Rubí, la joyería más antigua de Triana

En Triana cada vez quedan menos comercios con historia. La marea de la crisis se llevó a algunos de ellos. Otros no supieron adaptarse a los nuevos tiempos y perecieron. Así perdimos Rexachs, Oscar Ernst, Bazar Nueva York, Oriente… y otros tantos. Cada vez que uno desaparece, es sustituido al poco tiempo por una franquicia o una gran firma, perdiéndose un pedazo de historia, y si me lo permiten, de autenticidad. Pero el mercado obliga. Alguno queda de los viejos que resiste. Tal es el caso de la Joyería Rubí, en el número 54 de Triana.

Hoy me detuve frente a sus pequeños escaparates, y no creerán lo que vi tras los cristales: Estilográficas de los años 30, relojes de cuerda, de bolsillo y de pulsera, y una miscelánea de artículos en plata, entre pitilleras, cajas y figuritas. Todo de principios del siglo XX.

Pero lo que hay expuesto de cara a la calle es solo la punta del iceberg. Traspasar el umbral de Rubí es retroceder en el tiempo a los años 40, y ya saben lo que me gusta viajar a otras épocas. En el pequeño local hay cristal y madera por doquier. Preside la entrada un impresionante reloj de pie decorado con motivos chinescos, y en las vitrinas, protegidas por un precioso rodapie, hay infinidad de curiosos artículos. Entre ellos destaca una caja de buriles, engastadores y punzones de joyero, con esa pátina verdosa que solo otorga el paso del tiempo, y cuyo desgaste cuenta la historia de este antiguo comercio.

En el mostrador había expuesto un conjunto de monedas de plata, y llamó mi atención un real de a 8 de Fernando VII acuñado en 1821. En ese momento salió de la trastienda una señora. Me preguntó que si coleccionaba monedas. Contesté que sí, entre otras cosas. Me enseñó el real y me dijo que en el almacén guardaba lo más interesante. Siempre me han atraído las trastiendas de los viejos comercios, así que mostré interés. En su día tuve la fortuna de revolver en la de Rexachs. Sin pensarlo dos veces, la señora cerró la puerta de la tienda y me pidió que la siguiera. Cómo iba yo a recharzar una oportunidad como esa.

Pasamos al taller y lo primero que vi fue una pared repleta de minúsculas herramientas, y una antiquísima mesa de relojero atiborrada de sobres con encargos y relojes abiertos. Parecía que el artesano había salido un momento dejando el trabajo a medio hacer. Había también varios armarios de seguridad y una bonita caja fuerte pintada en azul con los cierres dorados. Dejamos el taller atrás atravesando una puerta blindada que comunicaba con un patio oscuro con escalera. Entramos en un viejo despacho donde el tiempo se había detenido décadas atrás. Le dije a la señora que me interesaban los cuadernos manuscritos y revisamos, uno a uno, los cajones del escritorio. Plumas, muchos papeles y viejos cuadernos de contabilidad.

Pasamos a una estantería cubierta con un plástico. En uno de los estantes había un maletín de máquina de escribir. Con permiso de la dueña lo puse en el suelo y lo abrí. Contenía una preciosa Royal en estado impecable. En el resto de los estantes había multitud de cajas con repuestos, viejos libros que versaban sobre relojes y piedras preciosas, y un tocadiscos de los años 60. Después de un rato curioseando volvimos al mostrador y la señora volvió a abrir las puertas. Afuera, todo el ruido del mundo. Dentro, sobre el mostrador, el real de a 8 de Fernando VII y una historia entre mis manos. Acabé comprando la moneda, pero me  fui con la extraña sensación de estar llevándome parte del tesoro de un naufragio.

Un comentario en “Rubí, la joyería más antigua de Triana”

  1. Gracias, por compartir la pequeña historia, que no es más que lo que la tal señora le habrá contado. La joyería Rubí fue una de las grandes joyerías del siglo pasado.
    Aún recuerdo cuando veníamos de Arucas y llegábamos a eso de las 12, la joyería era un “hervidero” de gente, en especial turistas ingleses que movidos seguramente por el “boca a boca” de los que ya habían estado, intentaban comprar la joya elegida, sabiendo que lo que se llevaban era de primerisima calidad, dado la seriedad de las personas que atendían la tienda: los hermanos Croissier: Rafael (dueño)
    Manuel, relojero siempre con su monóculo areglando relojes y Antonio, con su inigualable sonrisa y siempre atento al más mínimo detalle.
    Esta es sólo una partecita de la gran y pequeña historia del Rubí.
    Mil gracias.

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