Una mirada furtiva

En la calle General Vives, a la altura de Santa Catalina, los escaparates alternan con las traseras de los variopintos restaurantes que ofrecen sus platillos en el parque. Paso por ahí casi a diario y juego a adivinar el menú del día por los olores que desprenden las cocinas, mientras dejo atrás a cocineros y ayudantes de distintas nacionalidades que sacan la basura y apuran un cigarrillo, o conversan apoyados en el quicio de las puertas con un ojo en el fuego a la espera de que se cocine el contenido de sus ollas humeantes.

Cuando llego a la encrucijada que ofrece Ripoche detengo mis pasos. Ahí la escena es inundada por el sol y el aire se renueva por una ligera brisa que proviene del otro lado de la Miller y la Elder. Con mi mano a modo de visera observo el trajín en los quioscos con la silueta recortada de un crucero gigante como telón de fondo. Siempre miro si está ese limpiabotas que nunca pierde la esperanza. Ahí está. Continúo mi camino, y sin nada particular, llego a la esquina con Luis Morote.

Entonces cambio de acera y echo una mirada furtiva a través del escaparate de la farmacia. Me gusta admirar una de las pocas cosas que se mantienen inmutables en esta zona: el maravilloso mobiliario de principios del siglo XX y la colección de tarros de cerámica rotulados en latín que lo adornan. Dejo atrás la farmacia y cuando alcanzo Sagasta acelero el paso. Hasta llegar a mi destino ya nada me detiene. Quien me viera jamás adivinaría que mientras camino pergeño esta breve historia detrás de los oscuros cristales de mis gafas.

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