Un antiguo tratado de Filosofía

Llueve, así que hoy nos quedamos en la biblioteca para hojear una rareza de papel… ¿me acompañan?

Llevo tiempo buscando una silla que haga juego con mi escritorio, pero hasta ahora no he tenido suerte. Confieso que no tengo un modelo en mente,solo sé que cuando la encuentre sabré que es esa la que he estado buscando.

Cuando mis obligaciones me lo permiten recorro mercadillos y tiendas de segunda mano, porque tengo claro que mi silla está en algún lugar esperándome. No tengo prisa. Mientras tanto uso una moderna de oficina que tiene los días contados.

Hace poco estuve en una tienda de muebles usados, pero no había rastro de mi silla. Lo que sí encontré, entre un montón de libros que decoraban una estantería, fue un libro encuadernado en pergamino que llamó mi atención. Con mi dedo índice lo liberé de su prisión y lo abrí con cuidado para desvelar su contenido. Resultó ser un extraño e indescifrable manuscrito en latín. Una especie de tratado de Filosofía.

Mientras me esforzaba en traducir unas líneas al azar me acordé de mi profesora de lenguas muertas explicando las declinaciones mientras yo pensaba en las musarañas… También recordé a Pepe Alonso, mi profesor de Filosofía en 2º de BUP. En sus clases no había espacio para las musarañas. Sí para indagar sobre el sentido de la vida, mientras nos enseñaba a pensar haciendo mapas conceptuales en la pizarra. Nunca lo olvidaré, ni a él ni a sus útiles mapas.

Tras un rato me di por vencido y comencé a pasar las páginas para descubrir con asombro que algunas estaban adornadas con dibujos de flores y plantas, pequeñas caras en los huecos de algunas letras, filigranas, y algunas mayúsculas parecían bocetos de letras iluminadas.

Entonces me embargó esa sensación que ya conozco de sobra, y que me encanta, cuando encuentro algo que encierra una historia.

Coloqué el cuaderno en su sitio y fui en busca del dueño para preguntarle si estaba a la venta, pero andaba ocupado con un cliente y me fui a casa. Esa noche di vueltas en la cama pensando en el manuscrito y en sus ilustraciones. ¿Quién sería el autor? ¿o debería decir artista? ¿A qué época correspondía? ¿Siglo XVIII tal vez? Con esas incógnitas me quedé plácidamente dormido y al día siguiente llamé a la tienda y pregunté por él. No entraré en detalles, pero sí les diré que llegamos a un acuerdo y hoy forma parte de mi biblioteca.

Queda averiguar la identidad de esas manos que decoraron con tanta delicadeza este precioso y raro cuaderno. Ahora estoy ocupado en otras investigaciones, pero prometo dedicarle tiempo en cuanto despeje mi escritorio y compartir con ustedes lo que descubra.

También les avisaré cuando encuentre mi silla, y si en esa búsqueda aparecen cosas como estas mejor que mejor. Mientras tanto, les dejo unas imágenes del manuscrito para que deleiten su vista.

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