado para hacerme uno de esos retratos. Acompáñeme.

Las Palmas, 1883. Acabo de arreglarme la barba en la barbería de Ventura Estupiñán, en la calle del Cano, y huelo a Tónico Oriental, un crecepelos de dudosa efectividad exquisitamente perfumado. Mientras me afeitaba, un betunero ha lustrado mis zapatos y ahora puedo ver mis bigotes reflejados en ellos. Andaré con cuidado, porque aún hay muchas calles que carecen de adoquinado.

Las damas me miran y sonríen, y es que voy hecho un pincel. El traje que llevo es nuevo. Lo recogí ayer en un sastre inglés que tiene su taller en Triana. Se preguntará por qué voy tan distinguido. Voy a hacerme una fotografía al relámpago en el estudio de Alberto Boissier y Romero, en la calle Pérez Galdós.

Según la prensa, Boissier acaba de recibir nuevos aparatos fotográficos de patente americana, que tienen la virtud de grabar la imagen en un tiempo muy corto. Tanto es así que se ha especializado en fotografiar niños de corta edad, los cuales siempre salen movidos debido a su naturaleza inquieta.

Dicen que su sistema es tan bueno que cuando te quieres dar cuenta ya has sido retratado. Ya veremos. Además tiene precios muy buenos. Diría que son los mejores de la ciudad. Ya he llegado. En una vitrina en la entrada hay muestras de su trabajo, y me llaman la atención unas preciosas vistas estereográficas. Es un fotógrafo pictorialista, y dispone de evocadores decorados para usar de fondo en las fotografías.

Vengo con la intención de hacerme media docena de tarjetas de visita. Cuestan 20 reales de vellón, y se han puesto de moda. La gente las intercambia y las colecciona. Desde la sala de espera puedo ver en el estudio a una señora posando para un retrato a tamaño natural. Venían realizándose a 300 reales, pero ahora los tiene a 100. Me toca pasar.

Confieso que estoy algo nervioso. Me sitúo junto a una balaustrada y el experimentado fotógrafo corrige mi postura. Me coloca el sombrero y se preocupa de que la leontina de plata quede a la vista. Me dice que no me mueva y corre a ponerse detrás de su enorme cámara de cajón. Contengo la respiración y un fogonazo me deslumbra. Ya está.

Vuelvo a respirar y me da un resguardo. Mañana por la tarde estarán. Salgo a la calle aún cegado por el destello. Aprovecharé para dar un largo paseo por esta ciudad de 1883, y visitar a ese comerciante que llevo años persiguiendo. En este año el señor Hidalgo tiene su almacén en la calle Remedios. Al fin lo conoceré. La gente me mira. Normal. No todos los días va uno así de elegante.

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